sábado, 4 de marzo de 2017

Cristo ha vencido al demonio para liberarnos. Por Raniero Cantalamessa


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El demonio, el satanismo y otros fenómenos relacionados son de gran actualidad e inquietan no poco a nuestra sociedad. Nuestro mundo tecnológico e industrializado pulula de magos, brujos urbanos, ocultismo, espiritismo, escrutadores de horóscopos, vendedores de hechizos, de amuletos, así como de auténticas sectas satánicas. Expulsado por la puerta, el diablo ha entrado por la ventana. O sea, expulsado por la fe, ha vuelto a entrar con la superstición.

El episodio de las tentaciones de Jesús en el desierto, que se lee el primer domingo de Cuaresma, nos ayuda a aportar un poco de claridad a este tema. Ante todo, ¿existe el demonio? Esto es, ¿la palabra "demonio" indica de verdad alguna realidad personal, dotada de inteligencia y voluntad, o es simplemente un símbolo, un modo de hablar que indica la suma del mal moral del mundo, el inconsciente colectivo, la alienación colectiva y cosas por el estilo? Muchos, entre los intelectuales, no creen en el demonio según el primer sentido. Pero se debe observar que grandes escritores y pensadores, como Goethe o Dostoiewski, tomaron muy en serio la existencia de Satanás. Baudelaire, que no era ciertamente trigo limpio, dijo que «la mayor astucia del demonio es hacer creer que no existe».

La principal prueba de la existencia del demonio en los evangelios no está en los numerosos episodios de liberación de posesos, porque en la interpretación de estos hechos pueden haber influido creencias antiguas sobre el origen de ciertas enfermedades. Jesús tentado en el desierto por el demonio: ésta es la prueba. Prueba son también los muchos santos que han luchado en vida contra el príncipe de las tinieblas. No son quijotes que pelearon contra molinos de viento. Al contrario: fueron hombres y mujeres concretos y de psicología sanísima.

Si muchos encuentran absurdo creer en el demonio es porque se basan en libros, pasan la vida en bibliotecas o en el escritorio, mientras que al demonio no le interesa la literatura, sino las personas, especialmente los santos. ¿Qué puede saber sobre Satanás quien jamás ha tenido nada que ver son su realidad, sino sólo con su idea, esto es, con las tradiciones culturales, religiosas, etnológicas sobre Satanás? Esos tratan habitualmente este tema con gran seguridad y superioridad, liquidando todo como «oscurantismo medieval». Pero se trata de una falsa seguridad. Como si alguien se jactara de no temer un león aduciendo como prueba el hecho de que ha visto muchas veces su imagen y jamás le ha dado miedo. Por otro lado, es del todo normal y coherente que no crea en el diablo quien no cree en Dios. ¡Sería hasta trágico si alguien que no cree en Dios creyera en el diablo!

Lo más importante que tiene que decirnos la fe cristiana no es, en cambio, que el demonio existe, sino que Cristo ha vencido al demonio. Cristo y el demonio no son para los cristianos dos principios iguales y contrarios, como en ciertas religiones dualistas. Jesús es el único Señor; Satanás no es sino una criatura que «se perdió». Si se le concede poder sobre los hombres es para que estos tengan la posibilidad de hacer libremente una elección y también para que «no se ensoberbezcan» (2 Co 12,7) creyéndose autosuficientes y sin necesidad de redentor alguno. «Qué locura la del viejo Satanás -dice un canto espiritual negro--. Ha disparado para destruir mi alma, pero ha errado el tiro y destruyó en cambio mi pecado».

Con Cristo no tenemos nada que temer. Nada ni nadie puede hacernos daño si nosotros no lo queremos. Satanás -decía un antiguo padre de la Iglesia--, tras la venida de Cristo, es como un perro atado en la era; puede ladrar y abalanzarse cuanto le plazca; si no nos acercamos, no puede morder. ¡Jesús en el desierto se liberó de Satanás para liberarnos de Satanás! Es la gozosa noticia con la que iniciamos nuestro camino cuaresmal hacia la Pascua

viernes, 3 de marzo de 2017

Actividades Parroquiales + Cuaresma 2017

«Convertíos a mí de todo corazón» (Joel 2,12)       

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1 de Marzo, Miércoles de Ceniza
A las 19:30 Misa con la imposición de la ceniza

