Páginas
▼
viernes, 24 de julio de 2026
La VI Peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad partirá mañana hacia Covadonga con una participación récord
(Infovaticana) La VI Peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad – España comenzará este 25 de julio con la salida de cientos de peregrinos desde la catedral de Oviedo hacia el santuario de Covadonga, donde concluirá dos días después tras recorrer cerca de cien kilómetros a pie.
La organización afronta esta nueva edición con la previsión de superar el récord de participación alcanzado en 2024. Su presidenta, Diana Catalán, ha señalado en entrevistas recientes que, tras el rápido crecimiento de los primeros años, la peregrinación ha entrado en una etapa de consolidación sin dejar de aumentar el número de inscritos.
Una peregrinación ya consolidada
Inspirada en la tradicional peregrinación de Pentecostés entre París y Chartres, la marcha española se ha consolidado como la principal peregrinación vinculada a la liturgia tradicional en España. El modelo, nacido en Francia hace más de cuatro décadas, ha dado lugar en los últimos años a iniciativas similares en países como Argentina, Reino Unido, Portugal e Italia.
La meta es el santuario de Covadonga, un lugar estrechamente unido a la tradición de la Reconquista, donde los organizadores proponen una peregrinación de carácter penitencial ofrecida por la Iglesia, por el Santo Padre y por España.
Participación internacional en aumento
La edición de este año reunirá a 40 capítulos, de los cuales 29 proceden de España y 11 del extranjero. Entre ellos habrá peregrinos llegados de Francia, Reino Unido, Irlanda, Países Bajos, Portugal, Italia, Polonia, Australia, México y Estados Unidos, reflejando el creciente carácter internacional de la convocatoria.
Según ha explicado la organización en los últimos días, la peregrinación española mantiene una estrecha colaboración con las demás iniciativas inspiradas en Chartres, compartiendo experiencias organizativas y de formación.
Liturgia, oración y vida sacramental
Durante los tres días de camino, los peregrinos recorrerán cerca de cien kilómetros divididos en capítulos, participando diariamente en el rezo del Rosario, meditaciones espirituales —dedicadas este año a la virtud de la fe— y en la celebración solemne de la Santa Misa según el usus antiquior, conforme al Misal Romano de 1962.
La peregrinación contará además con alrededor de cincuenta sacerdotes, distribuidos entre los distintos capítulos, que estarán disponibles para administrar el sacramento de la confesión y ofrecer acompañamiento espiritual durante todo el recorrido. Cada jornada concluirá con un tiempo de adoración eucarística en el campamento.
Una nueva modalidad para familias
Entre las novedades de esta sexta edición figura la incorporación de una «minirruta», diseñada para facilitar la participación de familias con niños menores de seis años. Este itinerario, de unos cuatro kilómetros diarios y apto para carritos de bebé, se suma a la ruta completa y a la modalidad familiar, permitiendo que más familias puedan integrarse en la peregrinación.
La organización espera que esta nueva modalidad contribuya a ampliar la participación familiar y pueda consolidarse en futuras ediciones si la acogida responde a las expectativas.
jueves, 23 de julio de 2026
Cosas que no son obligatorias en misa, y cosas que sí. Por Jorge González Guadalix
(De profesión cura) Es que, con el paso del tiempo, los vicios adquiridos y las cosas que la gente observa, podemos acabar con los principios trastocados, de forma que lo accesorio pasa a ser fundamental, lo fundamental queda diluido y el ritmo propio muy trastocado.
Obligatorias:
Lugar digno -no andemos celebrando en cualquier sitio por capricho o esnobismo-.
Altar bien dispuesto y preparado: mantel o manteles, velas, adorno apropiado.
Vasos sagrados según las normas litúrgicas.
Misal romano. Leccionario apropiado. Respetar las rúbricas.
Ornamentos prescritos: alba, cíngulo, estola y casulla.
No obligatorias:
Las moniciones.
Cantar, por ejemplo.
Añadir elementos extraños en el ofertorio. No a las procesiones interminables de ofrendas.
La homilía en todas las misas.
El rito de la paz.
Ritmo propio
Las misas no son propiedad del celebrante ni del pueblo. Son de la Iglesia.
Los fieles tienen derecho a saber qué se van a encontrar: una misa de treinta, cuarenta minutos o una hora; si cantada hasta el agotamiento o rezada. O peor algún, el mismo horario, la misma parroquia y hoy son treinta minutos y el próximo domingo hora y cuarto. Más respeto a los fieles.
El centro de la misa es Cristo, y Cristo en el Calvario, no el sacerdote.
La misa tiene su tiempo y su ritmo. Pasa en ocasiones que dedicamos tanto tiempo a lecturas y, sobre todo, a la homilía, que se compensa corriendo en la plegaria eucarística. Inmenso error.
Las grandes solemnidades necesitan, perdón, solemnizar. Que se note la liturgia.
Como ven, cuatro líneas sin mayores pretensiones. Pero si se cuidatran, mejor nos iría, digo yo.
La religiosidad de Carlos II, rey de España. Por Guillermo Juan Morado
(La Puerta de Damasco) El libro del historiador Alberto Bravo, “Yo, el Rey. La historia de Carlos II” (Barcelona 2026) pretende ofrecer una renovada imagen del último rey de la Casa de Austria y de su tiempo, siendo consciente el autor de que “la figura de Carlos II sigue siendo para el gran público la de ese rey enfermizo y hechizado de la historiografía clásica, sometido continuamente al escarnio público de periodistas, pésimos divulgadores y pseudohistoriadores que llenan páginas y horas en radios y redes sociales con las más disparatadas invenciones y morbosas fantasías”, pese a que las últimas décadas han supuesto una auténtica revolución en el estudio de su reinado.
Carlos II (1661-1700) murió sin hijos, y legó su inmensa herencia a su sobrino-nieto, Felipe de Borbón (1683-1746), duque de Anjou, nieto de su hermana María Teresa de Austria y de Luis XIV, quien reinó con el nombre de Felipe V. El reinado de Carlos II se extendió desde 1665 a 1700; treinta y cinco años, muchos más de los que reinaron, por ejemplo, Felipe III, Fernando VI, Carlos III o Carlos IV. Al igual que su padre, Felipe IV, el rey Carlos fue amante de la pintura, del teatro y de la música. Fue un monarca plenamente consciente de su dignidad regia, de quien el historiador barcelonés Narciso Feliú de la Peña (+1712) escribió el siguiente elogio: “fue el mejor Rey que ha tenido España […] ha sido el Rey que en España dio su vida por sus vasallos, y para remediar sus daños consumió y aniquiló hasta su mismo corazón, y sangre”.
Un interesante capítulo de la obra de Alberto Bravo está dedicado a la religiosidad de Carlos II, que se inserta en la tradición piadosa de la Casa de Austria, cuyos pilares eran la Eucaristía y la Inmaculada. El bisabuelo del rey Carlos, Felipe II, solía contar a los de su cámara el suceso de su antepasado, el conde Rodolfo de Habsburgo, quien, viendo que un sacerdote que portaba el Santísimo Sacramento para asistir a un enfermo intentaba cruzar un río, se apeó del caballo en que estaba cazando y, de rodillas adoró al Santísimo, y le regaló el caballo al sacerdote diciéndole: No quiera Dios que yo ni alguno de los míos vuelva a subir en caballo que ha llevado sobre sí a mi Dios y Criador. El propio Carlos II tuvo la oportunidad de reproducir el venerado episodio cuando, el 20 de enero de 1685, volvía a Madrid desde el palacio de El Pardo. A la altura de la Florida se cruzó con un sacerdote que llevaba el viático a un hortelano enfermo de Migas Calientes acompañado de un monaguillo. Carlos II, que iba montado en una carroza, al saber que el sacerdote portaba al Santísimo Sacramento, desmontó del coche y se postró en tierra para adorar a Cristo. Luego, le pidió al sacerdote, “pues llevaba consigo al Rey de gloria”, que subiese a la carroza, yendo el monarca a pie y descubierto, llevando de su propia mano el estribo junto al coche hasta la casa del enfermo. El fervor eucarístico de Carlos II se plasma, asimismo, en un cuadro de Claudio Coello que se conserva en la sacristía de San Lorenzo de El Escorial, donde se observa al rey arrodillado frente al prior del Real Monasterio, quien muestra una custodia con la Sagrada Forma.
El segundo pilar de la religiosidad de la Casa de Austria era la promoción del dogma de la Inmaculada, cuya defensa fue impulsada por Felipe III, quien en 1616 dispuso la creación de la Junta de la Inmaculada Concepción con el propósito de propiciar que Roma definiese el dogma y de fomentar la expansión del culto inmaculista en los reinos y dominios del rey católico. Carlos II consiguió que el 15 de mayo de 1693 el papa Inocencio XII firmara el breve por el que concedía la celebración del misterio de la Concepción con octava de precepto y con carácter doble de segunda clase en toda su monarquía. No obstante, la definición dogmática tuvo que esperar hasta 1854, cuando reinaba Isabel II y era pontífice Pío IX.
Otro de los grandes anhelos de los reyes de la Casa de Austria era lograr que Roma reconociese como santo a un rey español; un objetivo que se alcanzó en 1671, en pleno gobierno de Mariana de Austria, madre de Carlos II, cuando el papa Clemente X sancionaba y validaba el culto que se tributaba al rey san Fernando III en Sevilla y en gran parte de los reinos de España, ampliándolo al resto de los dominios del monarca e incluyéndolo después en el misal y breviario romanos.
miércoles, 22 de julio de 2026
Santoral del día: Santa María Magdalena
(COPE) Los Frutos del Espíritu de Dios que toca y convierte los corazones se manifiesta en la Santa de este día. Hoy celebramos a Santa María Magdalena. Su apellido proviene del pueblo de Magdala en el que ella había nacido.
El Papa San Gregorio y la tradición la identifican con la pecadora que va a casa de Simón el fariseo cuando el Señor es invitado allí, y se convierte. El hecho es que tras una vida muy mundana se encuentra con Cristo que le sana. De ella habían salido siete demonios. Desde ese momento destaca ante los otros su amor a Dios.
