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martes, 27 de enero de 2026

María Luisa Eugui, una vida con huella. Fallecida en el accidente de Adamuz, su hermano sacerdote está enterrado en Lugones

(Diario de Navarra/ Belén Rosique Conesa) María Luisa Eugui Hermoso de Mendoza, natural de Pamplona, fue una mujer cuya vida se caracterizó por una entrega generosa y diaria, y por una cercanía y capacidad poco común para hacer fácil lo que parecía difícil. A lo largo de sus 78 años, supo vivir con naturalidad una vocación que entendía como servicio, dejando una huella profunda y agradecida en quienes la trataron.

En 2019 tuve la suerte de recibirla en el aeropuerto. Aterrizaba en Madrid después de haber vivido veinticinco años en Jerusalén y en otras ciudades de Israel. Detrás de la primera imagen que conservo —la de una mujer menuda— fui descubriendo, ya en sus últimos años, a alguien cuya vida estuvo marcada por una disponibilidad constante para servir allí donde hiciera falta.

Esa actitud abierta y generosa se tradujo, décadas más tarde de incorporarse al Opus Dei como numeraria en 1963, en una de las etapas que para ella fueron más significativas de su vida: su trabajo en Jerusalén. María Luisa fue de las primeras personas del Opus Dei en trasladarse allí, adonde llegó en 1994, cuando el contexto cultural, social y religioso era complejo y sensible. Allí permaneció hasta 2019, dedicando veinticinco años a tareas formativas, educativas y sociales.

Quienes la conocimos podemos destacar su modo discreto y eficaz de trabajar, su capacidad para hacer propias las necesidades de los demás, y su profundo respeto por las personas y las circunstancias de cada uno. María Luisa sabía crear, con ese corazón recio, tan característico de los navarros, un clima de confianza y de familia a su alrededor. Su paso por Jerusalén dejó una estela de afecto y gratitud, fruto de una dedicación constante, generosa y alegre.

Era una persona muy resolutiva: afrontaba los problemas buscando soluciones concretas y sin darles más importancia de la necesaria. Esa su manera de ser, transmitía confianza a quienes trabajaban y vivían con ella.

María Luisa se volcaba de forma natural en las personas y por eso todos la queríamos. Su trato era sencillo, cercano, lleno de humanidad. Sabía estar, acompañar y animar, y hacía sentirse a cada uno valorado y comprendido, tanto a sus familiares y personas del Opus Dei, como a sus numerosas amigas. Con ellas participaba de actividades culturales y artísticas de la ciudad, buscando hacer disfrutar y descansar a los demás.

Desde 2019 vivía en Madrid, donde continuó ofreciendo su experiencia y su cercanía, siempre disponible para ayudar. Recuerdo que nos solía compartir, con enorme cariño, anécdotas de su infancia y juventud en la capital navarra. Los últimos años de su vida se dedicó, con su natural cariño, al cuidado de personas mayores, así como de las amigas y personas conocidas. Eran frecuentes sus viajes a Talavera de la Reina, donde aprovechaba para encontrarse con amistades residentes en la provincia de Toledo.

Su fallecimiento, a causa del accidente ferroviario ocurrido en Adamuz (Córdoba) el 18 de enero, fue para todos los que la conocíamos tan inesperado como doloroso. Queda, sin embargo, el recuerdo agradecido de una vida entregada, coherente y fecunda, vivida con alegría, fortaleza y un amor sincero a Dios y a los demás. Una existencia que deja huella.

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