2 de Marzo, Jueves de Ceniza
 A las 19:00 Lectura del Mensaje del Papa para la Cuaresma de este año

3 de Marzo, Viernes de Ceniza
 A las 19:00 Vía Crucis popular cantado

4 de Marzo, Sábado de Ceniza
 A las 17:00 ``La vocación desde el encuentro personal con Cristo´´ Por Joaquín Manuel Serrano Vila

5 de Marzo, Domingo I de Cuaresma
Colecta para Cáritas Parroquial

6 de Marzo, Lunes I semana
 A las 17:00 Curso bíblico 1º con Dr. D.Constantino Bada Prendes

7 de Marzo, Martes I semana
 A las 19:15 Coronilla de la Misericordia

8 de Marzo, Miércoles I semana
 A las 17:00 Taller de Liturgia

9 de Marzo, Jueves I semana
 A las 20:00 ``La vocación misionera de la Iglesia´´
 Por D. Segundo Gutiérrez Figar, Párroco de la UPAP Carbayín – Valdesoto

10 de Marzo, Viernes I semana
 A las 19:00 Vía Crucis

11 de Marzo, Sábado I semana
A las 19:10 Rezo de vísperas

12 de Marzo, Domingo II de Cuaresma
 Colecta pro – instalación eléctrica e iluminación

13 de Marzo, Lunes II semana
 A las 17:00 Curso bíblico 2º con Dr. D. Constantino Bada Prendes

14 de Marzo, Martes II semana
 A las 20:00 ``De curar cuerpos a curar almas´´
 Por el Rvdo. Sr. D. Jose Antonio Alonso Artero, Párroco de la UPAP de Onís

15 de Marzo, Miércoles II semana
 A las 17:00 Taller de Liturgia

16 de Marzo, Jueves II semana
 A las 19:15 Coronilla de Misericordia

17 de Marzo, Viernes II semana
 A las 19:00 Vía Crucis

18 de Marzo, Sábado II semana
 Exposición del Santísimo de 17:30 a 19:20

19 de Marzo, Domingo III de Cuaresma (Día del Seminario)
 La Misa Propia de San José pasa al Lunes
 Festividad de San José. Bendición nuevo altar del Cristo yacente

20 de Marzo, Lunes III semana: Festividad de San José
Misa propia 19´30h
 A las 17:00 Curso bíblico 3º con D. Constantino Bada Prendes

21 de Marzo, Martes III semana
 A las 19:15 Coronilla de Misericordia

22 de Marzo, Miércoles III semana
 A las 20:00 ``La Cuaresma llamada penitencial´´
 Por D. Victor José Fernández Gainza, Párroco de las Mareas (Avilés)

23 de Marzo, Jueves III semana
 A las 17:00 Releyendo al Padre Ramón Cue S.J.

24 de Marzo, Viernes III semana
 A las 19:00 Vía Crucis

25 de Marzo, Sábado III semana
 A las 19:00 Exposición del Santísimo de 17:30 a 19:20

26 de Marzo, Domingo IV semana
A las 12:30 Misa tocada por la Banda El Salvador y a continuación Concierto de Cuaresma

27 de Marzo, Lunes IV semana
 A las 17:00 Curso bíblico 4º con Dr. D. Constantino Bada Prendes

28 de Marzo, Martes IV semana
 A las 19:15 Coronilla de Misericordia

29 de Marzo, Miércoles IV semana
 A las 17:00 Taller de Liturgia

30 de Marzo, Jueves IV semana
 A las 17:00 Retiro de Cuaresma a cargo del "Pater" D. Serrano Arturo Calvo Aladro

31 de Marzo, Viernes IV semana
 A las 19:00 Vía Crucis

1 de Abril, Sábado IV semana
 A las 17:00 ‘’De la vivencia del mundo al ministerio in persona christi ’’
 Por el Rvdo. D. Manuel Viego Tomás, Párroco de San Vicente de Paúl de Gijón

2 de Abril, Domingo V de Cuaresma
A las 12:00 Rosario por la vida

3 de Abril, Lunes V semana
 A las 17:00 Curso bíblico 5º y último, con Dr. D. Constantino Bada Prendes

4 de Abril, Martes V semana
 A las 16:00 Film: ``Disparando a perros´´

5 de Abril, Miércoles de la V semana
 A las 17:00 Taller de Liturgia

6 de abril, Jueves de la V semana
 A las 20:00 ``La clase de Religión, asignatura indispensable para la formación integral´´
 Por Don Lisardo Santirso Vázquez, profesor del IES Astures de Lugones

Orar con el Salmo del día

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Sal 50,3-4.5-6a.18-19

R/. Un corazón quebrantado y humillado,
tú, Dios mío, no lo desprecias

V/. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

V/. Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti sólo pequé,
cometí la maldad en tu presencia.