Formaba parte del grupo de mujeres que atendían al Señor y sus discípulos. En toda la Pasión, no se esconde como los demás, sino que se sitúa hasta el final en el Calvario para acompañar a Jesús, hasta que muere dando la Vida por todos.
En la Resurrección se encuentra el Sepulcro Vacío y se lo dice a Pedro y Juan. Y cuando llora desconsolada se le aparece el Señor Resucitado y termina reconociéndolo. En los evangelios se relata cómo es la primera a la que se le aparece Jesús.
La tradición dice que acompañó a La Virgen y el Apóstol San Juan a Éfeso. En Occidente se cree que predicó el Evangelio en la parte francesa de Marsella, en el sur de Las Galias, y con una vida totalmente de contemplación y de ermitaña.
El Papa Francisco puso su día como una Fiesta, resaltando a Santa María Magdalena como fiel discípula. De esa forma se apoya en las palabras de Santo Tomás de Aquino que califica a esta Santa Mujer como “Apóstol entre los apóstoles”.
Entrevista al Cardenal Rouco Varela (II): «¿'Resignificar' el Valle de los Caídos? Es una basílica donde se reza por todos. Ya está»
(El Debate) El próximo 20 de agosto cumplirá 90 años, se mantiene en buen estado de salud y con la cabeza despierta y ágil, como de costumbre. Pero el cardenal Antonio María Rouco Varela (Villalba, Lugo, 1936) se cuida, y reconoce que no siguió la final del Mundial que enfrentó a España con Argentina. «Vi un resumen después del partido», puntualiza. «Bueno, en fin, tengo que reconocer que, a veces, viendo partidos donde juega un equipo con el que tengo mucha afinidad, me pongo un poquito nervioso y por lo tanto prefiero no verlo», apunta. Sabia decisión que sería de utilidad para muchos otros.
–La Selección nos da alegrías, pero el resto del panorama patrio anda bastante revuelto... La que le montaron algunos hace unos días a monseñor Luis Argüello por recordar la cita de San Agustín: «Cuando un Estado olvida la ética se convierte en una banda de ladrones»...
–La traducción que yo conocí era cueva de ladrones... Pero sí, viene a ser lo mismo. Yo eso lo he oído en un acto sobre Europa en la catedral de Espira (Alemania). Es una catedral espléndida, románica, donde están enterrados un buen número de emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. No recuerdo exactamente cuándo fue, pero participaron todos los jefes de Estado de Europa.
Fuimos invitados a ese acto varios obispos y arzobispos titulares de diócesis con un significado europeo singular. Santiago de Compostela evidentemente lo tiene [el cardenal Rouco, en ese momento, era el arzobispo de la diócesis gallega]. Me invitó el obispo de Espira, entonces monseñor Friedrich Wetter, que, por cierto, después fue arzobispo de Múnich y cardenal, y que aún vive, que debe andar cercano a los 100 años y era muy amigo nuestro y de España y venía a veces a Santiago.
Recuerdo que el discurso fue del cardenal Ratzinger, que comenzó con esa frase: Un reino donde no hay justicia es una cueva de ladrones. No eres dueño absolutamente de todos los aspectos de tu vida; tienes que vivir moralmente, éticamente. Por la fe te planteas quién eres tú, cuál es tu vocación, quién te la ha dado, de dónde vienes...
Pero por ahí no vino la crítica a la frase de don Luis, si no por decirla y por el lenguaje, porque es duro, es duro. Y, si lo lees en la actualidad, en una realidad histórica concreta, como la de ahora, pues claro, duele. Pero yo creo que, en el ejercicio del Magisterio de la Palabra por parte del obispo y de la Conferencia Episcopal de obispos, hay que decir la verdad, y hay que proclamarla. Puede costar algo, te puede costar... Siempre ha costado.
Sin miedo
–Hay que decir la verdad, aunque algunos luego reaccionen muy mal...
–Aunque duela, sí, sí. Hombre, vamos a fijarnos en la persona y la historia de Jesús, del Hijo de Dios hecho hombre. Desde el punto de vista humano, pasión y cruz y muerte. Eso lo han vivido los primeros apóstoles y, a lo largo de toda la historia, ha ocurrido muchas veces. Hombre, ahora no. No cuesta sangre, no cuesta martirio, pero cuesta, cuesta. Cuesta comentarios, cuesta contestaciones agresivas o, por lo menos, contestaciones que no brillan por su buena educación.
Un servidor tiene una cierta experiencia en esas situaciones... Yo le comentaba a don Luis –cuando le llamé para animarle– que, un día de San Isidro Labrador en Madrid, yo acostumbraba, después de la misa en la Colegiata, ir a pie hasta mi casa, que no está lejos. Además, yo iba con el capisayo, o sea, que era súper reconocible, y tuvimos que esperar ante el semáforo en rojo para pasar a la calle. Pasaban dos chicos vestidos así, como raro, estos que van con pelos así como... Bueno, y empiezan a hablar de monseñor Setién, donde está Setién y tal. Luego me empezaron a insultar a mí también. Pero pasé al otro lado de la calle. Una señora me besa el anillo y me dice: Señor Cardenal, acaba de ser usted un poco más bienaventurado. Así que dije: Tú aplícate el cuento.
El Valle de los Caídos
–Usted, que ha sido arzobispo de Madrid, ¿cómo ve el tema del Valle de los Caídos? ¿Cómo cree que va a acabar?
–Hombre, a mí me ha extrañado. Las leyes de memoria histórica son súper problemáticas. Los que hemos vivido toda la transición política, en la etapa de mi vida de treintañero y cuarentañero, que fue la de los políticos de entonces, Adolfo Suárez, Felipe González... La reconciliación era necesaria. La Conferencia Episcopal Española lo recordó el año 75. En el fondo era ya una realidad vivida por todos. Yo no recuerdo durante mi vida de joven seminarista, de joven profesor, de joven sacerdote, decir: este era de este bando, este era del otro. Ese dato no se daba en la vida normal y corriente.
Pero en lo político sí necesitamos, creo yo, una especie de punto final, de nuevo comienzo. Lo que no se puede es volver otra vez a una memoria colectiva nacional partida. Eso no es responsable. Cada uno tiene su memoria.
Y claro, eso afecta al Valle de los Caídos. El Valle de los Caídos lo hemos vivido siempre como un lugar de reconciliación donde se reza por todos los que murieron en la guerra. Ya está desligado de los elementos concretos de los años en que fue construido. ¿Hay que resignificar el Valle de los Caídos? Es una basílica donde se reza. Ya está. Pero claro, es una consecuencia de la Ley de Memoria Histórica y Memoria Democrática. En fin...
Los estatutos del Opus Dei
–¿Tiene usted alguna información de en qué punto se encuentran los trabajos en el Vaticano sobre los nuevos estatutos del Opus Dei?
–Esa es una información concreta que no tengo. Pero, conociendo al Papa, el Papa cuida mucho el no herir sin necesidad. Es decir, si tú anuncias que Cristo es el Salvador del hombre y que el momento culminante de su obra salvadora es la cruz, y lo vives, eso molesta. Molesta al enemigo, al enemigo de las cosas de Dios. A Satanás. Por cierto, no ha habido un Papa contemporáneo que hablase tantas veces de Satanás como el Papa Francisco. Y, si tienes que ir al martirio, vas.
Pero, a la hora del gobierno pastoral de la Iglesia, la comprensión, la caridad, es lo que subraya mucho el Papa León. Y, cuando él habla –cuando nos habló al final del Consistorio– vimos que era un espíritu de saber hablar, saber comprender, saber acompañar mutuamente. Cada uno desde su responsabilidad.
La palabra sinodal no puede quedar tan diluida en su significado que valga para todo. Y sobre todo, lo que no puede valer es para negar los elementos constitucionales por derecho divino de la Iglesia. Por lo tanto, en este caso yo creo que el Santo Padre, el Papa, va a actuar sin herir, sin herir. No hay necesidad de herir. En estas situaciones –diríamos de versiones y matices pastorales–, en el nuevo Código de Derecho Canónico del 83, hay todo un capítulo sobre los derechos y deberes de los fieles, y hay que respetarlo. Es decir, no se puede ejercer la autoridad no canónicamente. La autoridad en la Iglesia tiene que realizarse canónicamente según las exigencias del derecho divino.
martes, 21 de julio de 2026
Entrevista al Cardenal Rouco Varela (I): «En los 70 se dieron muchos casos de abusos litúrgicos» que reducían la misa «a una parodia»
(El Debate) «Don Antonio se encuentra en unos campamentos de verano. Le podré responder a su regreso». El mensaje de la secretaria del cardenal Antonio María Rouco Varela a la solicitud para entrevistarle es lo último que uno se podría esperar. El arzobispo emérito de Madrid, que nació en Villalba (Lugo) en 1936 y está a las puertas de cumplir los 90 años de edad; el hombre que dirigió oficiosamente las riendas de la Iglesia en España durante prácticamente dos décadas; el obispo que acogió a San Juan Pablo II en Santiago de Compostela y a Benedicto XVI en Madrid; el cardenal que participó en los cónclaves de los que surgieron los tres últimos pontífices de la Iglesia católica, se encuentra ayudando en un campamento de verano para niños y adolescentes.
«Bueno, para tener casi 90 años, me encuentro muy bien», reconoce el cardenal Rouco Varela algunos días después, cuando acude por fin a la redacción de El Debate. Y revela su secreto para lograrlo: «La juventud se mantiene especialmente en la cabeza, con una mentalidad joven».
No puedo ocultarle mi sorpresa por lo de los campamentos. Y más, en este verano de calores extremos. «Bueno, sí, he ido a visitar un día el de los chicos del instituto secular masculino Stabat Mater, que tiene que ver con la familia de las Cruzadas de Santa María. También estuve en el campamento de las niñas para celebrar la eucaristía en el Día de las Familias. Y luego tuvimos una charla», detalla. Todo esto lo hizo nada más llegar de Roma, donde, entre los días 26 y 27 de junio, participó en el último consistorio de cardenales con el Papa León XIV. De los marmóreos pasillos vaticanos al tosco granito de la sierra de Ávila.
– Consistorio tras el que usted mostró su preocupación –y la de otros purpurados– por lo que se ha denominado el 'Camino Sinodal Alemán'...
