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viernes, 24 de abril de 2026

Las carmelitas se van de Compiègne

(InfoCatólica) «La avanzada edad, la disminución del número de fieles y la falta de nuevas vocaciones». Así resume el obispo diocesano la trágica necesidad que empuja a las carmelitas de Compiègne a abandonar su convento.

El hecho de que la difícil decisión haya tenido que ser tomada también en muchos más carmelos y conventos de otras órdenes no disminuye la tristeza del momento, sino que la intensifica. La falta de vocaciones y, por lo tanto, el envejecimiento de la población contemplativa son signos de la existencia una auténtica pandemia en la Iglesia causada por el abandono de la fe característico de nuestro tiempo.

El carmelo de Compiègne no es una comunidad más. En efecto, es el heredero de una ilustre tradición, ya que a él pertenecían las carmelitas que murieron mártires durante la Revolución Francesa. De forma especialmente dolorosa, el abandono del convento se produce menos de un año después de la esperada canonización de las carmelitas de Compiègne, que tuvo lugar el 8 de mayo de 2025. La Madre Teresa de San Agustín, priora del convento, y sus quince compañeras fueron canonizadas como mártires por el Papa Francisco. Habían sido beatificadas un siglo antes por San Pío X.

Su historia es estremecedora. El estallido de la Revolución Francesa en 1789 no tardó en dar lugar a una legislación brutalmente anticatólica. En 1790, se ilegalizaron los votos religiosos y el mismo hecho de vestir el hábito. Expulsadas de su monasterio y confiscados sus bienes, las carmelitas no solo se mantuvieron fieles a sus votos, sino que además quisieron pronunciar solemnemente un acto de entrega de su vida a Dios por la salvación de Francia.

Los revolucionarios ofrecieron a las monjas la posibilidad de renunciar a sus votos y a la vida en comunidad, pero ellas se negaron a abandonar su vocación. Acusadas de seguir llevando una vida religiosa, fueron trasladadas a París, declaradas «enemigas del pueblo» y condenadas a muerte.

Las carmelitas atravesaron las calles de París, camino de la guillotina, cantando salmos, el Te Deum y el Veni Creator. Murieron tras recibir la bendición final de su priora y besar una imagen de Nuestra Señora.

Durante dos siglos, la memoria de las mártires de Compiègne sostuvo a la comunidad, pero la crisis vocacional de la Iglesia ha sido demasiado para ellas. Hace unos treinta años, las carmelitas tuvieron que abandonar el edificio original en el centro de Compiègne porque no podían mantenerlo y se trasladaron a las afueras de la población, a unos diez kilómetros. El traslado les dio un respiro y les permitió resistir tres décadas más, pero el envejecimiento y la ausencia de vocaciones continuaron y la situación se ha hecho insostenible.

El cierre del convento será gradual, a lo largo de meses, para poder realizar todas las gestiones civiles y canónicas necesarias, especialmente la decisión sobre dónde se conservarán las reliquias de las mártires y el futuro de las seis monjas que quedan. Según parece varias de las carmelitas de más edad serán trasladas a residencias de ancianos.

El contraste con la situación actual no podría ser más claro. Cuando la fe se mantiene firme, la persecución produce mártires, que son semilla de nuevos cristianos. En cambio, cuando la fe se debilita, las apostasías se multiplican, las vocaciones a la vida consagrada desaparecen y los conventos tienen que cerrar sus puertas.

jueves, 23 de abril de 2026

El Lignum Crucis convierte el Camino Lebaniego en «un oasis donde brota gracia tras gracia»

(Rel.) El Camino Lebaniego, declarado Patrimonio de la Humanidad en 2015 por la Unesco, conduce hasta el monasterio de Santo Toribio de Liébana, situado al este de Cantabria.

Allí es posible venerar el Lignum Crucis, reliquia traída desde Jerusalén en el siglo V por el obispo Toribio de Astorga. Desde que empezó a venerarse allí, a partir de 1181 se ha convertido en uno de los lugares de destino preferentes para los cristianos del mundo.

Tres franciscanos transformados por la reliquia

Como tres de ellos, franciscanos mexicanos: Rafael Rizo Aguado, guardián del monasterio; Felipe Álvarez Martínez, ecónomo y administrador del convento; y José de Jesús Rodríguez Galindo, sacristán mayor. Llegaron destinados el 11 de septiembre de 2025 y desde entonces han visto su vida transformada por esos trozos de la Cruz de Cristo y por la impresionante naturaleza de altos montes que los acoge.

Una naturaleza que aprendieron a valorar de la mano de su maestro, San Francisco de Asís: "Él nos hace ver la majestuosidad de la montaña y, con eso, lo pequeños que somos", explicó fray Felipe, antes de añadir que "esa pequeñez de lo que somos nos hace ver el valor que tenemos ante Dios".

¿Por qué es tan importante rezar arrodillados ante esa reliquia? Porque eso "propicia un camino de interiorización que nos ayuda a fortalecernos y sobre todo a transmitir con amor aquello que Dios nos ha encomendado".

Y lo que nos ha encomendado, añade fray Rafael, es "un encuentro con Él". Y aquí se hace posible con Dios, a quien no vemos pero que se hace presente en ese signo tan pequeño. El Lignum Crucis es pequeño, pero... ¡nos hace grandes! Y convierte el monasterio en "un remanso de paz, de reconciliación, de perdón y de esperanza".

Rezar ante un trozo de madera que sostuvo el cuerpo de Jesucristo e incluso pudo haberlo rozado toca el corazón de miles de católicos que hacen el Camino Lebaniego. 

Conversiones por ese objeto sagrado

El religioso confiesa que en el tiempo que lleva en este lugar de España ha contemplado "testimonios de conversión" de quienes han orado con tal espíritu.