V/. Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias.

jueves, 2 de marzo de 2017

Carta semanal del Sr. Arzobispo


Lázaro. Cuando el pobre no es anónimo

De nuevo en la andanza cuaresmal. No hay botón de pausa en el calendario de la vida, y así nos vemos ya metidos en este tiempo que la Iglesia nos propone con todo el intenso propósito de poner luz en nuestras penumbras, vida en lo que se nos queda mustio y alegría en los rincones en los cuales se nos apaga la esperanza. El Papa Francisco ha escrito un hermoso y breve mensaje para este tiempo que vale la pena leer íntegramente. Comienza con la invitación propia de reestrenar el significado de estos días que nos conducirán hasta la Pascua: «la Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios “de todo corazón”, a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar».

Puede sucedernos que tras haber celebrado tantas veces la cuaresma haya dejado ya de conmovernos, como quien mira con ojos escépticos algo que no niega ni de ello reniega, pero de lo que no espera nada que pueda cambiar de veras la vida que se lleva. El Santo Padre nos propone la lectura de una célebre parábola evangélica que tantas veces hemos leído y escuchado: la del hombre rico y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31). «La parábola comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21). El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado. La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente “Dios ayuda”. Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal. Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano.

Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida. La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil».

Los gestos de la cuaresma cobran así un precioso y preciso significado: el ayuno nos permite solidarizarnos con los que tienen menos, la limosna nos hace abrirnos en un compartir caritativo y fraterno, y la oración nos invita a escuchar a Dios allí donde Él nos habla. Un camino que pone gracia en nuestras carencias sordas, egoístas e insolidarias. Es la cuaresma cristiana como itinerario de conversión hacia la Pascua con la vida abierta al Señor y al hermano que nos pone cerca.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Una iglesia bella para los pobres. Por Matthew Schmitz

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La fealdad post Vaticano II coincidió con un derrumbe del ministerio de la Iglesia a los marginados. Cuando la belleza vuelva, también lo hará la llamada universal del catolicismo.

No es ningún secreto que el culto católico se ha vuelto menos bonito. JF Powers, el pícaro escritor católico, tenía como grandes amigos a muchos artistas que estaban entusiasmados con la reforma litúrgica durante el tiempo del Vaticano II. Aunque los quería y admiraba mucho, no podía aprobar su trabajo. Cuando atendía la Misa en la universidad de St. John en Minnesota, entonces un centro de agitación reformista, él se sentaba donde la acústica fuese peor, para minimizar el asalto a los sentidos de la nueva iglesia a la que sus amigos estaban cantando con fervor.

Los católicos afirman la coincidencia de la verdad, bondad y belleza. No nos debería sorprender, entonces, que al mismo tiempo que el canto gregoriano ha cedido su puesto a la misa de guitarras, la verdad católica parece que haya perdido su esplendor, sufriendo de burlas y desafíos por todos lados. No nos debería sorprender que esta crisis en el culto y enseñanza de la iglesia haya coincidido con un completo derrumbe del ministerio de la Iglesia a los pobres.

El experto en ética H Richard Niebuhr llamaba a las sectas que recurren a los pobres «iglesias de los desheredados». Si estuviera vivo hoy, quizás notaría que en los últimos 50 años la iglesia católica occidental se ha convertido en una iglesia para herederos y herederas – menos y menos «aquí cabe todo el mundo», más y más un club de campo.

Muchos negaran esta sugerencia. A los católicos americanos les gusta verse como los esforzados hijos de inmigrantes, y los ingleses católicos se identifican más con el laborioso irlandés que con la atmósfera aristocrática de la recusación. A lo largo del mundo católico, humanistas liberales y teólogos de la liberación compiten para presentarse como heraldos de los oprimidos.