– El Concilio es una forma de relación de los obispos que son herederos del Colegio Apostólico. Por lo tanto, el Colegio de los Doce. Pero el Obispo de Roma es la cabeza del Colegio. Los otros once no pueden prescindir de la cabeza y desbordarlo. A la vez, la cabeza tiene que contar con los once.
– ¿Cómo es su día a día como arzobispo emérito de Madrid? Le siguen convocando a usted a numerosas conferencias y eventos.
– Decir «de Madrid» creo que no tiene mayor importancia en relación con vivir una vida de obispo emérito, de arzobispo emérito. Pero hay que advertir que los cardenales no somos eméritos; somos electores o no electores, pero somos partícipes sujetos con todos los derechos y obligaciones del Colegio Cardenalicio. Por lo tanto, cuando el Papa nos convoca en Consistorio, sobre todo Consistorio Extraordinario, participamos con los mismos derechos y deberes que los cardenales electores, que son aquellos que no han cumplido 80 años. El fenómeno contemporáneo de esa prolongación de las edades en la vida también afecta a la Iglesia, y el Colegio Cardenalicio, por ejemplo, en el Consistorio que acabamos de celebrar en junio, el número de cardenales mayores de 80 años era considerable. Yo creo que 40 o por ahí; no menos.
Pero tratar de interpretar con categorías políticas el organismo que ejerce la autoridad en la Iglesia no es acertado, porque no se debe plegar, en su finura sacramental, a las exigencias de una comunidad humana que se organiza jurídicamente para conseguir el bien común de las personas que viven la historia en el tiempo y en el espacio concreto.
Por lo tanto, el Colegio Episcopal –sucesor del Colegio Apostólico– no es una especie de parlamento, de Senado que controla a la cabeza –al Rey o al jefe del Estado–. Las categorías naturales mejores para comprender la constitución divina de la Iglesia serían más bien la familia, la paternidad, la fraternidad, más que el Presidente de la República, el Rey o el Emperador.
Corre por ahí una definición de que el bautismo es la fuente de toda ministerialidad. Eso es una proposición falsa en sí misma. El bautismo es condición indispensable para recibir un ministerio, pero no es la fuente. El ministerio principal y decisivo en la constitución de la Iglesia es el sacramento del orden. Por eso hay una diferencia entre la eclesiología protestante y la eclesiología católica.
Preocupación en el Vaticano
– ¿Percibe preocupación en Roma con la Iglesia alemana?
– La preocupación no es solo de la Santa Sede y de los Papas. El Papa Francisco se expresó varias veces con mucha preocupación sobre lo que pasaba en Alemania. El Papa León ya intervino en tres momentos en la relación de la Iglesia en Alemania con la Santa Sede.
No me gusta decir Iglesia española, Iglesia alemana, etcétera, porque no hay iglesias nacionales. La Iglesia es católica, y por eso une las realidades terrenales. Tiene una capacidad de unión de lo humano, de toda la familia humana.
Tuve una experiencia que no he olvidado nunca. En un seminario de doctorandos y doctores de la Universidad de Munich, un servidor intervino en el diálogo y usé la expresión de la Iglesia alemana. Y me contestaron: Doctor Rouco, yo no conozco esa Iglesia; yo solo conozco la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Me dio una lección que no he olvidado en toda la vida.
– La Iglesia en Alemania, por tanto. Gracias por la matización. Algunos, de hecho, afirman que en la Iglesia en Alemania ha habido una cierta protestantización...
– Sí, sí, sí. Bueno, es que hay que conocer la situación en general de la fe en Alemania. Hay una crisis de fe anterior a una crisis de la Iglesia, algo que se está dando en toda Europa de una manera más grave o menos grave. Sobre todo, en la Iglesia enraizada en la Europa libre, la que se desarrolló a este lado del Telón de Acero. Al otro lado se vivió una persecución tremenda, que duró medio siglo. Pero, en este lado, se dio una crisis de fe.
Si la fe en Dios falla, si la fe en Jesucristo falla, no entiendes a la Iglesia. Si la Iglesia no se concibe como la define el Vaticano II –el sacramento universal de la salvación en Cristo donde él se hace presente–, se diluye en una especie de realidad social que se dedica a lo religioso. Porque el hombre, en fin, en su ser más íntimo, ansía el más allá; más allá de uno mismo; más allá de la naturaleza visible; más allá de las categorías que el hombre puede concebir de verdad, de bien, de belleza, de amor, etcétera.
Pero, si no le conoces a Él, no crees en Él, te quedas sin respuesta. Entonces, ¿qué pasa en Europa? Pues que es una crisis que se hace muy viva con el final del Renacimiento, luego con el protestantismo y la Ilustración, que es muy alabada y, efectivamente, ha aportado muchos elementos positivos para la edificación de la sociedad y del Estado. Pero, en el corazón mismo de la Ilustración, hay una reserva; en algunos casos, un pensamiento ateo, un pensamiento agnóstico, un pensamiento dudoso, un pensamiento vacilante.
Esa herencia la volvimos a vivir y, además, con una gravedad histórica, con las configuraciones políticas del siglo XX –enormemente poderosas– que llevaban como principio fundamental de su ideología el ateísmo. En primer lugar, el marxismo-leninismo y, después, el nacionalsocialismo. Mucho más estos dos movimientos que el fascismo italiano, que no era explícitamente ateo. La experiencia del ateísmo comunista se vivió así después de la guerra en nuestra generación de jóvenes sacerdotes, los que nos ordenamos sobre todo en los años 50, los que vivimos la experiencia del Vaticano II; los que vivimos la revolución de mayo del 68, etc.
Sobre León XIV
– En este año y pocos meses que llevamos de pontificado de León XIV, muchos han intentado –a mi juicio, infructuosamente– encasillar al Papa como «conservador», «progresista», «continuista»... ¿Cómo lo ve usted?
–Bueno, yo tuve una audiencia con él muy larga en abril. Luego, los dos consistorios. Y, sobre todo, he leído libros. Lo que ha escrito y lo que ha dicho. Por ejemplo, pude leer con cierto detenimiento todo su magisterio en el viaje a España, desde ese pequeño discurso en el CEDIA al discurso en el Palacio Real, donde interpreta la historia de España a partir de la historia espiritual de España. El discurso en el Congreso fue enormemente significativo, donde recurre a las fuentes del pensamiento y de la espiritualidad española, desde San Juan de la Cruz a los maestros de la Escuela de Salamanca.
En todos ellos encuentras la preocupación de un Sucesor de Pedro que tiene bien claras cuáles son las verdades fundamentales de la fe y cuál es el principio fundamental de esa fidelidad a la verdad. La referencia a la categoría de eternidad y las referencias a que el final de la vida no termina aquí en el mundo son muy luminosas y muy centrales. Podríamos hablar de un magisterio extraordinariamente cristológico, de que la Iglesia está para vivir con Cristo, en Él, por Él. Y una expresión sacramental central, que es la de la Eucaristía. Y con una exigencia primera y básica del sí profundo de la vida, que exige conversión, pero que también confiere esperanza, confiere una especie de libertad dispuesta a superarse a sí misma; superar las heridas con las que hemos nacido y, por lo tanto, recordar a la Iglesia en este momento que colocarnos en lo esencial es imprescindible. De ahí puedes hacer mucho bien al mundo en el sentido más temporal de la expresión: desde las políticas sociales.
Pero sobre todo, me ha admirado mucho la importancia que le ha dado al valor de la vida, unido muy estrechamente al valor de la dignidad de la persona humana, que la concibe de forma trascendente. En el Parlamento dijo que la dignidad de la persona humana es intocable, porque la persona humana nace de la creación de Dios.
Diríamos –en términos del Papa Francisco– que lo periférico se da si el centro –lo esencial– funciona. Yo creo que, desde este punto de vista, hay una continuidad básica y fundamental con el pontificado de su predecesor, pero también con los Papas del post concilio. Es curioso, pero él ya ha escogido como tema para sus catequesis el Concilio Vaticano II, lo que es una llamada de atención a todos. Hay que volver al Concilio Vaticano II, ya que es la fuente inmediata, clara, evidente, inequívoca de lo que se le pide a la Iglesia por mucho tiempo. Todavía tenemos mucho espacio de aplicación del Vaticano II por delante.
– Aunque este ha sido uno de los puntos de fricción que ha desembocado en la reciente excomunión de los lefebvristas...
– En la historia de los concilios de la Iglesia, antes y después de los grandes concilios, siempre hubo una divergencia en algún punto doctrinal más o menos decisivo –a veces muy decisivo–, como por ejemplo todos los dogmas sobre la divinidad de Jesús o todos los dogmas cristológicos, pues siempre fueron acompañados y seguidos de grupos y de personas que se desviaban. En el Vaticano II también se da ese fenómeno: un sector considerable de la Iglesia, sobre todo en Europa, sobre todo en Francia y Suiza, donde la doctrina sobre la libertad religiosa del Vaticano II no fue comprendida y, por lo tanto, se produjo en torno a la figura de un arzobispo que tenía mucho prestigio personal. Y además con razón, porque era un hombre culto, un obispo culto espiritualmente, muy apreciable, más que respetable. Y, en torno a él, se dice: Este paso no lo damos.
Pero claro, ese paso significaba romper con el Concilio, porque el Concilio, en su doctrina, se extiende a muchos aspectos de la fe de la Iglesia. Vale tanto el Magisterio del Concilio hablando del Colegio Episcopal, o de la vida consagrada, o de los laicos, o de la libertad religiosa.
La misa tridentina
– La liturgia tradicional ha sido otro de los puntos de desencuentro. Usted, recientemente, ha pedido «comprensión para quienes quieren el rito antiguo».
– Pero ese no fue el problema nunca, porque todos los Papas tuvieron comprensión hacia ello. Y, claro, se puede celebrar legalmente, incluso después de la derogación del decreto de Benedicto XVI. El Papa Francisco no prohibió totalmente la celebración del rito antiguo. Limitó mucho la posibilidad de que se extienda, por ejemplo, que no puede haber más comunidades, más grupos de fieles que quieran celebrar en el rito antiguo. Yo soy sacerdote desde marzo del año de 59, y celebré siete años esa misa hasta el año 66. Por lo tanto, no estamos en un asunto de doctrina, de fe, porque la Iglesia ha vivido 500 años con este ritual.