Y fray Jesús confirma que, por ello, esa Cruz, expuesta y venerada en este lugar, lo ha convertido en "un oasis donde brota gracia tras gracia".

Por eso el monasterio de Santo Toribio de Liébana no solo transforma a los visitantes: también a ellos, que lo habitan. "Aquí descansa la impronta del amor más grande que Dios ha tenido con el mundo, que es la Cruz. Por ser custodios de este lugar lo amamos y nada más que entras te estremeces", sostiene.

Para ellos y para los peregrinos "es un espacio hecho para estar con Dios, y subes al monte para estar al pie de la Cruz", en cierto modo recreando la escenografía del Calvario y su trascendencia para nuestra salvación.

Y fray Felipe lo ha advertido en los peregrinos, para quienes "ese deseo, el deseo de poder ver y encontrarse con el misterio de amor que aquí late y brilla, ofrece gracia abundante para quien viene con esa devoción".
Para franciscanos como fray Rafael, fray Felipe y fray Jesús el entorno del monasterio es también, en un sentido distinto a como lo es el Lignum Crucis, un recordatorio de Dios.

¿Por qué? Sabemos que Cristo murió en el Monte Calvario. Sabemos que el Monte Alvernia (o La Verna), que da nombre al santuario que lo corona, es donde San Francisco de Asís recibió los estigmas. Y los Montes de Liébana son un recordatorio permanente de Cristo no solo por la reliquia, sino por el lugar que la rodea.

Reconocernos pequeños nos acerca a Dios

En efecto, dice fray Felipe, a veces nuestro vivir tan apresurado "no nos deja ver quiénes somos". Eso nos lo enseña, sin embargo, un retiro como el que ofrece su monasterio, al situarnos en medio de la naturaleza: "En él se toma altura ante la vida para poder ver y contemplar el mundo desde una perspectiva nueva, diferente, desde lo que somos... Ver la naturaleza nos transporta a la realidad de la creación de Dios".

"Cómo no maravillarse de ese amor tan grande que Dios nos tiene al entregárnosla", apostilla fray Jesús con precisión teológica.

El Papa concluye en Malabo su viaje apostólico por África: «Me llevo un tesoro inestimable de fe»

(InfoCatólica) Ante unos 30.000 fieles reunidos en el estadio de Malabo, el Papa León XIV celebró este jueves la última misa de su viaje apostólico por África, un periplo de diez días que le ha llevado por Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial. En su homilía, el Pontífice invitó a la Iglesia ecuatoguineana a «continuar con alegría la misión de los primeros discípulos de Jesús» y a hacer de la Palabra de Dios «pan bueno para todos». Antes de iniciar su reflexión, León XIV pidió que «se haga plena luz» sobre la muerte del vicario general de la archidiócesis, monseñor Fortunato Nsue Esono, fallecido repentinamente días antes.

El Papa pide esclarecer la muerte del vicario general de Malabo

El momento más inesperado de la celebración llegó al inicio. Antes de comenzar la homilía, el Santo Padre expresó su pésame a la comunidad archidiocesana, a los sacerdotes y a los familiares de monseñor Fortunato Nsue Esono, vicario general de Malabo. «Invito a vivir con espíritu de fe este momento de dolor y confío en que, sin dejarse llevar por comentarios o conclusiones apresuradas, se haga plena luz sobre las circunstancias de su muerte», declaró el Papa en un pasaje que, por su tono y su contenido, trascendió el mero formulismo protocolario.

Felipe y el viajero africano: la Escritura como liberación

La homilía se articuló en torno al pasaje de los Hechos de los Apóstoles (Hch 8,30-35) que relata el encuentro del diácono Felipe con un eunuco de la reina de Etiopía. El Pontífice describió a aquel viajero como un hombre «rico, como su tierra, pero esclavo», cuyas fatigas «benefician a otros» y cuyo cuerpo lleva grabada dolorosamente su falta de libertad: «No puede generar vida, todas sus energías están al servicio de un poder que lo controla y lo domina».

Es precisamente en el camino de regreso a África, explicó el Papa, cuando «el anuncio del Evangelio lo libera». Al encontrar a Felipe, el eunuco deja de ser «lector» o «espectador» de la Escritura para convertirse en «protagonista de un relato que lo involucra, porque se refiere precisamente a él». Así «entra en la historia de la salvación, que es hospitalaria para con todo hombre y mujer, especialmente para con los oprimidos, los marginados y los últimos», y renace a una vida nueva mediante el Bautismo.

La Eucaristía, cumplimiento del maná

León XIV enlazó la figura del eunuco con la experiencia del éxodo de Israel. Recordó que, en el desierto, el pueblo comió el maná pero «murieron» (Jn 6,49), mientras que «el que coma de este pan vivirá eternamente» (Jn 6,51), «porque Cristo está vivo». A aquel signo antiguo, señaló, «le sucede ahora el sacramento de la Alianza nueva y eterna: la Eucaristía, pan consagrado por aquel que ha descendido del cielo para hacerse nuestro alimento».

«¿Confío en que su amor es más fuerte que mi muerte?», planteó el Pontífice a los fieles. «Al decidir creerle, cada uno de nosotros elige entre una desesperación cierta y una esperanza que Dios hace posible». Y dirigiéndose directamente a los ecuatoguineanos, exclamó recogiendo palabras de san Ambrosio: «¡Cristo lo es todo para nosotros! Si estás oprimido por la injusticia, Él es la justicia; si tienes necesidad de ayuda, Él es la fuerza; si tienes miedo de la muerte, Él es la vida; si deseas el cielo, Él es el camino; si estás en las tinieblas, Él es la luz».