Quizás esto sea porqué tan pocos se han dado cuenta de que en occidente, la iglesia católica ha dado la espalda a los pobres. En 2009, un equipo de Penn State y la Universidad de Nabraska publicó un artículo titulado «La continua relevancia de los ingresos familiares en la participación religiosa». Mostraba que la iglesia se ha vuelto únicamente incapaz de atraer a la gente con bajos ingresos. Aunque se centra en EE.UU., todos los obispos deberían leerlo.

Los investigadores encontraron que, mientras que los protestantes ricos y pobres atendían a la iglesia con casi la misma frecuencia, la asistencia a la iglesia de los católicos varía mucho con los ingresos. Los católicos más pobres asisten a Misa solo unas pocas veces al año mientras que los más ricos van dos o tres veces al mes. (La diferencia es mucho más clara entre católicos blancos que entre latinos, cuyas parroquias étnicas son mejores tendiendo puentes entre la división de clases.) El efecto de los ingresos en la asistencia a la iglesia es especialmente fuerte para aquellos que viven en los márgenes – aquellos con pocas ataduras sociales, trabajadores a tiempo parcial, los jóvenes y los viejos.
Antes y después

No siempre fue así. En el mismo estudio, los investigadores examinaron tres conjuntos de edad: los nacidos antes de 1941, y por tanto maduros antes del Concilio Vaticano Segundo; los nacidos entre 1941 y 1960, y por tanto llegaron a la mayoría de edad durante el mismo; y los que nacieron después de 1960. Comparando estos grupos se llega a una conclusión incómoda: el Vaticano II quizás haya abierto una ventana al mundo, pero cerró las puertas de la iglesia a los pobres.

Los católicos que llegaron a la mayoría de edad antes del concilio mostraban el mismo patrón de asistencia a la iglesia que los protestantes. Los ingresos tenían poco efecto. Durante el concilio esto empezó a cambiar. Los investigadores encontraron que «la diferencia en asistencia entre blancos católicos de bajos ingresos y católicos blancos de medios/altos ingresos es considerablemente mayor para el grupo post-1960 que para el grupo pre-1941» y que «católicos blancos de bajos ingresos nacidos después de 1960 tienen unos niveles de asistencia a la iglesia particularmente bajos, sin importar la edad.» Entonces preguntan: «¿Ha hecho la iglesia algo para desalentar la asistencia de los católicos de bajos ingresos durante este periodo? ¿Estamos viendo efectos retardados del Vaticano II?»

No es que los católicos pobres hayan dejado de creer de repente. Las encuestas encuentran que ellos son más dados a describirse como religiosos que los católicos ricos, a encontrar fuerza y consuelo en la religión y ven la Biblia como la palabra literal de Dios.

También permanecen tozudamente leales. Según los investigadores, una razón por la que los protestantes pobres tienen mayor participación religiosa que los católicos pobres es que ellos están mucho más abiertos a probar otras denominaciones, mientras que los católicos pobres tienden a asistir a una iglesia católica… o ninguna. En 2008, la Encuesta del Ambiente Religioso de EE.UU. encontró que el 35% de los nacidos en iglesias protestantes cambiaron a una nueva iglesia, mientras que solo el 18% de los católicos saltaron de la barca de Pedro.
Posibles razones

Los investigadores sugieren una variedad de razones para la alienación de los pobres. Una de ellas puede ser que siente un «estigma» por su incapacidad de ajustarse a los modos y vestimenta de la clase alta. También sugieren que concentrarse en la justicia social en contextos religiosos «puede reforzar la división jerárquica entre los que proveen y los que tienen necesidad». «¿Entonces la iglesia católica de EE.UU., conscientemente o no, ha seguido una política que enfatiza el nicho suburbano?» se preguntan.

Aunque ya no vienen a Misa, los pobres no han dejado de estar con nosotros. El diez por ciento de los católicos de EE.UU. tienen ingresos familiares de menos de 20000$, y el 20% tienen ingresos anuales de menos de 30000$. Esta es la gente a la que la iglesia ya no habla.

Mary Douglas, una gran antropologista y devota católica, lo vio venir. Cuando los obispos de Inglaterra y Gales levantaron la obligación de la abstinencia de los viernes, sugirieron que había algo inconveniente en el gusto con el que los trabajadores irlandeses observaban el ayuno. Seguro, los obispos creyeron, que esta observancia exterior estaría mejor reemplazarla por un más cuidado y meditado cultivo de un estado interior de penitencia y perdón, ¿quizás complementado con un gesto de caridad?