Siempre ha habido variedad de ritos litúrgicos. Es, por lo tanto, un problema de disciplina y de pastoral litúrgica. Pero, claro, al convertirse en una desobediencia expresa, pasa a ser un problema grave, que atenta contra la unidad de la Iglesia.
Se hizo una reforma litúrgica en el Vaticano II que, en muchísimos y muy extendidos casos, se convirtió en una parodia de la liturgia. Y, claro, cuando la parodia llega hasta tal grado de profundidad que afecta a la verdad misma de lo sacramental, la conciencia de los fieles e incluso la misma sensibilidad estética de lo humano, ante la indisciplina casi anárquica de la liturgia en muchos casos y en muchos lugares de la Iglesia en los años 70 influyó en que grupos de fieles volvieran otra vez a la tradición anterior a la reforma del Vaticano II.
– Recuerdo, cuando era arzobispo de Madrid, uno de esos abusos litúrgicos muy sonados que se produjo en 2007 en la parroquia de San Carlos Borromeo y que usted ordenó cerrar al culto. Hasta allí acudieron a «solidarizarse» y a montar el numerito José Bono y Pedro Zerolo...
– Claro, cuando se producen estos fenómenos de abusos, hay gente que reacciona saliéndose por el otro lado... No negando la fe, no negando los contenidos básicos de la fe, pero exagerando, diríamos, la fórmula de solución del problema, que puede producir división, puede producir pérdida de unidad en lo verdadero y lo esencial.
Casos como ese se dieron a lo largo de los años 70. Hubo de todo y, lo que era peor, en las casas de formación, de religiosos, de religiosas, seminarios... Celebrar la Eucaristía en la sala de estar con una mesa baja. Sentados, en cuclillas, traer el vino de la nevera, el pan de no sé qué y luego hablar cada uno lo que le parecía... Casi lo único reductible a verdad teológica eran las palabras de la consagración.
O sea, se pasó de la celebración de la Eucaristía instituida por el Señor; sacramento de su presencia sacrificial y sacrificada en la cruz que alimenta nuestras almas; su carne y su sangre; la presencia de lo Divino en medio de tu vida y de tu historia... a una especie de juego de amigotes o de amigos, sin más. Hay una distancia infinita.
León XIV visita Montecasino y reza ante la tumba de san Benito por la paz en el mundo
(InfoCatólica) León XIV visitó este lunes la Abadía de Montecasino, primer monasterio de la orden benedictina, donde rezó ante la tumba de san Benito y le encomendó la paz en las regiones del mundo marcadas por la guerra y la violencia. El Papa, que pasa sus vacaciones estivales en Castel Gandolfo, se desplazó hasta el cenobio situado a unos 130 kilómetros de Roma en una jornada de carácter estrictamente privado.
Oración, archivo y almuerzo con los monjes
Según informó la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el Pontífice «se detuvo a rezar ante la tumba de san Benito, confiándole su ruego por la paz en aquellas regiones del mundo marcadas por el derramamiento de sangre y el conflicto». Tras ese momento de oración, rezó la hora sexta con la comunidad monástica, visitó el Archivo y la Biblioteca del monasterio y compartió el almuerzo con los monjes antes de regresar a Castel Gandolfo, donde permanecerá hasta el 27 de julio.
El abad, dom Luca Fallica, describió la visita como «un regalo totalmente inesperado», ya que la confirmación llegó apenas la víspera y la comunidad fue avisada solo unas horas antes de la llegada del Papa. «Todo se ha desarrollado con gran sencillez y familiaridad», señaló. León XIV tuvo también ocasión de saludar a huéspedes y turistas presentes en el recinto. Según relató el abad, el Papa «se alegró de poder visitar este lugar en el que había estado hace muchos años», cuando aún era estudiante en Roma.
«Nos hemos sentido reafirmados y animados tanto en nuestro compromiso monástico como en nuestro compromiso eclesial más amplio», concluyó Fallica, quien confió en que el encuentro dé «fruto por el bien de la Iglesia y por el bien de toda la humanidad».
Un símbolo de continuidad y de paz
Montecasino ocupa un lugar central en la historia de la Iglesia y de Europa. Fue fundado por san Benito hacia el año 529, y desde allí se difundió la regla benedictina, basada en el equilibrio entre oración, trabajo y vida comunitaria. Según el relato de san Gregorio Magno, Benito murió en este mismo monasterio el 21 de marzo de 547 y fue enterrado en el oratorio de san Juan Bautista, junto a su hermana melliza, santa Escolástica.
A lo largo de casi quince siglos, la abadía ha sido arrasada en varias ocasiones: por los lombardos, por los sarracenos, por un terremoto en la Edad Media y durante la Segunda Guerra Mundial, en la célebre batalla de Montecasino. Tras cada destrucción, el monasterio fue reconstruido. En 1964, san Pablo VI proclamó a san Benito patrono de Europa, un patronazgo que Juan Pablo II amplió posteriormente con los santos Cirilo y Metodio.
lunes, 20 de julio de 2026
La fe en la selección española campeona del Mundo
(Infovaticana) España conquistó su segundo Mundial tras imponerse por 1-0 a Argentina en la final disputada en Nueva Jersey este domingo. Ferran Torres marcó en la prórroga el gol que devolvió a la selección española a lo más alto del fútbol internacional dieciséis años después del título de Sudáfrica.
El triunfo cerró un campeonato en el que la fe volvió a hacerse visible sobre el terreno de juego. No como una iniciativa oficial de la FIFA ni como una identidad compartida por todos los participantes, sino mediante declaraciones, oraciones y gestos personales de futbolistas que no ocultaron sus convicciones religiosas ante las cámaras.
La fe dentro de la selección española
El vestuario español no es confesionalmente homogéneo. Lamine Yamal profesa el islam, otros jugadores no han hablado públicamente de sus creencias y algunos de los protagonistas de la segunda estrella han mostrado abiertamente su fe católica.
El caso más conocido es el de Luis de la Fuente, director técnico de la selección, que se ha definido como «católico practicante» y ha explicado que reza diariamente. Durante el Mundial aclaró que no pide a Dios ganar los partidos, sino que la oración le proporciona fortaleza, seguridad, calma y confianza.
«Rezo todos los días, pero no porque esté en un Mundial ni pretenda sacar un resultado», señaló el seleccionador, quien considera injusto pedir para sí una victoria frente a rivales que también pueden ser creyentes.
Ferran Torres, autor del gol decisivo contra Argentina, mostró durante la concentración las medallas que lleva bajo la camiseta. «Tengo la cruz y una Virgen. Creo que es algo que me da mucho apoyo, que me da tener muchísima fe y para mí es algo muy importante», explicó el delantero valenciano.
También Nico Williams expresó públicamente su confianza en Dios. Antes de la final difundió una fotografía arrodillado sobre el césped y señalando hacia el cielo, acompañada por la frase «God is great» —«Dios es grande»—. Su historia familiar mantiene, además, un vínculo estrecho con la Iglesia: sus padres, procedentes de Ghana, recibieron ayuda de Cáritas y del entonces sacerdote Iñaki Mardones cuando llegaron a Bilbao. El hermano mayor del futbolista recibió el nombre de Iñaki en agradecimiento a aquel sacerdote.
A estas expresiones se sumó el gesto de Mikel Merino tras marcar el gol de la victoria contra Portugal el 6 de julio. El navarro se colocó el pañuelo rojo y celebró el tanto con un «¡Viva San Fermín!», en referencia al patrón de Pamplona y a unas fiestas que comenzaban ese mismo día.
Estas manifestaciones no convierten a España en una selección confesional ni permiten atribuir el título a una intervención divina. Muestran, sencillamente, que algunos de sus principales protagonistas no consideran necesario esconder su fe en un ámbito sometido a una enorme exposición pública.
Oraciones entre adversarios
Las escenas religiosas no se limitaron al equipo campeón. En otro partidos, como entre Alemania y Curazao, varios jugadores de ambas selecciones se reunieron para rezar en el centro del campo.
Los alemanes Jonathan Tah y Felix Nmecha se sumaron a la oración de los jugadores caribeños tras un encuentro que había terminado con una amplia victoria germana. Nmecha explicó después que durante el partido eran rivales, pero que, una vez concluido, volvían a reconocerse como cristianos y hermanos.
«Todos creemos que Jesús es glorificado a través del juego y por eso rezamos juntos», afirmó.
La escena resultó especialmente significativa porque no se produjo después de una victoria equilibrada, sino tras una dura derrota de Curazao. La oración compartida no borró el resultado, pero mostró que la rivalidad deportiva no anulaba una fe común.
Los croatas Igor Matanović y Kristijan Jakić también hablaron abiertamente del catolicismo antes de su debut. Matanović aseguró que la oración le da fuerza porque siente que Dios lo escucha, mientras que Jakić sostuvo que la fe forma parte de la vida y de la identidad de la selección croata.
Otros jugadores del torneo, como el estadounidense Cristian Roldán, el mexicano Santiago Giménez, el portugués Cristiano Ronaldo o el francés Kylian Mbappé, han hablado igualmente de la oración, la Biblia y la gratitud a Dios como elementos presentes en sus carreras.
Argentina también llevó su fe a la final
La fe tampoco estuvo únicamente del lado español en el partido decisivo. Lionel Messi ha descrito en numerosas ocasiones su talento como un don recibido de Dios y acostumbra a señalar hacia el cielo después de marcar.
La selección argentina mantiene además una arraigada religiosidad popular. En su vestuario colocaron imágenes de la Virgen de Luján, del padre Pío y del papa Francisco, mientras que los botines de Messi fueron bendecidos en la basílica dedicada a la patrona de Argentina antes del torneo.
En una cultura que admite la exhibición pública de casi cualquier aspecto de la vida personal, pero observa con frecuencia la fe con incomodidad, el Mundial sí dejó un hecho relevante: en uno de los mayores espectáculos globales, numerosos futbolistas hablaron de Dios, rezaron con sus adversarios y llevaron signos religiosos sin relegarlos a la intimidad. Esa naturalidad no deja de ser significativa.