El anuncio de la salvación «se hace Iglesia»

En la parte final de la homilía, el Papa subrayó que la palabra del Señor «es para nosotros Evangelio, y no tenemos nada mejor para anunciar al mundo». «A través de nuestro testimonio, el anuncio de la salvación se hace gesto, se hace servicio, se hace perdón; en una palabra, se hace Iglesia», afirmó. Citando la Evangelii Gaudium de su predecesor, el Papa Francisco, León XIV advirtió del riesgo de «una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro», y aseguró que «es precisamente el amor del Señor el que sostiene nuestro compromiso, especialmente al servicio de la justicia y de la solidaridad».

«Leyendo juntos el Evangelio, que seáis anunciadores apasionados, como lo fue el diácono Felipe. Celebrando juntos la Eucaristía, que deis testimonio con vuestras vidas de la fe que salva», concluyó el Santo Padre dirigiéndose a la Iglesia que peregrina en Guinea Ecuatorial.

«Un tesoro grande hecho de historias, de rostros, de testimonios»

Al término de la celebración eucarística, el Papa se despidió de Guinea Ecuatorial y del continente africano. «Me voy de África llevando conmigo un tesoro inestimable de fe, de esperanza y de caridad; es un tesoro grande hecho de historias, de rostros, de testimonios, alegres y sufridos, que enriquecen abundantemente mi vida y mi ministerio como sucesor de Pedro», declaró.

León XIV agradeció al arzobispo de Malabo, monseñor Juan, a los demás obispos, a los sacerdotes y a «todo el pueblo de Dios que peregrina en esta tierra», así como a las autoridades civiles del país. «Hoy África está llamada a contribuir significativamente a la santidad y al carácter misionero del pueblo cristiano», afirmó, antes de encomendar a Guinea Ecuatorial y a «todos los pueblos africanos» a la intercesión de la Virgen María.

Despedida en el aeropuerto y regreso a Roma

Tras la misa, el Papa se trasladó al aeropuerto internacional de Malabo, situado a unos diez kilómetros del estadio, donde tuvo lugar la ceremonia oficial de despedida en presencia del vicepresidente de Guinea Ecuatorial, con la interpretación de los himnos y las guardias de honor. A las 12.54 (hora local), el avión de ITA Airways, un A330-900neo, despegó rumbo a Roma-Fiumicino, donde estaba prevista la llegada tras poco más de seis horas de vuelo.

Concluía así un viaje apostólico de diez días, el primero de León XIV al continente africano y el tercero de su pontificado, que le ha llevado por cuatro países (Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial) y que, como reconoció el propio Pontífice, le importaba «tanto» realizar.

Ambongo: «Un mensaje profético que no a todos agrada»

El cardenal Fridolin Ambongo Besungu, arzobispo metropolitano de Kinshasa y presidente del Simposio de las Conferencias Episcopales de África y Madagascar (SECAM), valoró positivamente el viaje en una entrevista concedida a Vatican News desde Malabo. «Me siento feliz y satisfecho en nombre de todo el pueblo de África», declaró, calificando la visita de «motivo de orgullo, pero también de responsabilidad».

Ambongo destacó que la elección de los cuatro países visitados «ilustra la diversidad de los desafíos de África»: el diálogo interreligioso en Argelia, la búsqueda de la paz en Camerún y la distribución equitativa de la riqueza en Angola y Guinea Ecuatorial. Describió la Iglesia que el Papa encontró como «joven y dinámica, segura de su futuro», aunque enfrentada a «muchos desafíos: la pobreza, la falta de justicia en algunos países, la dificultad de vivir en paz».

El presidente del SECAM calificó el mensaje papal de «profético» y comparó su recepción con la del propio Jesús: «Cuando el profeta habla, algunos escuchan, otros no. Muchos me han llamado, algunos incluso se han sentido un poco ofendidos, sobre todo los que ostentan el poder». En cuanto al futuro, se mostró optimista: «Sigo creyendo en el futuro de este continente».

Homilía de monseñor Piero Pioppo, Nuncio Apostólico en España con ocasión de la celebración del 575 aniversario del nacimiento de Isabel la Católica

Queridos hermanos todos, en Cristo resucitado y salvador.

Agradezco al señor obispo, al señor obispo emérito, al señor cura párroco, a todos los sacerdotes que celebran esta acción de gracias, como al ilustrísimo señor alcalde de Madrigal de las Altas Torres, a los señores alcaldes, a todas las autoridades, los presidentes, los concejales, que ennoblecen con su apreciado servicio esta comunidad de Castilla, de Castilla y León, y a todos ustedes también. Gracias, gracias de todo corazón.

Puedo decirlo: gracias a todos ustedes por la amable invitación a unirme en acción de gracias a Dios por la reina Isabel, en el lugar de su cuna. A todos ustedes, el saludo del Santo Padre y su bendición. Gracias.

El Santo Padre León, a quien tengo la dicha y el honor de representarle, bien que indignamente, en España.

La presente celebración del 575 aniversario del nacimiento de la sierva de Dios, Isabel la Católica, concurre y se desarrolla en el corazón de la cincuentena pascual. Un tiempo de gracia. Un tiempo en el que la Iglesia no cesa de repetir con gozo el anuncio fundante y central de su fe y, por consiguiente, de su vida a lo largo de todos los siglos.

El anuncio es este: Cristo ha resucitado.

Es este el anuncio que, llenos de gozo, como venimos de escuchar en la primera lectura, Pablo y Felipe repetían por las ciudades de Judea y de Samaria, y que los creyentes en Cristo han repetido con la palabra, pero por sobre todo con el ejemplo de su vida a lo largo de la historia, también de la historia tan noble e insigne de nuestra nación.