Estos razonamientos anti-ritualísticos se hicieron a lo largo de todo el mundo católico durante y después del concilio. Douglas, que había estudiado ritos entre las tribus primitivas, se enfureció. Creía que la clase pobre irlandesa estaba siendo tratada injustamente por «una laguna en la comprensión de sus pastores». La jerarquía había hecho, «por la manera de su educación, sorda a las señales no verbales e insensible a su significado». Llegaron a preferir posturas éticas a la observancia ritual, y así olvidaron como hablar a los pobres.

Para gente que no tenía el tiempo y el entrenamiento necesario para cultivar una refinada vida interior o un exquisito juego de compromisos éticos, una tarea simple como abstenerse de carne da a la vida cristiana un significado y forma que no es menos profundo por ser inarticulado. Aboliendo prácticas que los católicos pobres habían atesorado durante tanto tiempo, los obispos actuaron con tal violencia que es difícil no verlo en términos de guerra de clases.

Por supuesto, la fe católica es sobre misterios divinos, no rituales humanos, aunque apreciados. Tomas de Aquino distinguía las formas ceremoniales de lo que es esencial para los sacramentos. Mientras que los sacramentos fueron instituidos por Dios, la forma de celebrarlos fue determinada por los hombres.

Esta distinción es la que dio a los padres de Concilio Vaticano Segundo la audacia para manipular los más antiguos ritos de la Iglesia. Aunque Aquino vio algo que demasiados en ese tiempo no: no se puede prescindir del ritual y éste no debe ser menospreciado. Necesitamos formas ceremoniales solemnes no porque sean esenciales sino porque los humanos siempre han tendido a comprender lo profundo a través de lo trivial.

Necesitamos caminos fijos y tangibles para percibir los misterios divinos. Es por esto que Aquino defiende no solo la importancia del ritual, sino también el uso de imágenes en la iglesia. El ofrece tres razones. Primero, las imágenes son necesarias para la instrucción de la gente sencilla. Segunda, ayudan a la memoria presentando diariamente el ejemplo de los santos. Tercero, ayudan a estimular la devoción.

Aunque realmente las tres razones de Aquino son una. Aunque primero defiende las imágenes como útiles para la instrucción de gente sencilla, él sigue explicando porque son útiles para todos. Para letrados e iletrados por igual, la memoria se fija y la emoción se despierta «más efectivamente por cosas vistas que por cosas oídas». Aquino era suficientemente sofisticado para darse cuenta de que todos los hombres son sencillos. Si los pobres necesitan arte y rito, todo el mundo lo necesita.

Es bonito ver cuando los católicos viven esta verdad. En la iglesia de St Patrick en Soho, centro de Londres, uno puede venir para las liturgias reverentes celebradas en el santuario o por la comida caliente servida en el comedor popular de la cripta. Algunos viene por ambas. Cuando estos sin techo llegan, no encuentran ninguna traza de condescendencia. Al final de la comida, los voluntarios se sientan junto con los huéspedes del comedor popular y cantan las alabanzas de un Dios que aceptaron humildemente.

Sólo cuando nos demos cuenta de nuestra propia pobreza habrá un retorno a la belleza, y solo cuando la Iglesia vuelva a la belleza volverá otra vez a atraer a los pobres. Damos la bienvenida a los pobres en nuestras iglesias siempre que les saludamos con imágenes santos y ritos solemnes a Uno que se nos acerca desde el Este. Si, sin embargo, rehusamos dar la bienvenida a los pobres y a su Señor, seguirá siendo candente en vez de bello.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Convertíos y creed el Evangelio. Por José Manuel Bernal Llorente

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La implantación del Miércoles de Ceniza hay que relacionarla con la institución de la penitencia canónica. Éste era un día muy importante para los que iban a iniciar la penitencia cuaresmal antes de ser admitidos a la reconciliación el día de Jueves Santo. En los siglos V y VI, la entrada en la penitencia tenía lugar al principio de la Cuaresma. Este dato nos lo confirmará más tarde —en el siglo VII— el llamado Sacramentario Gelasiano b (I, XVI), uno de los más antiguos libros litúrgicos de la tradición romana. En este sacramentado, la entrada en la penitencia canónica se sitúa el miércoles que precede al domingo primero de Cuaresma. Por eso será llamado «Miércoles de Ceniza». Ese día, después de haber oído en privado la confesión del penitente, el obispo, en un acto litúrgico solemne, impone las manos sobre la cabeza de los penitentes, les cubre de ceniza, les hace vestir de cilicio —una especie cíe vestimenta hecha con pelo de cabra— y les invita a emprender un camino de penitencia y de conversión. Al final de la celebración, los penitentes son expulsados de la Iglesia y entran a formar parte del grupo —el «orden— de los penitentes. El rito de reconciliación tiene lugar el día de jueves Santo.