Santoral del día: San Elías
(Cope) La Antigua Alianza ha contado con grandes baluartes que ha sido defensores de la unión del Pueblo Elegido con el Cielo. Hoy celebramos a San Elías. Es el Antiguo Testamento el que nos describe cómo este Profeta de Dios ha de encararse con el pueblo que, tras prometer en el Sinaí fidelidad al Señor, rompe con la Alianza sellada.
En este Pasaje les reta a ofrecer un sacrificio al falso dios Baal y él lo ofrecerá al Señor Dios de Israel. Entonces les deja en evidencia cuando el falso mito no contesta, mientras él según le ora al Cielo, la víctima es consumida, convenciendo a todos de su error y reconociendo a Yavé. Después de esto huye, perseguido por la reina, caminando hasta el Horeb, donde la Providencia le conforta. En Sarepta se alojará en casa de una pobre viuda a la que ayuda, impidiendo que se muera y tenga alimento y salud.
También se le considera el iniciador del Carmelo al divisar la nubecilla que subía al Cielo, prefigurando así a la Virgen del Carmen. Por Orden Divina unge profeta sucesor suyo a Eliseo, y mientras van de camino, un Carro de Fuego se sitúa en medio, arrebatando a Elías al Cielo. Desde allí también da un poco de sus saber y capacidad de pastoreo. Su presencia se hará patente en la Transfiguración del Señor conversando junto con Moisés.
domingo, 19 de julio de 2026
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo?". Por Joaquín Manuel Serrano Vila
Vivimos en una sociedad de respuestas rápidas y que exige resultados inmediatos. Nos cuesta tolerar la espera, la imperfección y el fallo ajeno. Queremos soluciones instantáneas y, a menudo, justicia inmediata. Quisiéramos arrancar de raíz y de forma violenta todo aquello que consideramos malo, molesto o pecaminoso, tanto a nuestro alrededor como dentro de nosotros mismos. Sin embargo, la liturgia de la Palabra de este Domingo XVI del Tiempo Ordinario nos invita a entrar en una lógica completamente distinta, la lógica de la paciencia, la misericordia y los procesos de Dios. Hoy las escrituras nos revelan que Dios no actúa con la prisa del hombre, sino con la pedagogía del agricultor que sabe esperar el tiempo de la cosecha.
En la primera lectura del libro de la Sabiduría se nos regala una de las definiciones más profundas sobre la soberanía de Dios. Nos dice el texto: “Tu fuerza es el principio de la justicia, y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos”. Y es que poder no es sinónimo de fuerza ni violencia. En el mundo terrenal, el poder se asocia con el control, la imposición, la sumisión y el castigo inmediato. Dios demuestra que su omnipotencia es tan grande que no necesita recurrir a la fuerza bruta para reafirmarse. Su verdadero poder se manifiesta en su capacidad de perdonar y de esperar. He aquí la lección de la moderación. Dios no nos destruye a la primera falta; al contrario, su paciencia es insuperable. Y también este pasaje es una llamada a la esperanza. Al actuar así, Dios nos enseña una lección fundamental: el justo debe ser humano y bondadoso. Además, abre siempre una puerta al futuro al conceder a sus hijos el arrepentimiento tras el pecado; Dios no nos encasilla en nuestros errores pasados. El salmista vuelve a incidir en ello: "Tú, Señor, eres bueno y clemente".
La segunda lectura de San Pablo a los Romanos nos va a recordar cómo el Espíritu Santo socorre nuestra debilidad. El Apóstol nos sitúa ante nuestra propia realidad: somos débiles y limitados. Incluso en algo tan íntimo y necesario como la oración, San Pablo afirma con total honestidad: “Nosotros no sabemos pedir como conviene”. Y a continuación alude a la figura del abogado interior. Ante nuestra incapacidad de comunicarnos plenamente con Dios, el Espíritu Santo acude en nuestra ayuda. Él intercede por nosotros con "gemidos inefables", traduciendo los anhelos más profundos de nuestro corazón, aquellos que ni siquiera nosotros mismos sabemos expresar con palabras. En pleno verano, somos llamados a orar desde el Espíritu; esta lectura nos invita a descansar en Dios. Rezar no consiste en convencer a Dios con discursos perfectos, sino en permitir que su Espíritu ore en nosotros, alineando nuestros deseos con la voluntad del Padre.
Y el corazón de la liturgia de la Palabra siempre es el evangelio, hoy tomado del capítulo 13 de San Mateo. El texto evangélico de san Mateo nos ofrece tres parábolas del Reino de los Cielos: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura en la masa. El primero de el Trigo y la Cizaña, nos habla de convivir con la imperfección. Los criados del campo, al ver que la cizaña crece junto al trigo, reaccionan con el impulso humano típico: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. La respuesta del dueño de la casa es tajante: “No, no sea que al arrancar la cizaña arranquéis también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Estamos pues, ante el misterio del mal. El mal existe y convive con el bien en el mundo, en la Iglesia y en nuestro propio corazón. Ninguno de nosotros es puramente trigo o puramente cizaña; en nuestro interior habitan santidad y miseria al mismo tiempo. Aparece aquí también el peligro de juzgar. Si intentáramos arrancar la cizaña por nuestra cuenta, podríamos destruir mucho bien. No tenemos la capacidad de juzgar el fondo del alma humana. Lo que hoy parece cizaña, por la gracia de Dios y en el tiempo, puede convertirse en trigo bueno. El juicio definitivo le corresponde sólo a Dios al final de los tiempos. La parábola del Grano de Mostaza y la Levadura, es un canto del Poder de lo Pequeño. Estas otras dos referencias nos muestran cómo actúa el Reino de Dios en la historia. El grano de mostaza comienza siendo la más pequeña de las semillas, pero se convierte en un arbusto grande donde las aves hacen nidos. Así es la fe y la obra de Dios: empieza de forma humilde y casi invisible, pero tiene un potencial de crecimiento asombroso. Una pizca de levadura fermenta tres medidas de harina. El Reino no se impone por la fuerza militar o el ruido mediático; transforma el mundo desde dentro, de manera silenciosa, a través del testimonio diario de amor a Dios y a los hermanos, del servicio y la fidelidad.
En este domingo el Señor nos llama a vivir la paciencia con nosotros mismos. No te desanimes si descubres "cizaña" en tu interior. Dios no te desecha; te da tiempo para cambiar. Deja que el Espíritu Santo trabaje en ti. Vivamos la misericordia escapando a la tentación de ser jueces de los demás. Y, sobre todo, confiemos en el valor de lo pequeño. Seamos esa pequeña levadura en nuestro entorno, ese grano de mostaza insignificante: Dios se encargará de multiplicar los frutos.
Evangelio del Domingo XVI del Tiempo Ordinario
En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».
Palabra del Señor
sábado, 18 de julio de 2026
Homilía del Sr. Arzobispo en la Clausura de la JEMJ Covadonga 2026
Queridos amigos en el Señor: que Él llene de paz vuestros corazones y vuestros pies surquen los caminos del bien. Saludo al Sr. Abad de Covadonga, D. David Cueto y al P. Rafael Alonso, a los sacerdotes y al diácono concelebrantes, a los miembros de la vida consagrada, a los voluntarios y a todos los jóvenes que participáis en la JEMJ 2026, en su tercera edición en Covadonga. Un saludo a los hermanos que vienen de otros países:Chers amis francophones, Frères et Sœurs, vous êtes tous les bienvenus dans ce sanctuaire de Notre-Dame de Covadonga. Apprenons toujours à faire ce que Jésus nous dit.
Dear English-speaking Friends, Brothers and Sisters, you are all welcome to this Santuary of the Virgin of Covadonga. Let us always learn to do what Jesus tells us.
Liebe deutschsprachige Freunde, Brüder und Schwestern, ihr seid alle willkommen in diesem Heiligtum der Jungfrau von Covadonga. Lasst uns immer lernen, das zu tun, was Jesus uns sagt.
Cari amici di lingua italiana, Fratelli e sorelle, siete tutti i benvenuti in questo santuario di Nostra Signora di Covadonga. Impariamo sempre a fare ciò che Gesù ci dice.
Caros amigos que falam portugués, Irmãos e irmãs, são todos bem-vindos a este santuário de Nossa Senhora de Covadonga. Aprendamos sempre a fazer o que Jesus nos diz.
De tantos lugares hemos acudido de nuevo para ahondar en nuestra vida cristiana en torno a Jesús en su Eucaristía y a María nuestra Madre. Son dos presencias que nos sostienen en la Iglesia para remar mar adentro en medio de los avatares de nuestra travesía a veces con mares de bonanza o con aguas turbulentas que de tantos modos nos amenazan. Queda todavía fresco en la memoria el regalo de la visita del papa León XIV en su reciente viaje apostólico a España. El milagro explosivo que ha suscitado el papa ha coincidido con una urgente necesidad que adolecíamos en este escenario mundial y nacional. Porque todos los envites y embates que nos asolan nos dejan vulnerados y asustadizos: los tambores de guerra que internacionalmente nos sobresaltan, la corrupción política con las gobernanzas mendaces que nos saturan con sus cloacas, todos los desafíos que cultural y socialmente nos provocan, sin que falten las crisis de tibieza o complejo eclesial que nos debilitan. Todo esto ha puesto en evidencia la orfandad profunda que vivimos en la coyuntura de nuestro momento. Pero esta situación ha sido sorprendida con algo con lo que no contábamos, con algo de lo que sin saberlo quizás éramos mendigos y que suscitaba un alzar la mirada a nuestros ojos humillados, alzar la mirada a Dios que nos espera y jamás nos defrauda. Ese algo ha sido la vivencia agradecida de una paternidad que nos abraza disipando nuestros miedos, habitando nuestras soledades, vendando nuestras heridas, iluminando nuestras oscuridades.