Este precisamente es el caso de la reina Isabel, que desde esta su cuna natal, por misteriosos designios de la providencia, supo ponerse al servicio del Señor y de la Santa Iglesia, nuestra Madre, y con su vida, palabras, decisiones y acciones, permitir a Cristo resucitado pasar beneficiando y sanando a tanta humanidad en Castilla, en España y en el Nuevo Mundo, infundiendo esperanza, dando fuerza y constancia, llenando de alegría y de esperanza los corazones de todos.

¿No por acaso el recordado Papa Francisco --ya lo recordó don Jesús, nuestro obispo-- subrayaba la actuación de Isabel como levantadora de la dignidad humana y capaz de presentar, de cara a la condición humana esclava del pecado y de tantas miserias? Cito al Papa Francisco, del que ayer hemos celebrado el primer aniversario --recordándolo con afecto y con amor-- de su piadoso tránsito. Papa Francisco decía: la reina Isabel supo presentar soluciones valientes, innovadoras y firmes, reivindicando los derechos fundamentales de los hombres y mujeres de su tiempo, por supuesto, de forma proactiva e integral. El Papa Francisco, que en paz descansa, concluía: un paso de gigante.

Y bien, la tarde del Jueves Santo, el día 22 de abril del año 1451, la sierva de Dios, Isabel la Católica, nacía en este histórico municipio. Es un hecho que, en las horas de su feliz alumbramiento, la Iglesia se centraba en el inicio del triduo pascual. La celebración de la misa --in cena Domini, se dice en latín-- la misa en la cena, que recuerda y repropone la cena del Señor, la Eucaristía. El amor hasta el extremo de Cristo, la cercanía y la intimidad de Juan, el discípulo amado, la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, el lavatorio de los pies, clave de interpretación del servicio, de todo poder y de caridad. Esos son todos los acentos de la tarde en que Isabel nació, y que así, creemos, por designios de la misericordia de Dios, jalonan toda su preciosa vida.

Aquí además, en esta misma iglesia de San Nicolás de Bari, se halla la pila de su bautismo, sacramento que, conforme a la costumbre cristiana, ella recibió en los primeros días, en los días inmediatos, los cuales coincidieron con estos mismos días de Pascua que alegres nosotros hoy día celebramos.

La celebración del acontecimiento pascual, en el que nos introduce el bautismo y la Eucaristía, nos centra en el acontecimiento sustancial de nuestra santa fe. Cristo ha resucitado y vive. Vive para siempre. Él, sin mérito de nuestra parte, sino porque nos ama hasta el extremo, cargó con nuestros pecados y nuestros sufrimientos. Nos reconcilió con el Padre, sanó nuestras heridas.

Es lo que en cada instante, pero especialmente en este tiempo pascual, los cristianos estamos celebrando, en el antiguo como en el nuevo y en el novísimo mundo. Cristo, como entonces, pasa. Eso es el significado de Pascua. Cristo pasa, ahora también, haciendo el bien, curando dolencias de los hombres y mujeres de todo tiempo.

Cristo es digno de fe y de adoración. No se trata solamente de un hombre bueno, admirable, un gran maestro y profesor que enseñó una ética exquisita de perfección humana. Se trata, como Isabel creyó firmemente, del Hijo de Dios, que nos salva, que nos reviste de una fuerza transformadora, que nos hace renacer a una vida nueva y que renueva también el mundo, la sociedad, las naciones, hermanos y hermanas.

martes, 21 de abril de 2026

Se cumple un año de la muerte del Papa Francisco

 

El Papa Francisco falleció el 21 de abril de 2025 a los 88 años de edad en su residencia de la Casa Santa Marta. Su última aparición pública fue el Domingo de Resurrección de 2025, donde saludó a los fieles desde el balcón de la Basílica de San Pedro, visiblemente fatigado pero presente para la bendición Urbi et Orbi. Oramos por su eterno descanso en el aniversario de su fallecimiento.

Notificación del deceso por parte de la Conferencia Episcopal:

Ha fallecido el papa Francisco

Testamento del Papa Francisco:

Testamento 

Rueda de Prensa en el Arzobispado de Oviedo:

Arzobispado de Oviedo

Notificación sobre los Funerales:

Notificación sobre el Funeral del Sumo Pontífice

Homilía del Arzobispo de Oviedo en el Funeral diocesano por el Papa:

 Homilía del Sr. Arzobispo 

Artículo de nuestro Párroco sobre el Papa Francisco:

 Las enseñanzas a seguir del Papa Francisco, o lo que predicaba Don Ángel Garralda. Por Joaquín Manuel Serrano Vila

Artículo publicado en nuestro Blog sobre el Papa:

 El Papa Francisco y los Mártires de Asturias y de toda España. Gracias por estos 1.129 nuevos testigos de la fe. Por R. H. M.

Gänswein aclara la renuncia de Benedicto XVI y la relación con Francisco: «Había un solo Papa»

(Infovaticana) El arzobispo Georg Gänswein, durante años secretario personal de Benedicto XVI y hoy nuncio en Lituania, ha ofrecido un testimonio de primera mano sobre uno de los periodos más delicados y singulares de la Iglesia reciente, desmontando interpretaciones sobre la renuncia de Ratzinger y arrojando luz sobre la relación entre el Papa emérito y Francisco.

“Había un solo Papa”: la clave de una convivencia inédita

La imagen de dos figuras vestidas de blanco dentro del Vaticano marcó una etapa sin precedentes en la historia moderna de la Iglesia. Sin embargo, Gänswein insiste en que esa percepción visual no debe inducir a error. “Aquí hay que distinguir bien. Había un solo Papa. El otro era llamado Papa, pero en realidad era el Papa emérito”, explica.