Durante la Cuaresma, los penitentes se entregan a toda clase de mortificaciones y prácticas piadosas: visten de oscuro, con ropas miserables y burdas; se someten a un ayuno riguroso, privándose en absoluto de comer carnes; hacen abundantes limosnas y se ejercitan en toda clase de obras de misericordia. En las asambleas litúrgicas son colocados en un lugar especial, al fondo de la iglesia. Sólo asisten a la liturgia de la palabra. Antes del ofertorio, en el marco de la oración de los fieles, se hace una oración por ellos y se les despide''. Por otra parte, durante el tiempo de Cuaresma los sacerdotes imponen las manos a los penitentes y, en señal de duelo, en los días de fiesta asisten de rodillas a las oraciones de la iglesia. Todos estos gestos externos, marcados a veces de una extraordinaria rudeza y rigurosidad, deben ser la expresión visible de la penitencia interior. Deben hacer patente a los ojos de la comunidad cristiana el estado de ánimo del penitente, su actitud de arrepentimiento y de conversión y, sobre todo, su voluntad decidida de emprender un camino de renovación cristiana. No se excluye, sin embargo, entender estos actos de penitencia como gestos de expiación y de satisfacción por los pecados. En todo caso, todo este conjunto de prácticas penitenciales no son sino la expresión de la actitud interior del hombre que se siente pecador ante Dios y espera ansiosamente el perdón de la misericordia divina.

Desaparecida ya la penitencia canónica, la celebración del Miércoles de Ceniza nos invita hoy a una profunda revisión de nuestra vida, de nuestras actitudes y criterios de comportamiento; a iniciar un serio proceso de conversión y de purificación. Cuaresma es un tiempo de gracia que Dios nos concede como un regalo. Quizás sea ésta, la cuaresma que hoy comenzamos, una oportunidad singular e irrepetible que no debiéramos echar en saco roto. Debemos tomarnos en serio este período de Cuaresma y enfrentarnos con nuestra propia realidad personal. Tenemos por delante un largo camino para la escucha de la palabra de Dios, para la reflexión personal y para el encuentro silencioso con Dios en la soledad de ese desierto singular que nos hemos construido en la profundidad de nuestra conciencia íntima. Al final de esa peregrinación, la Pascua se nos aparecerá como una explosión de luz fulgurante y transformadora.
Una experiencia de desierto

Cuaresma es, pues, sin duda, una experiencia de desierto. No es que la comunidad cristiana deba desplazarse a un lugar geográfico especial para vivir esta experiencia. Cuando aquí hablo de desierto, más que a un emplazamiento geográfico, me estoy refiriendo a un tiempo privilegiado, a un tiempo de gracia. Porque la experiencia de desierto es siempre un don de Dios. Es siempre él quien conduce al desierto. Fue él también quien condujo a Israel al desierto por medio de Moisés, y quien condujo a jesús por medio del Espíritu. Este mismo Espíritu es quien convoca a la comunidad cristiana y la anima a emprender el camino cuaresmal.

El desierto es un lugar hostil, lleno de dificultades y de obstáculos. Por eso la experiencia de desierto anima a los creyentes a la lucha, al combate espiritual, al enfrentamiento con la propia realidad de miseria y de pecado.