El estribillo constante de los mensajes del Santo Padre ha sido volver a la comunión que nos une, esa fraternidad que tiene el referente siempre presente del Dios Padre que nos hace hermanos. ¡Cuántas cosas nos enfrentan y nos desangran dejándonos tristes y haciéndonos estériles! Necesitamos el dulce reclamo de levantar puentes que abran el trasiego fraterno, y superar la vieja tentación de levantar las fronteras que nos enfrentan tan inútilmente o cavar las trincheras en las que escondernos. No ha habido pregunta de los jóvenes con los que León xiv se ha encontrado que no haya sido acogida y respondida con su paterna sabiduría. Vale la pena repasar las seis cuestiones que ellos le presentaron en Madrid y Barcelona, y cómo abrazó con sus bellísimas respuestas el desgarro que tales preguntas provocaban.
Este domingo se nos habla de semillas en el Evangelio, de lluvia que las riegan, de libertad que permite que sencillamente sean. Acaso para nuestra cultura tecnificada y asfáltica, enredada en las redes sociales y en la Inteligencia Artificial puede que nos venga raro o lejano el discurso, pero vale la pena asomarse a él humildemente, como quien puede quiere aprender algo que nos corresponde de veras. Cuando el hombre se abre al don de Dios manifestado en su Palabra, ceden las esclavitudes y saltan nuestras cadenas, y empezamos a ser en verdad hijos de Dios como nos dice la segunda lectura (cf. Rom 8,18-23). No siempre la libertad del hombre está abierta al don de Dios, por eso existe un gemido, una tristeza, una frustración que nos vela la gloria para la cual hemos sido hechos.
La Gracia de Dios es como la lluvia, como nos ha dibujado bellamente Isaías en la primera lectura, pero si nuestros cauces de absorción están embotados, cerrados a cal y canto, Él respetará delicadamente nuestra cerrazón y ni siquiera nos humedecerá el más grande de los torrentes, por más que Dios quiera empaparnos: “como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo” (Is 55,10-11). Este es el plan de Dios, su proyecto y su deseo. Pero Él no lo impone, sino que lo propone, dejando la última palabra a nuestra libertad.
Así se entiende esta parábola que Jesús mismo explica a sus discípulos (cf. Mt 13,1-23). Es una de las pocas ocasiones en las que podemos verificar algo que sucedería con mucha frecuencia cuando estuvieran solos Jesús y los discípulos, donde se pedirían explicaciones que pusieran luz en tantas preguntas que ellos tendrían ante lo que en un día cualquiera habían visto y oído acompañando al Maestro de acá para allá. Es así como ellos pidieron una ampliación de la parábola… por si acaso no la habían entendido bien o porque acaso la habían entendido demasiado bien y querían estar ciertos.
Tal explicación por parte de Jesús es bella y enormemente pedagógica a la vez. La semilla es la misma, pero los terrenos de acogida no. Y aquí está la cuestión, como plásticamente va desgranando la parábola: no entender la Palabra de Dios porque no nos ha calado (la semilla que cae en el camino); no cuidar eso que se ha entendido ya pero que no nos ha llegado hasta el fondo de nuestro corazón (la que cae en terreno pedregoso); pretender escuchar al mismo tiempo a Dios y a otros que contra Él hablan, yéndonos al final tras los seductores de turno haciendo así estéril lo que el Señor sembró en nosotros (lo sembrado entre zarzas).
Pero también existe el terreno humilde, que acoge con sencillez, aunque sea lento e incluso torpe en asimilar. Importa menos la celeridad y la cantidad del fruto (unos dan ciento, otros sesenta, otros treinta por uno), lo único importante es haber acogido esa semilla de su Palabra y que nos fecundice. ¿No quiere Dios sembrarse en nosotros para en nosotros fructificar otra vez el don de la paz y de la gracia, el de la luz y la misericordia, el del perdón y la alegría… todos esos frutos que nuestro amado mundo no consigue fabricarse y que sin embargo necesita más que nunca? ¡Qué hermosa es la vida de tanta gente sencilla que sin troníos ni alharacas se han dejado fecundar por Dios, por su lluvia y su semilla!
En el evangelio de este domingo nos presenta una de esas parábolas con las que Jesús solía enseñar lo que era el Reino. El pueblo nuevo de Dios es un pueblo que huele a tierra mojada de la que nacerá en libertad ese mundo según el corazón de Dios. No la Babel que nos confunde y enfrenta, sino la Ciudad de Dios que nos hermana y acompaña hasta la santidad. Basta no cerrarse. Basta creerlo, acogerlo y compartirlo. Cada uno de nosotros somos ese terruño en el que Dios ha querido sembrar la palabra que eternamente silenció para decírnosla a nosotros y para decirla con nosotros. No somos un barbecho infecundo de tanto esperar una semilla, sino esa tierra abierta en la que el Señor nos quiere sembrar su Buena Noticia. Ojalá tengamos oídos para oír, corazón para acoger y manos para compartir la semilla de cuanto Él hace y dice en nuestra pequeñez.
Una buena tierra para la mejor semilla. Y la siembra de Dios siempre tendrá una forma vocacional en cada uno de sus hijos. No somos anónimos sin rostro, sino hombres y mujeres que fueron llamados a la vida con la misión que Dios nos ha encomendado. Esta es la vocación cristiana que cada uno ha recibido. En encuentros de jóvenes cristianos como este, o como esos a los que nos convoca el papa, hay una siembra vocacional preciosa. De aquí salen familias cristianas que se plantean un noviazgo como Dios lo manda aprendiendo lo que significa la fidelidad para siempre, en ternura y respeto como un don complementario de hombre y mujer, abiertos a la vida y educando a los hijos que el Creador les pueda dar. De aquí nacen vocaciones a la vida religiosa en cualquiera de sus formas en las que se vive la pertenencia al Señor dentro de una comunidad donde se profesan los votos de castidad, pobreza y obediencia. Aquí surgen también llamadas al sacerdocio para dar la vida al Buen Pastor que pone en nuestros labios su Palabra y con nuestras pequeñas manos reparte los sacramentos de su gracia.
Queridos amigos, gracias por haber venido un año más o por primera vez, gracias a los Siervos y Siervas del Hogar de la Madre, a los sacerdotes y religiosas que habéis acompañado a vuestros jóvenes, a los voluntarios que tanto nos han ayudado, a los responsables de la liturgia y de los cantos. Mirando a María queremos aprender su lección de hacer lo que Dios nos diga, dejando que Él siembre en nosotros la semilla de su Palabra. Amén.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
viernes, 17 de julio de 2026
Las carmelitas de Compiègne, mártires del Corazón de Jesús Por: Mons. Alberto José González Chaves
Cuando la libertad levanta una guillotina
Su sangre continúa hablando, como la de Abel, no para pedir venganza, sino para desenmascarar la mítica mentira de su época.
El 17 de julio de 1794, al caer la tarde, dieciséis mujeres atravesaron París en una carreta de condenados camino de la guillotina. No llevaban armas; no habían conspirado, incendiado palacios o derramado sangre. Eran once monjas de coro, tres hermanas conversas y dos torneras o hermanas externas del Carmelo descalzo. Su delito era haber continuado siendo lo que eran: religiosas, esposas de Jesucristo, hijas de Santa Teresa, mujeres consagradas a la oración.
La Revolución que había prometido libertad, las condenaba por ejercerla. Los que proclamaban los derechos del hombre, les negaban el de pertenecer a Dios. Quienes iban a derribar tiranías levantaron una guillotina para cortar la cabeza a unas mujeres indefensas que rezaban. No murieron por un accidente cruel de la historia sino porque la «libertad» separada de la verdad odiar todo lo que no puede dominar. Fueron víctimas de tres embustes diabolicos: la libertad convertida en dogma, la igualdad que solo admite hombres idénticos ante el Estado, la fraternidad universal que excluye a quien se atreva a reivindicarla en Jesucristo, único Hermano Mayor, Hijo del eterno Padre.
El Carmelo frente a la nueva religión
El monasterio de la Anunciación de Compiègne había sido fundado en 1641 como uno de los primeros frutos franceses de la reforma teresiana. Durante siglo y medio sus moradoras vivieron una existencia escondida, reglada por la campana, la Santa Misa y el lento sucederse de las horas litúrgicas. Pero la Revolución no podía tolerar aquella vida, no porque las monjas constituyesen una amenaza política, sino porque constituían una contradicción teológica. En una sociedad que comenzaba a declarar que el hombre solo se pertenece a sí mismo, ellas afirmaban con su silencio que la libertad más alta consiste en pertenecer enteramente a Dios. En un mundo que divinizaba la voluntad autónoma, ellas profesaban obediencia cuando la Revolución abolía los votos religiosos por considerarlos contrarios a su «libertad». Mas las carmelitas sabían que nadie es más libre que quien entrega libremente su vida por amor.
En 1790 fueron suprimidas las órdenes contemplativas. En septiembre de 1792 las religiosas fueron expulsadas del convento y la comunidad se dispersó en pequeños grupos por varias casas de Compiègne, pero siguió viviendo, en cuanto fue posible, su horario de oración, silencio y fraternidad. Les quitaban el monasterio, pero no el Carmelo; les arrebataban el hábito, pero no la consagración. La persecución podía cerrar conventos, pero no encerrar la gracia; si disolvía comunidades por decreto, no podía derogar su vocación; si declaraba inexistentes sus votos en los registros del Estado, no lograría borrarlos de aquellos dieciséis corazones en los que Dios los había recibido.
«Fanáticas» del Sagrado Corazón
Las carmelitas de Compiègne murieron también por su devoción al Sagrado Corazón de Jesús. No fueron ejecutadas únicamente por poseer estampas piadosas, ni el proceso revolucionario se redujo formalmente a una condena del culto al Corazón de Cristo: fueron condenadas por su fidelidad a la vida religiosa, por su adhesión a la Iglesia, por su rechazo práctico de la descristianización y por lo que el tribunal llamaba «fanatismo». Pero entre los indicios empleados contra ellas figuraban precisamente testimonios de su devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Fueron sentenciadas por su «fanatismo» unido a esa devoción y por su vinculación con la autoridad legítima. La acusación es reveladora: el Corazón de Jesús resultaba particularmente intolerable para la nueva religión revolucionaria. No era una devoción más, sino la proclamación de que el centro del mundo no es la voluntad humana, sino el amor de Dios hecho carne; que la humanidad no se salva construyendo paraísos políticos, sino dejándose redimir por un Corazón traspasado; que por encima de las asambleas, de los comités y de las constituciones está el reinado de Jesucristo. Mientras la Revolución pretendía rehacer al hombre, el Sagrado Corazón recordaba que el hombre necesitaba ser redimido; si la Revolución buscaba imponer la salvación mediante la política, el Corazón de Cristo ofrecía la salvación por la gracia. La Revolución exigía adhesión total a una idea y las carmelitas habían entregado ya su totalidad a una Persona. Por eso eran «fanáticas». ¡Les hicieron el elogio más bello! Eran «fanáticas», sí, si fanatismo significaba no admitir que ningún poder humano pudiera ocupar el lugar de Dios. Fanáticas de la mansedumbre, de la reparación, de la adoración y del amor; fanáticas de un Corazón que, perdonando, se había dejado atravesar por todos.