Benedicto XVI, consciente de la novedad de la situación, introdujo gestos concretos para subrayar esa diferencia: abandonó ciertos elementos del atuendo pontificio y modificó detalles visibles. Aun así, la coexistencia de ambos dentro del mismo espacio —el Vaticano— supuso una realidad inédita que él mismo había querido definir como la presencia de un Papa emérito junto a un Papa reinante.

Una renuncia nacida de la conciencia, no de los escándalos

Sobre uno de los puntos más controvertidos —las razones de la renuncia de Benedicto XVI— Gänswein no deja margen a la ambigüedad. Frente a las hipótesis que vinculan su decisión con el escándalo de Vatileaks o con presiones internas, responde con rotundidad: “Todo eso no tuvo nada que ver”.

Lejos de teorías conspirativas, el ex secretario de Ratzinger describe un proceso interior marcado por la fe: “La renuncia fue fruto de una profunda reflexión, de una fuerte oración: el Papa planteó la cuestión a su conciencia y luego decidió”. Una decisión, en definitiva, que se gestó en el ámbito personal y espiritual, no en el terreno de las crisis vaticanas.

El primer gesto de Francisco: buscar a Benedicto

El momento de la elección de Jorge Mario Bergoglio quedó grabado en la memoria de Gänswein como una escena cargada de expectación. Tras la fumata blanca, el nombre del nuevo Papa “corría por la sala como un incendio”. Pero más significativo aún fue lo que ocurrió inmediatamente después.

Cuando Gänswein acudió a saludar al recién elegido, Francisco se adelantó: “Quisiera encontrarme con Benedicto. ¿Puede ayudarme?”. Ese deseo de encuentro marcó desde el inicio el tono de la relación entre ambos.

No fue sencillo establecer el contacto telefónico con Castel Gandolfo —donde todos seguían el anuncio por televisión—, pero finalmente se logró. Pocos días después, ambos se encontraron en un gesto que selló simbólicamente la transición.

Castel Gandolfo: respeto mutuo y un “peso” entregado

El 23 de marzo de 2013 tuvo lugar el primer encuentro entre Benedicto XVI y el nuevo Pontífice. Gänswein recuerda detalles reveladores: al entrar en la capilla, Ratzinger quiso ceder el paso a Francisco, pero este lo rechazó. Lo mismo ocurrió con el reclinatorio. Desde el primer momento, señala, se percibía que Francisco quería tratar a su predecesor “de un modo muy fraterno”.

Aquel día, además, Benedicto entregó a su sucesor la documentación sobre el caso Vatileaks. “Si había un peso en aquella historia, se puede decir que lo dejó atrás”, afirma Gänswein. El gesto cerraba una etapa marcada por tensiones internas.

Dos estilos distintos, una misma fe

Las diferencias entre Benedicto XVI y Francisco han sido objeto de múltiples interpretaciones. Gänswein no las niega, pero las sitúa en su contexto natural: “La biografía es la biografía… la formación, la experiencia de vida, todo es distinto”. Esa diversidad, lejos de ser problemática, “es una complementariedad… algo que enriquece”.

También rechaza la idea de que el Papa emérito se convirtiera en referente de un bloque opositor dentro de la Iglesia. A su juicio, se ha exagerado la existencia de tensiones organizadas en torno a su figura.

Silencios significativos y momentos delicados

En cuestiones sensibles, como las restricciones a la misa tradicional o determinadas declaraciones del Papa Francisco, Gänswein introduce matices sin romper la línea de discreción que caracterizó a Benedicto XVI.

Asegura que el Papa emérito “no comentó nunca” el motu proprio Traditionis custodes. Sin embargo, reconoce una reacción interior: “Cuando leímos el Osservatore Romano, el corazón de Benedicto se volvió pesado”. Una expresión que, sin ser una crítica explícita, deja entrever el impacto de la decisión.

Respecto a frases como “¿Quién soy yo para juzgar?”, Gänswein admite que resultan “cuanto menos sorprendentes en boca de un Papa”, aunque insiste en que nunca escuchó comentarios directos de Benedicto sobre estas cuestiones.

Una relación marcada por el respeto hasta el final

La muerte de Benedicto XVI ofreció la última imagen de esa relación. Gänswein fue quien avisó personalmente a Francisco, siguiendo instrucciones previas. El Papa acudió de inmediato al monasterio.

Allí, junto al cuerpo de su predecesor, Francisco “lo bendijo, se sentó a su lado, permaneció en silencio unos minutos y luego rezamos todos juntos”. Un gesto sobrio, pero elocuente, que resume años de convivencia marcada por diferencias evidentes, pero también por una relación de respeto.

lunes, 20 de abril de 2026

Se te quitan las ganas de discutir. Por Jorge González Guadalix

(De profesión cura) Las pocas que me quedan, porque me doy cuenta de que ni merece la pena. Salvo alguna rarísima excepción, ¿de qué vas a debatir con alguien cuyo único argumento es que hay que evolucionar y además te lo deja caer como si fuera la definitiva conclusión del sentido de la existencia humana? No saben qué significa evolucionar, ni tienen medio claro -soy optimista- a dónde llegar.

¿Evolucionar? ¿Desde dónde? ¿Hacia dónde? ¿Cómo? ¿Quién decide si se evoluciona en el sentido correcto? El último argumento es que hay que respetar y que cada uno sabrá. No merece la pena.

No te pierdas al que dice que no se puede ser conservador. Jodo. Y te lo suelta el mismo que acaba de quitarse el capirote de la semana santa.

O eso de que las normas son relativas a la vez que se pasa una tarde discutiendo sobre si la tarjeta roja a Pichichi fue según reglamento o no, o si definitivamente ponemos el acento en sólo cuando equivale a únicamente.