En este sentido, la Cuaresma debe ser interpretada como un tiempo de prueba. Los cuarenta años que Israel pasó en el desierto fueron también un tiempo de tentación y de crisis, durante los cuales Yahvé quiso purificar a su pueblo y probar su fidelidad (Dt 8, 2-4; Sal 94). También Jesús fue tentado en el desierto. Durante la Cuaresma, la Iglesia vive una experiencia semejante, sometida a las luchas y a las privaciones que impone la militia Christi. El cristiano vive un arduo combate espiritual. Lo vive siempre. No sólo durante la Cuaresma. Pero la Cuaresma representa una experiencia singular, una especie de entrenamiento comunitario en el que los creyentes aprenden y se ejercitan en la lucha contra el mal. Casi ninguno de los israelitas superaron la prueba. En realidad fueron muy pocos los que, habiendo salido de Egipto, consiguieron entrar en la tierra prometida. La mayoría sucumbieron en el camino. Hasta Moisés. Cristo, en cambio, salió victorioso de la prueba. El diablo no logró hacerle sucumbir. Los cristianos que realizan seriamente el ejercicio cuaresmal y recorren con asiduidad el camino que lleva a la Pascua, compartirán sin duda con Cristo la victoria sobre la muerte y sobre el pecado.
Tiempo de conversión y penitencia

Ahora voy a referirme a la dimensión penitencial de la Cuaresma. Es éste un aspecto que bien podríamos considerar connatural a la misma. Toda cuaresma, por el simple hecho de serlo, debe ser un tiempo de penitencia. Yo lo creo así. De hecho, ya el mismo Eusebio de Cesarea —el primero que nos habla de la Cuaresma— se refiere a ese tiempo de preparación a la Pascua llamándolo «ejercicio cuaresmal». Sin embargo, en Roma esta dimensión adquiere unas connotaciones propias. El mismo ayuno, que aparece desde el principio como ingrediente esencial en la preparación a la Pascua, reviste en Roma un sentido y unas resonancias que no poseía durante los primeros siglos.

La Cuaresma romana, al insistir sobre el ayuno y sobre la penitencia, lo hace desde una perspectiva eminentemente ascética y penitencial. Es una forma de expresar el permanente control que el cristiano debe ejercer sobre sí mismo y la lucha abierta contra las pasiones y las apetencias de la carne que se alza contra las exigencias del espíritu. Al mismo tiempo, las prácticas de penitencia durante la Cuaresma son asumidas como una forma de «satisfacción» o castigo para purgar los pecados propios y los ajenos. Hay, por otra parte, una permanente invitación al reconocimiento de los propios pecados y una llamada insistente a una conversión radical y absoluta.

Todos estos aspectos, que caracterizan sin duda la penitencia cuaresmal, sólo se entienden adecuadamente si se tiene presente que, durante siglos, el tiempo de Cuaresma constituyó el cauce canónico oficial para celebrar el sacramento de la reconciliación. La misma estructura cuaresmal dio marco a la institución penitencial. Este hecho, que de suyo cae en la esfera de lo formal y accesorio, impregnó la Cuaresma de una dimensión espiritual determinante. Iniciar la Cuaresma ha significado y significa asumir las actitudes de fondo que caracterizan al hombre pecador, consciente de su pecado, arrepentido y confiado en la ilimitada misericordia de Dios.

Los antiguos ritos penitenciales estuvieron en vigor hasta el siglo VI, mientras duró la penitencia canónica. Después quedaron como restos arqueológicos de un pasado vigoroso. La Iglesia mantuvo el ritual de la reconciliación de penitentes. Pero como una ceremonia más, sin ninguna significación propiamente sacramental. A medida que fue introduciéndose la penitencia privada, la celebración solemne de la reconciliación fue conviniéndose en pieza de museo. A partir del siglo XII, la dimensión sacramental de la penitencia había quedado reservada de modo exclusivo a la confesión privada. Sin embargo, la Cuaresma, que había servido de marco a la penitencia canónica antigua, siguió manteniendo su significación penitencial, a pesar de haber caído en desuso la antigua forma de celebrar el sacramento del perdón. En esa situación era la Iglesia entera la que, reconociéndose comunidad pecadora, entraba en penitencia y se sometía, durante la Cuaresma, a toda clase de privaciones, ayunos y asperezas, implorando la misericordia de Dios y el perdón de sus pecados. De aquí han debido surgir, sin duda, las asociaciones y procesiones de penitentes que la religiosidad popular ha mantenido hasta ahora y que abundan sobre todo durante la Semana Santa.