La ofrenda
En 1792, cuando la persecución se hacía cada vez más amenazadora, la priora, madre Teresa de San Agustín, propuso a la comunidad un acto de ofrenda a Dios en holocausto para que la paz fuese devuelta a la Iglesia y a Francia. No todas fueron capaces de aceptar inmediatamente: alguna sintió temor, y esto hace su martirio más humano, más cristiano y más grande. Porque el mártir no es quien no siente miedo sino quien, sintiéndolo, deja que la caridad sea más fuerte que el miedo. La gracia no destruye la fragilidad: la toma de la mano y la conduce hasta donde ella sola nunca habría llegado.
Aquellas mujeres no jugaron románticamente con la idea de morir: sabían lo que era la guillotina; habían visto cómo la Revolución devoraba a sus propios hijos; conocían los carros de condenados, los insultos, el ruido de la cuchilla, las fosas comunes. Por ello su ofrecimiento no fue una fantasía piadosa, sino un acto sacerdotal, pues, si no eran sacerdotes ministeriales, vivieron hasta el extremo la dimensión oblativa que pertenece a toda vida cristiana, haciendo cada una, de sí misma, una hostia viva. Y Dios, que no necesita sangre, pero acepta el amor que se entrega, tomó en serio su oración.
Un juicio contra Dios
Las religiosas fueron detenidas en junio de 1794. Trasladadas a París, comparecieron el 17 de julio ante el Tribunal Revolucionario. El proceso fue sumario; la sentencia, decidida de antemano. Cuando se empleó contra ellas la palabra «fanatismo», sor Enriqueta de Jesús pidió al acusador que explicase qué significaba. La respuesta fue brutal y luminosa: el fanatismo era su adhesión a creencias infantiles y a prácticas religiosas ridículas. Entonces sor Enriqueta comprendió que la sentencia no castigaba un crimen político, sino la fe, y dijo a sus hermanas que debían alegrarse, porque iban a morir por su santa religión y por su fidelidad a la Iglesia católica. El lenguaje del tribunal había despejado cualquier duda: no las mataban por conspiradoras, sino por creyentes. En realidad, aquel día no se juzgó a dieciséis carmelitas: se juzgó el derecho de Dios a ser amado por encima del Estado, la posibilidad de que exista en la tierra un espacio interior que el poder no pueda ocupar, la libertad de la conciencia cristiana. Y, como sucede siempre que un poder absoluto juzga a Dios, terminó condenando al hombre.
La carreta, «paso» de procesión
Al salir hacia el patíbulo, las carmelitas no organizaron una protesta ni gritaron consignas ni respondieron al odio con odio. Cantaron. La carreta de las condenadas se convirtió en coro monástico y el camino hacia la plaza del Trono Derribado se hizo procesión litúrgica. El poder había querido reducirlas al silencio, y ellas respondieron con música, transfirmando su degradación pública, ignominiosa, en oficio divino. Aquellas mujeres derrotadas mostraban al todo París la belleza de una comunidad que moría como había vivido: unida y cantando el Miserere, la Salve Regina y, al pie del patíbulo, el Veni Creator Spiritus. Así fueron al cadalso: rezando y cantando, renovando su consagración, una tras otra, ante su priora. Antes de subir, cada religiosa se arrodillaba ante madre Teresa de San Agustín, pedía permiso para morir y renovaba su obediencia. Después besaba una pequeña imagen de la Virgen y se entregaba al verdugo.
La más joven, sor Constanza, fue de las primeras. Sus veintinueve años avanzaron con alegría, como quien va a una fiesta. La priora quiso morir la última, como una madre que acompaña a todas sus hijas hasta la puerta y solo la cruza después de haber comprobado que ninguna queda atrás. Dieciséis veces cayó la cuchilla. Dieciséis voces fueron apagándose. El silencio retumbó en la plaza cuando la multitud descubrió que acababa de presenciar algo santo.
Bernanos: el miedo visitado por la gracia
A la historia de Compiègne la Providencia quiso prolongarla a través de la literatura y de la música. En 1931, Gertrud von Le Fort publicó «La última en el cadalso», inspirándose libremente en las mártires. Introdujo el personaje ficticio de Blanca de la Force, una joven dominada por el miedo. Años después, Georges Bernanos recibió el encargo de escribir los diálogos para una película basada en aquella obra. El proyecto cinematográfico no salió entonces adelante, pero el texto apareció póstumamente con el título de «Diálogos de carmelitas». Francis Poulenc lo convirtió después en una de las óperas religiosas más intensas del siglo XX, estrenada en 1957.
Bernanos no se limitó a versionar una epopeya histórica; penetró en el misterio cristiano del miedo con intuición profundamente católica: la gracia no siempre quita el miedo; a veces lo transfigura. Hay personas llamadas a dar a Dios no una fortaleza natural que poseen, sino una debilidad que Él redime. Blanca no es santa porque sea valiente sino porque, después de huir, de temblar y creerse indigna, llega a la hora en que la gracia la esperaba. La libertad cristiana no consiste en no tener miedo, sino en que el miedo no tenga la última palabra. Frente al héroe pagano, que domina su destino por la fuerza de su carácter, el mártir cristiano recibe una fortaleza que no es suya. No asciende al patíbulo para demostrar que es superior a los demás: sube sostenido por Otro. Por eso las carmelitas de Bernanos no son estatuas: discuten, dudan, tiemblan, se contradicen. Y, sin embargo, en la hora final, todas sus pobrezas quedan asumidas en la comunión de los santos.
La última escena, popularizada por Poulenc, ofrece una intuición teológica extraordinaria: las voces desaparecen una a una al golpe seco de la guillotina, pero el canto no se destruye; se adelgaza, se purifica, asciende. Parece que la muerte vence a cada cantora y, sin embargo, no logra vencer la canción. La Iglesia es precisamente eso: un canto que atraviesa los siglos aunque vayan cayendo quienes lo entonan.
Las guillotinadas, en los altares
El proceso de beatificación se abrió a finales del siglo XIX. Las carmelitas de Compiègne fueron beatificadas por san Pío X el 27 de mayo de 1906 como las primeras mártires de la Revolución Francesa reconocidos solemnemente por la Iglesia. Francia vivía entonces una nueva oleada de laicismo militante. La Ley de Separación de la Iglesia y el Estado había sido aprobada en 1905. Congregaciones religiosas eran expulsadas, comunidades se dispersaban y bienes eclesiásticos volvían a ser incautados. San Pío X elevaba a los altares a unas religiosas expulsadas por una revolución justamente cuando otras religiosas francesas volvían a conocer el destierro. No era un gesto político, pero sí una afirmación profética: las ideologías cambian de nombre, suavizan su vocabulario, sustituyen la guillotina por el decreto administrativo, pero la tentación de expulsar a Dios de la vida pública permanece.
Al beatificarlas, la Iglesia no canonizaba una opción monárquica ni una nostalgia histórica. Reconocía que ninguna ley puede declarar ilegítima la entrega total a Dios; que el martirio es el acto supremo de libertad religiosa; y que aquellas mujeres, consideradas inútiles por la sociedad revolucionaria, habían realizado uno de los actos más fecundos de la historia espiritual de Francia.
El 18 de diciembre de 2024, el papa Francisco decidió extender a la Iglesia universal el culto de la beata Teresa de San Agustín y sus quince compañeras, inscribiéndolas en el catálogo de los santos mediante canonización equipolente una forma excepcional que no exige un nuevo proceso de milagro porque reconoce un culto antiguo, estable y extendido, la fama constante de santidad y la solidez histórica y doctrinal de la causa.
Unas monjas escondidas, borradas por la Revolución, arrojadas a una fosa común del cementerio de Picpus, eran propuestas como santas a toda la Iglesia. Si la Revolución quiso privarlas incluso de sepultura individual, la Iglesia les daba un nombre eterno; si el mundo las contó entre los enemigos del pueblo, las Iglesia las inscribía en el libro de los santos.
Tras la canonización, el convento vacío
En 2026 hubo un epílogo doloroso: el 21 de abril el obispo de Beauvais anunció el cierre de la comunidad carmelitana de Compiègne, establecida desde 1992 en Jonquières. El comunicado diocesano explicaba las razones: edad avanzada de las religiosas, disminución de su número, ausencia de nuevas vocaciones e imposibilidad de encontrar refuerzos de otros monasterios. La salida de las hermanas se realizaría progresivamente. Dolorosa paradoja: mientras el mundo entero descubría de nuevo a las carmelitas de Compiègne; la Iglesia las canonizaba; los teatros seguían representando su martirio y la música de Poulenc estremeciendo a creyentes y no creyentes; el Carmelo que custodiaba su memoria quedaba vacío porque no hay jóvenes dispuestas a suceder a aquellas heroínas. Aplaudimos su heroísmo, pero la Francia hodierna ha dejado de engendrar las condiciones espirituales en las que puede nacer una vocación semejante. La hija primogénita de la Iglesia conserva o restaura catedrales, organiza conciertos sacros y convierte monasterios en patrimonio cultural, pero el cristianismo no sobrevive como patrimonio. Una iglesia sin fieles acaba siendo museo; un monasterio sin vocaciones termina siendo archivo; una tradición que ya no es elegida por nadie se convierte en recuerdo.