Ya saben eso de que hay que acabar con lo antiguo. Pues si, y que dinamiten las pirámides de Egipto, ya está bien de antiguallas. Mucho mejor aprovechar las piedras para construir casas para los pobres y levantar un buen centro comercial con mezquita adosada.

He sugerido a uno que todavía sigue con lo de vender el Vaticano -mira que hay gente cansina- que podíamos empezar vendiendo la iglesia de su pueblo, que algo nos darían, o convertir la ermita en residencia de inmigrantes.

No merece la pena.

Dialogar, debatir, razonar sin que la otra persona no esgrima más argumento que cuatro adjetivos sacados por sorteo del diccionario, de verdad que no vale la pena: conservador, carca, obsoleto, insolidario, fascista. Es agotador. Y como argumento que sostenga tales palabros el siempre socorrido, inútil y vacío “es mi opinión, cada cual sabrá y hay que respetar", eso sí, la Iglesia anticuada, los curas pederastas y usted mismo anclado en un pasado sin sentido. Leche para respetar.

No me molesto. Decía un agustino eminente en sabiduría, muy eminente, que hablar se puede hablar con cualquier persona culta, aunque las ideas sean contrapuestas. Uno al menos aprende de los razonamientos, la formación y la sabiduría del otro. Son discusiones que merecen mucho la pena.

Pues eso. ¿Y tus argumentos? Que hay que evolucionar. De acuerdo. Buen día.

domingo, 19 de abril de 2026

"Al partir el pan". Por Joaquín Manuel Serrano Vila

Nos congregamos como Comunidad en este Domingo III de Pascua. Hoy la liturgia nos invita a contemplar a un Dios que no se queda en la tumba, ni siquiera en un cielo distante, sino que se hace compañero de camino. En este día ponemos nuestra mirada en Emaús, un relato que es el espejo de nuestra propia fe. A veces caminamos tristes, sin reconocer que el Señor camina a nuestro lado...

En la primera lectura, vemos a un Pedro transformado por el Espíritu Santo. Aquél que negó a Jesús, ahora se pone de pie ante la multitud para proclamar el Kerygma, el anuncio fundamental de nuestra fe. Pedro recuerda que Jesús no fue sólo un hombre bueno, sino alguien "acreditado por Dios" mediante signos y prodigios. La clave del discurso es que "no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio". Nuestra esperanza no se basa en una filosofía, sino en el hecho histórico y espiritual y testifical de muchos de que Dios rompió las ataduras de la muerte. San Pedro no habla de oídas; él y los once son testigos oculares. Esta lectura nos interpela: ¿Es nuestra vida hoy un testimonio creíble de que Jesús está vivo?

En la segunda lectura redescubrimos el precio de nuestra libertad. San Pedro nos recuerda en su carta la seriedad de nuestra vocación cristiana. Vivimos como "extranjeros" en este mundo, con la mirada puesta en la eternidad. Nuestra libertad no se compró con bienes materiales corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha. No es miedo al castigo, sino el asombro y respeto profundo ante un Padre que juzga sin favoritismos. Es el compromiso de no despreciar el sacrificio que Cristo hizo por nosotros.

El Evangelio de Lucas nos presenta una de las escenas más bellas y pedagógicas de toda la Escritura. Dos discípulos se alejan de Jerusalén —el lugar del fracaso y la cruz— hacia Emaús, que simboliza la vuelta a la rutina y la desilusión. Jesús se acerca, pero "sus ojos estaban retenidos". La tristeza y las expectativas políticas frustradas les impedían ver la realidad de la Resurrección. Jesús realiza con ellos la primera "misa" fuera del Cenáculo; una muestra de que necesitamos vivir de la liturgia para seguir con nuestro camino. Jesús les explica las Escrituras, haciendo que sus corazones comiencen a arder; esto es la liturgia de la Palabra. Al llegar a la mesa, Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da. Es en la fracción del pan donde finalmente lo reconocen. Ahí tenemos la liturgia eucarística. Y, ¿qué ocurre cuando termina la cena? Interrumpen la huida, vuelven a la comunidad alegres y sin miedos aunque ya fuera de noche. Una vez que encuentran al Resucitado, ya no pueden seguir huyendo. Regresan inmediatamente a Jerusalén para compartir esa alegría con los demás. El encuentro con Cristo siempre nos devuelve a la misión y a la Iglesia.

También hoy, Jesús se nos hace el encontradizo en nuestras propias tristezas. Nos sale al paso de nuestra peregrinación. Nos habla en las Escrituras, se parte y reparte en el pan y se nos entrega en el altar... Gracias Señor por ser alimento en el camino, y perdona por tantas veces que no somos capaces de reconocerte. Qué buen tiempo este de Pascua para cambiar, pues a veces nuestro ego nos impide reconocer al Señor porque no pocas veces le tenemos por enemigo o contrincante. En cuántas ocasiones Jesús pasa a nuestro lado en personas muy concretas de las que desconfiamos, a las que crucificamos con nuestras palabras, críticas, juicios y calumnias... Es curioso, ante la situación de nuestro mundo en guerra parece que todos opinamos igual: "no a la guerra, sí a la Paz". Pero luego en nuestra vida no somos constructores de paz: con nuestras palabras, con nuestros gestos, con nuestras miradas... Si todos pusiéramos nuestro granito de arena, nuestro mundo sería un poco mejor... Pidamos al Señor, como los discípulos: "Quédate con nosotros, porque atardece". Que su presencia ilumine nuestras oscuridades y nos convierta en testigos valientes de su Resurrección. Amén.

Evangelio del Domingo III de Pascua



Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:
«¿Qué?».

Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.

Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor 

Habermas y Ratzinger. Saber dialogar. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.



Cada día aparece en los periódicos la sección de esquelas mortuorias. Para la inmensa mayoría de los lectores se trata de noticias anónimas sobre personas desconocidas que acaban de fallecer. Cuatro datos que se aportan sobre el nombre y apellidos de los finados, la edad que tenían, quiénes son sus allegados y la certeza (o no) de que han recibido los sacramentos y la bendición. No son noticias anónimas para los más cercanos que serán quienes propiamente lamentarán la pérdida de su ser querido y por él verterán sus lágrimas y ofrecerán las plegarias pertinentes.

Hace unas semanas ha fallecido un señor alemán que apenas ha transcendido su deceso. Se trata de Herr Jürgen Habermas. De profesión filósofo, ha muerto con 97 años. Hasta aquí nada de particular. Se hizo célebre el encuentro que mantuvo en enero de 2004 con el entonces cardenal Ratzinger, futuro papa Benedicto XVI. Fue una conversación abierta, aunque apenas transcendió a la opinión pública y publicada.

Ambos pensadores, los dos de una máxima altura intelectual, nos permitieron asistir a un debate insólito y sanamente provocador. No es habitual sentarse a dialogar serenamente dos personas de universos tan distintos. En cualquier caso, resulta realmente hermoso que se permita colarnos en esa escena en donde dos hombres leales con sus preguntas y testigos de las respuestas que encontraron permitan cotejarnos con ellos. Cada uno de nosotros somos un cofre de preguntas de todo tipo cuando dejamos que la realidad provoque una búsqueda, un deseo, un anhelo que nos hace mendigos y peregrinos de la verdad. Máxime cuando lo que lamentablemente aflora en la crónica diaria es más bien lo contrario: la mediocridad más zafia, la corrupción más hipócrita, la mentira más ensayada, el declive sin freno en total caída libre.

Frente a esto, que dibuja en demasiada medida el panorama cultural, político y social de nuestro tiempo, emergen los ejemplos como Habermas y Ratzinger que nos permiten una altura de miras capaz de ennoblecer precisamente nuestra mirada. Ellos hablaron, cada uno desde su perspectiva, de cómo los grandes temas que hoy nos cuestionan cuando bajamos a la arena de lo concreto, están reclamando una comprensión honesta, sin censura ni prejuicio, llamando a las cosas por su nombre y siendo honradamente leales con su demanda. Ellos denominaron a estas cuestiones “asuntos pre-políticos”. Porque antes de que en un parlamento se puedan acordar decisiones votadas por mayoría en las respectivas cámaras, hay cuestiones previas que no son susceptibles (o no deberían serlo) de los tira y afloja, de los dimes y diretes, de los intereses partidistas o económicos.

Estos temas son pre-políticos porque están (o deberían estarlo) antes de toda consideración, cuando hablamos de la vida, o de la verdad, o de la bondad, o de la belleza. Cuando se fomenta una cultura de la muerte banalizando hasta su exclusión la vida del no nacido, la vida del nacido en todas sus circunstancias incluso en su fase terminal, rompemos un diálogo posible si la vida no cuenta. Dígase lo mismo con la verdad, que se asfixia en la llamada post-verdad de todas las engañifas con las que se rigen tantas gobernanzas fallidas y falaces. O con la bondad, que queda erradicada por una pervertida actitud cicatera y excluyente incapaz de mirar con el corazón. O con la belleza que se vilipendia hasta el mancharla con el esperpento que falsea nuestra dignidad sencilla y auténtica. No, no es posible construir nada serio en la sociedad, cuando la vida, la verdad, la bondad y la belleza no preceden el diálogo que nos permite buscar, compartir, corregir y custodiar aquello que fuimos llamados a ser. Para Ratzinger esto se llamaba secundar la caricia creadora de Dios, para Habermas fue apertura leal ante lo que se nos da como indicio del hallazgo que nos engrandece y nos salva. Hermosa lección que aprendemos sólo de los maestros.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 18 de abril de 2026

Un libro saca a la luz la historia de los 10.000 mártires de la Guerra Civil

(COPE) El catedrático Javier Paredes publica 'Hasta el cielo', una obra que documenta la persecución religiosa durante la Segunda República y la contienda española

El catedrático de historia contemporánea Javier Paredes ha publicado su último libro, Hasta el cielo (editorial Saint Romance), una obra que ha alcanzado un notable eco en los medios de comunicación. El libro se posiciona en el número 5 en el ranking de libros de historia de Amazon y cuenta con una valoración de 4.8 sobre 5 estrellas, reflejando el interés por el tema que aborda: la persecución religiosa en España.

El título del libro evoca la exclamación que pronunciaban los mártires de la Segunda República y de la Guerra Civil (1931-1939) cuando eran conducidos al martirio en la zona del Frente Popular. Según la obra, esta fue la mayor persecución sufrida por la Iglesia católica en sus 2000 años de historia, con más de 10.000 asesinatos entre obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, de los cuales 2.154 ya han sido canonizados o beatificados.

Un recorrido por el martirio

A lo largo de 183 páginas, fruto de una selección de más de 200 artículos y una exhaustiva investigación, el libro se divide en cinco capítulos. En ellos se aborda la historia de obispos mártires como los de Barbastro, Tarragona o Ciudad Real; religiosas como las carmelitas descalzas o las adoratrices; y religiosos como los mártires de Turón de 1934, los claretianos de Barbastro o los Agustinos del Escorial.

Historias de fe inquebrantable

La obra rescata testimonios conmovedores como el de Francisco Castellón, un ingeniero químico de 22 años acusado de fascista por un Tribunal Popular de Lérida. Cuando el fiscal le preguntó directamente si era católico, él respondió sin dudar: "Sí, soy católico". Su verdadero delito, según se narra, era ser un cristiano conocido.