Los textos de oración litúrgica, mantenidos por la Iglesia hasta la reforma del Vaticano II, reflejan ampliamente la dimensión penitencial de la Cuaresma, cargando incluso las tintas en una visión pesimista del hombre, sometido al dominio de las pasiones y oprimido bajo el peso de sus culpas. La reforma litúrgica del Vaticano II ha querido dar un enfoque nuevo a la espiritualidad y a la penitencia cuaresmal. Para ello se han introducido nuevos textos de oración y se han modificado muchos de los antiguos. Todas estas modificaciones reflejan un nuevo enfoque espiritual de la Cuaresma. No es tanto la penitencia corporal lo que interesa subrayar cuanto la conversión interior del corazón. Los textos bíblicos, extraídos muchos de ellos de la literatura profética, orientan la actitud cuaresmal de cara a una profunda purificación del corazón y de la misma vida de la Iglesia. Hay una continua descalificación de cualquier intento de cristianismo formalista, anclado en ritualismos falsos. La verdadera conversión a Dios se manifiesta en una apertura generosa y desinteresada hacia las obras de misericordia: dar limosna a los pobres y comprometerse solidariamente con ellos, visitar a los enfermos, defender los intereses de los pequeños y marginados, atender con generosidad a las necesidades de los más menesterosos. En definitiva, la Cuaresma se entiende como una lucha contra el propio egoísmo y como una apertura a la fraternidad. A partir de ahí es posible hablar de una verdadera conversión y de una ascesis auténtica. Sólo así puede iniciarse el camino que lleva a la Pascua.

En este sentido, Cuaresma viene a ser un tiempo que permite a la Iglesia —a toda la comunidad eclesial— tomar con-ciencia de su condición pecadora y someterse a un exigente proceso de conversión y de renovación. Sólo así la Cuaresma puede tener hoy un sentido.

Decálogo del signo cuaresmal de la ceniza. Por Jesús de las Heras Muela

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La Iglesia católica se dispone a recorrer el tiempo litúrgico y espiritual de la Cuaresma, los cuarenta días de camino hacia la Pascua. La Cuaresma es siempre tiempo y don de Dios para la conversión, para la renovada y permanente toma de conciencia de la obra de la salvación en Jesucristo y por Jesucristo.

El ayuno, la limosna y la oración son los tres medios tradicionales y bien fecundos para recorrer este tiempo de gracia, este día –cuarenta días- de salvación. Desde estas claves, ofrecemos a continuación y con una clara finalidad pastoral y catequética los siguientes decálogos.

Decálogo:

1.- Este signo quiere expresar el reconocimiento de nuestra condición humana, tan limitada y corruptible. Así lo expresa una de las fórmulas con las que el sacerdote puede imponer la ceniza a los fieles: “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”. La ceniza habla de caducidad, de lo perecedero. La ceniza es también signo de la posibilidad de resurgir. En el fuego quedan siempre en el rescoldo las cenizas.

2.- La ceniza simboliza el árbol quemado y calcinado. Fue precisamente en un árbol -el árbol de la cruz- donde Jesucristo fue crucificado. Evoca la cruz y anticipa también la Pascua. El árbol de la cruz es el árbol de la vida.

3.- La ceniza nos llama asimismo a la humildad, a la austeridad. Nos alerta sobre el orgullo y la autosuficiencia. ¡Qué más pobre e insignificante que la ceniza!

4.- La ceniza nos interpela a poner el fundamento de nuestra existencia en Jesucristo, Hoja y Árbol perennes. Sólo El nos puede liberar de la destrucción, de la corrupción y de la muerte. Cristo es la verdadera y única medicina de inmortalidad y eternidad.

5.- La ceniza es símbolo de conversión. Por eso, al imponer la ceniza, la fórmula más usada es la que dice: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.

De este modo, al hilo de un texto reciente de las publicaciones diocesanas semanales de las Iglesias en Aragón, podemos afirmar que la ceniza que Dios quiere, que la ceniza cristiana es:

1.- Que no te gloríes de ti mismo: Tus talentos los recibiste para servir.

2.- Que no te consideres dueño de nada: eres sólo un humilde administrador.

3.- Que aprecies el valor de las cosas sencillas y humildes, de los pequeños gestos cotidianos.

4.- Que vivas el momento presente en compromiso y esperanza, vislumbrando en el quehacer de cada día el rostro de la eternidad.

5.- Que no temas desesperadamente al sufrimiento, al dolor, a la destrucción, a la muerte: La ceniza surge de un árbol y para los cristianos ese árbol no es otro que el árbol de la cruz de Jesucristo, el árbol de la Vida para siempre.