El cierre del Carmelo de Compiègne es, por eso, algo más que una reorganización conventual. Es una pregunta dirigida a Europa. ¿Qué ha sucedido en una tierra capaz de producir a san Bernardo, san Luis, santa Juana de Arco, san Vicente de Paúl, santa Margarita María, el Cura de Ars, santa Teresita y las mártires de Compiègne, para que ahora resulte tan difícil encontrar seis, ocho o diez jóvenes dispuestas a entregar la vida a Dios en silencio?
Sería injusto afirmar que Francia carece absolutamente de vocaciones o de vitalidad cristiana. Las hay, y existen comunidades frescas y fecundas, como otro Carmelo, el otrora envejecido de Alençon, que optó hace años por la liturgia tradicional y se pobló de jovenes de los cuatro puntos cardinales. Pero el cierre de un Carmelo tan simbólico como el de Compiegne revela una herida profunda: una civilización puede seguir admirando los frutos de la fe después de haber arrancado sus raíces.
Las falsas libertades
¿Qué nos enseñan hoy las carmelitas de Compiègne? Ante todo, que no toda libertad libera.
La Revolución hablaba de libertad mientras prohibía los votos religiosos no tolerando que una mujer eligiera obedecer, vivir en clausura, guardar castidad y pertenecer a Jesucristo. La nueva sociedad se atribuía el derecho de decidir qué opciones podían llamarse libres y cuáles debían ser anuladas por el bien de quien las había elegido. Es una tentación muy moderna invocar la libertad para desarraigar al hombre de todo vínculo que no haya sido fabricado por él mismo. Se presenta como liberación la ruptura con la naturaleza, con la tradición, con la familia, con la historia e incluso con el propio cuerpo. Pero, paradójicamente, cuanto más se proclama la autonomía absoluta, más se multiplican los poderes que pretenden definir qué debemos pensar, qué palabras podemos pronunciar, qué convicciones resultan admisibles y qué presencia pública puede concederse a la fe.
La falsa libertad comienza diciendo: «No necesitas a Dios». Continúa afirmando: «No debes hablar de Dios». Y termina sentenciando: «No te permitiremos vivir como si Dios existiera». No siempre llega con una guillotina; a veces lo hace con una sonrisa, una campaña cultural, una exclusión profesional, una caricatura permanente o una ley redactada con palabras impecables. Pero la lógica es la misma cuando el poder deja de proteger la libertad religiosa y comienza a conceder a los creyentes un permiso condicionado para existir.
Las carmelitas nos recuerdan que la libertad no consiste en carecer de vínculos, sino en poder amar el bien sin coacción. Ellas habían escogido libremente la clausura, y la Revolución quiso «liberarlas» obligándolas a abandonar aquello que amaban. Quien las privó de libertad no fue el voto, sino el Estado que declaró nulo el voto. La reja no fue su prisión: lo fue la ideología que no soportaba verlas detrás de la reja.
La fecundidad de lo inútil
Las mártires de Compiègne enseñan también el valor inmenso de las vidas que el mundo considera inútiles. Aquellas monjas no administraban hospitales, no dirigían universidades, no publicaban periódicos, no participaban en debates públicos. Rezaban. Y para la mentalidad utilitarista de la Revolución, rezar era no hacer nada. Sin embargo, cuando Francia se desangraba, fueron ellas quienes ofrecieron su vida por la paz.
El contemplativo parece no intervenir en la historia, pero toca la fuente secreta de la que la historia depende. No cambia primero las estructuras; se presenta ante Dios con el sufrimiento del mundo en las manos. No produce resultados mensurables; permite que la gracia siga descendiendo sobre una humanidad que ni siquiera sabe que la necesita.
Diez días después de la muerte de las carmelitas cayó Robespierre y terminó el Terror. No puede demostrarse históricamente una causalidad entre ambos acontecimientos, ni la fe necesita convertir la cronología en una prueba matemática, pero el cristiano puede contemplar en aquella cercanía una misteriosa correspondencia: ellas habían pedido la paz y ofrecido la vida; pocos días después, la maquinaria del Terror comenzó a devorar a quienes la manejaban y perdió su dominio. La oración no es magia ni la ofrenda un mecanismo. Pero Dios gobierna la historia también mediante las vidas escondidas que se entregan por los demás.
Morir juntas
Hay todavía una enseñanza especialmente necesaria para nuestro tiempo: las carmelitas no murieron aisladamente sino en comunidad. La modernidad exalta al héroe solitario; el cristianismo contempla una comunión.
La más fuerte sostuvo a la más débil, la anciana alentó a la joven, la priora recibió la profesión renovada de sus hijas; cada una escuchó cómo callaban las voces de las demás y supo que pronto le llegaría su turno. No poseían todas el mismo temperamento ni sentían todas idéntica valentía, pero compartían una vocación, una regla, una mesa, un coro, una Madre y un Esposo. El martirio fue la última recreación conventual; la plaza, su coro; la guillotina, su puerta de clausura definitiva; el cielo, su celda eterna.
Frente a una cultura que nos fragmenta, nos encierra en identidades individuales y nos deja solos ante el sufrimiento, ellas muestran que la santidad también consiste en dejarse llevar por la fe de los hermanos cuando la propia flaquea.
Quizá alguna subió al cadalso porque había visto subir a la anterior, o pudo cantar porque escuchaba cantar a las demás. Así vive la Iglesia. Así ha atravesado las persecuciones. Así permanece cuando todo parece derrumbarse: una voz sostiene a otra hasta que todas se funden en el mismo canto.
El Corazón contra la cuchilla
El contraste definitivo no se establece entre unas monjas y unos revolucionarios, sino entre dos símbolos: el Corazón y la guillotina. Esta representa el poder que simplifica eliminando. Cuando una realidad humana no cabe en la ideología, se corta; cuando una voz molesta, se silencia; si una conciencia no se somete, se suprime.
El Corazón de Jesús representa lo contrario. No elimina al pecador: carga con él; no corta la cabeza del enemigo: se deja coronar de espinas; no derrama la sangre ajena: entrega la propia; no salva destruyendo sino dejándose destruir. Si la Revolución ofrecía regenerar Francia mediante la muerte de los culpables, Cristo había regenerado al mundo muriendo por los culpables.
Las carmelitas eligieron el Corazón ypor eso pudieron caminar hacia la cuchilla sin convertirse interiormente en aquello que las mataba. No odiaron a sus verdugos ni pidieron que Dios castigase París: se ofrecieron por Francia.
Tal es la diferencia entre el mártir y el fanático: este mata por su idea; aquel muere por amor. El fanático sacrifica a los demás; el mártir se ofrece a sí mismo; el primero necesita enemigos; el segundo intercede por quienes lo destruyen.
Ellas fueron llamadas fanáticas del Sagrado Corazón,pero precisamente porque pertenecían a ese Corazón, no se hicieron fanáticas de la ideología.
¿Qué nos piden hoy las carmelitas de Compiègne? No la admiración estética de emocionarse con Bernanos o estremecerse con Poulenc. No basta visitar Picpus, venerar sus reliquias o lamentar el cierre del convento. Nos preguntan qué libertad estamos dispuestos a defender y si el Sagrado Corazón es para nosotros una imagen amable o el verdadero Rey y centro de nuestra vida; si creemos todavía en la fecundidad de la oración contemplativa y preguntan si nuestras familias son capaces de entregar hijos e hijas a Dios; si queremos vocaciones o solo sentimos nostalgia cuando desaparecen. Y, sobre todo, nos preguntan qué cantaremos cuando llegue nuestra hora. Porque todos caminamos hacia un patíbulo, aunque no tenga cuchilla ni se alce en una plaza. La muerte espera a cada hombre. La cuestión no es si subiremos, sino cómo subiremos: aferrados a nosotros mismos o entregados; en soledad o dentro de la comunión de la Iglesia; maldiciendo o cantando.
Aquellas mujeres habían ensayado durante años su último canto. Cada oficio divino, cada Gloria Patri, cada Salve Regina, cada acto de obediencia y cada silencio del Carmelo habían preparado la tarde del 17 de julio. Nadie improvisa el martirio: se aprende a morir aprendiendo cada día a entregarse.
El canto no ha terminado
El convento queda vacío. Las hermanas se marchan. El silencio se instalará en los corredores de Jonquières. Puede parecer que la Revolución, dos siglos después, ha logrado lo que no consiguió con la guillotina: apagar el Carmelo de Compiègne. Pero no es así. La comunidad histórica fue dispersada en 1792 y aniquilada en 1794. Sin embargo, nunca ha estado tan viva como ahora que toda la Iglesia pronuncia el nombre de aquellas santas. El Carmelo no depende únicamente de unas paredes; el mismo fuego puede encenderse en otro lugar, en otra joven, en otra comunidad, en otro país. La sangre de las mártires no garantiza automáticamente las vocaciones, pero las reclama, las implora y las hace posibles.
Tal vez el cierre del convento sea también una llamada. Las santas carmelitas, recién inscritas en el catálogo universal de la Iglesia, no quieren únicamente que contemplemos su gloria, sino que pidamos de rodillas un renacimiento. Quizá su canonización no sea el cierre solemne de una historia, sino el comienzo de una nueva misión.
Francia no necesita solamente conservar la memoria de sus carmelitas: precisa volver a engendrarlas. Europa no necesita únicamente admirar a sus mártires sino recuperar la fe por la que merecía la pena morir. Y la Iglesia no necesita añorar tiempos heroicos sino católicos convencidos de que Jesucristo sigue mereciendo una entrega total.
Cuando cayó la última cabeza, el verdugo creyó que el canto había terminado pero se equivocaba. El canto pasó de la plaza al cielo, del cielo a la Iglesia, de la Iglesia a Bernanos, de Bernanos a Poulenc, de Poulenc a los teatros del mundo y de estos al corazón de quienes, incluso sin fe, perciben que aquellas mujeres poseían una libertad que sus verdugos jamás comprendieron.
La guillotina hizo ruido durante unos segundos; el Veni Creator lleva resonando más de dos siglos. Y seguirá haciéndolo mientras haya en la tierra una sola alma dispuesta a decirle a Cristo: «mi vida es tuya; mi libertad consiste en pertenecerte; mi corazón descansa dentro del tuyo». Entonces la cuchilla de la guillotina podrá caer pero no vencerá.


.jpg)










