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domingo, 25 de enero de 2026

"A los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy es Domingo: ¡el día del Señor! Y así nos congregamos como comunidad peregrina en torno a su palabra y a la mesa de su sacrificio por nosotros. En este domingo III del Tiempo Ordinario confluyen varias realidades que no podemos pasar por alto. En primer lugar celebrar el domingo de la Palabra, una jornada que tiene como finalidad que los católicos tomemos conciencia del valor de la palabra de Dios en nuestra vida. Una palabra que no ha de quedarse en un sonido hueco que resuena de fondo cada vez que venimos a la eucaristía, sino que debe ser una de las fuentes de las que beba nuestra vida de oración; necesitamos dedicar tiempo a su lectura, estudio, contemplación e interiorización. No se nos pide un fin intelectual, sino que seamos capaces de hacer vida esa palabra que escuchamos y compartimos cada domingo, y llevarla a nuestro día a día, teniéndola como guía de nuestras actuaciones.

También en este 25 de enero se celebra la "fiesta de la conversión de San Pablo", con la que se concluye el Octavario de "Oración por la Unidad de los Cristianos". Es un motivo que no ha de limitarse sólo a estos días, sino a todo el año. Que seamos uno para que el mundo crea. El tirón de orejas de San Pablo a los Corintios que hemos escuchado en la epístola, es una llamada de atención para nosotros mismos: "que no haya divisiones entre vosotros". Y dice San Pablo: "me he enterado... de que hay discordias entre vosotros"... Nada nuevo bajo el sol, ¿verdad? Y es que todos somos diferentes, todos tenemos nuestro criterio, estilo, gustos y formas diferentes de ver las cosas. Y este es el gran reto que se nos pone hoy delante, que nos reconozcan por el amor que nos tenemos entre nosotros, y no porque no nos podamos ni ver. Si cada domingo venimos a la misa de modo individualista, pensando "yo vengo a encontrarme con el Señor", pero luego no quiero saber nada de los que se sientan en mi banco, me cae mal la que lee, no trago al cura, los niños me ponen de mal humor... ¡Algo falla! Ese corazón no ha descubierto aún al Señor. Por eso la pregunta del Apóstol es tajante: ¿está Cristo dividido?... Este texto lo elegí recientemente para el funeral de nuestro querido Juan, y yo hacía una traducción adaptada a nosotros. Al igual que cuando San Pablo dice "yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas..." nos suena un poco lejano, pongamos otros nombres: "yo soy de Juan Pablo, yo soy de Benedicto, yo soy de Francisco, yo soy de León"... Y lo mismo podemos hacer con los nombres de nuestros obispos, con los sacerdotes que han pasado por cada parroquia. Y no es que nos quedamos sólo en ese gusto personal -que es lógico y legítimo que unas personas las sintamos más cercanas que otras- lo malo es cuando eso se vuelve un pretexto para el pecado en la murmuración y maledicencia... Yo con este Papa ya no voy a Roma, yo con este obispo no marcó la X en la declaración de la renta, yo con este párroco ya no voy a misa pues no es de los míos... Con esto sólo gana el diablo, el que divide, el que hace fiesta cada vez que los que nos decimos cristianos utilizamos nuestra lengua para despellejar a esa persona de la Parroquia que no soportamos, al sacerdote por el último cambio que ha hecho, o al obispo por lo que ha predicado. Necesitamos la unidad, y no sólo hay que rezar por ella, sino poner los medios en cada uno de nosotros y en nuestros entorno para lograrla.

La primera lectura del profeta Isaías nos regala un pasaje bellísimo: "En otro tiempo, humilló el Señor la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí"... Se refiere por el contexto histórico a la opresión de los asirios sobre Israel, por eso alude a la liberación de aquellos años difíciles afirmando: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande"... Nosotros vemos este versículo una afirmación mayor, como es el nacimiento del sol que nace de lo alto, en el aún reciente tiempo de Navidad. El próximo 2 de febrero se cumplirán cuarenta días de haber festejado la Natividad del Señor, y así celebraremos "la presentación de Jesús en el templo": el día de las candelas, en que tomará todo su sentido el salmo que hemos cantado este domingo: "el Señor es mi luz y mi salvación". También en el evangelio de hoy tomado del capítulo 4 de San Mateo encontramos este territorio de Zabulón y Neftalí, ese lugar al otro lado del mar, denominado la "Galilea de los gentiles". El evangelista nos dice primero que Jesús "se retiró a Galilea". Lo hizo como comienza indicando el texto "al enterarse de que habían arrestado a Juan". Esto no deja de ser significativo, termina una predicación y empieza otra. Pero más adelante el autor del texto nos indicará por qué se retira en este lugar y no en otro: "para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta".

Jesucristo quiere dejar claro que Él es la luz, que viene para los pobres y los últimos, "para iluminar a los que viven en tinieblas". Y más en concreto a Zabulón y Neftalí, que era una tierra famosa por ser su población mayoritariamente pagana, lo que rompe todos los esquemas. El Mesías viene al mundo y nace, primero, en una población que no salía ni el mapa, y después, siendo ya adulto, inicia su predicación no en Jerusalén, sino en Galilea. He aquí que en Él se hace realidad que "a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló"... En Jesucristo Dios cumple su promesa y lleva a efecto su proyecto de amor. Jesús comienza a predicar, y su invitación es solemne: "¡convertios!" Es decir, cambiad de mentalidad. Y la predicación de Jesús también tiene respuestas: Él llama e invita "venid en pos de mí ". Y los llamados no le hacen esperar, no le sigue para un rato, sino que dejan oficio, familia y vida para ir en pos de Él, como hacen Santiago y Juan, que dejan la barca; sí, pero también a su padre. Jesús comienza su misión en Galilea recorriendo la comarca, tal como nos dice San Mateo: "enseñando en las sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo". Vemos a Jesucristo como Sacerdote, Profeta y Rey, diciéndole a los gentiles que "está cerca el reino de los cielos"... En definitiva, predicando la realeza de Dios por medio del "evangelio del reino". 

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