La noche antes de ser ejecutado, Castellón escribió una carta a su prometida, Mariona Peregrí: "Nuestras vidas se unieron y dios ha querido separarlas. [...] Una cosa quiero decirte, cásate si puedes. Desde el cielo, yo bendeciré tu unión y tus hijos". En la misiva, añadía: "No quiero que llores, espero que estés orgulloso de mí".

No quiero que llores, espero que estés orgulloso de mí"

Otro de los relatos destacados es el del canónigo de la catedral de Vic, Juan Jadeau Oller. Mientras sonreía camino de ser fusilado, explicó a los milicianos que su alegría se debía a que Dios le estaba concediendo las gracias que había pedido, entre ellas, dar su vida por Jesucristo y salvar un alma.

Sus palabras impactaron a uno de los milicianos, que tiró su arma y se arrodilló ante él pidiendo ser salvado. Ante la orden del jefe del pelotón de que se apartara, el hombre replicó: "¿No veis que esto es grande? ¿Hemos de matar a un hombre así?". Finalmente, el miliciano converso se dirigió al sacerdote y le dijo: "Padre, deme la solución, porque prefiero morir con usted que seguir con ellos", y ambos fueron fusilados juntos.

Pascua, Encuentro con el Resucitado. Por Roberto Gutiérrez González OCD



Apuntes sobre la historia, la estructura, la liturgia, la espiritualidad y las posibilidades pastorales de la celebración del tiempo pascual

Pascua es el tiempo litúrgico del encuentro con el Resucitado. Por ello, es el tiempo de la alegría, por habernos encontrado con Él, como nos recuerda el Papa Francisco en Evangelii gaudium: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento» (EG, 1).

Escuchemos una homilía de Melitón de Sardes sobre la Pascua, cuya lectura nos remonta a la teología pascual: «Soy yo, en efecto vuestra remisión; soy yo, la Pascua de la salvación; yo el cordero inmolado por vosotros, yo vuestro rescate, yo vuestra vida, yo vuestra luz, yo vuestra salvación, yo vuestra resurrección, yo vuestro rey… Él es el Alfa y el Omega, Él es el principio y el fin. Él es el Cristo. Él es el rey. Él es Jesús, el caudillo, el Señor, aquel que ha resucitado de entre los muertos, aquel que está sentado a la derecha del Padre».

Se puede afirmar que la Pascua anual es la institución cristiana más antigua después del domingo y que hunde sus raíces en la fiesta de la Pessah. De la Pascua semanal, celebrada por la Iglesia apostólica y llamada «día del Señor» (cf. Ap 1, 10), pasamos a la Pascua anual celebrada por las primeras comunidades cristianas a partir del siglo II, como memorial de la Muerte y de la Resurrección. Es, entonces, cuando en torno a esta fiesta nace su prolongación 50 días, hasta Pentecostés.

Vigilia Pascual

Originariamente, la Pascua se celebraba durante una vigilia nocturna dedicada a las lecturas, oraciones, cantos y que concluía con la celebración de la Eucaristía. Es alrededor de los siglo II-III cuando se incorpora la liturgia bautismal. En último lugar, se introduce la liturgia de la luz.

Estos elementos han estado presentes, y casi sin sufrir variaciones, en la liturgia de la Pascua romana, incluso después de la reforma realizada por el Concilio Vaticano II, en la que la estructura de la Vigilia Pascual sigue este esquema: liturgia de la luz, liturgia de la Palabra, liturgia bautismal y la liturgia eucarísitca.

Después de un día de silencio, de oración y de ayuno, nos disponemos a celebrar la Pascua, el paso, la Resurrección. La Vigilia de la Pascua del Señor y la Pascua de toda la Iglesia, origen y raíz del año litúrgico. Todo ello lo celebramos en medio de la noche, esperando la nueva luz. En la noche, se renuevan todas las cosas. La luz pascual, que desde los orígenes (Génesis) hasta el final (Apocalipsis), es signo de Cristo luz del mundo que lo invade todo y lo penetra todo. Ese fuego que nos recuerda la columna de fuego que condujo al pueblo de Israel y el fuego del Espíritu que enciende el resucitado en nuestros corazones.

El cirio es bendecido y adornado, signo de Cristo resucitado. Caminamos de las tinieblas a la luz, como nuevo Pueblo de Dios, guiados por esa columna de fuego, de donde tomamos nuestra luz para ser hijos de la luz.

Todo es nuevo, todo confiere novedad a la Iglesia en los grandes símbolos cristianos y litúrgicos.

El solemne anuncio de la Pascua, el pregón pascual, canto lírico, pero cargado de teología y lleno de sentimientos que acogemos con fe y gozosa escucha, con plena participación.

Cuatro son las ideas centrales: una invitación gozosa a todo el universo, una oración de bendición y exaltación de la Pascua del Señor («esta noche dichosa», síntesis de las noches salvíficas de Dios en la historia de la salvación), un canto a la redención pascual («¡oh feliz culpa que mereció tal Redentor», una noche donde se reconcilia todo, lo humano y lo divino) y finalmente un ofrecimiento con una petición: «Te rogamos, Señor, que este cirio, consagrado en tu nombre (…) y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo».

A la luz de Cristo resucitado, proclamamos la Palabra de Dios, en un tono progresivo, cristocéntrico y que nos remite al bautismo. Pasamos de las lecturas del Antiguo Testamento al Nuevo, pero entre los dos cantamos con solemnidad el canto del Gloria, antiguo himno de la mañana, que nos lleva también al sentido pascual de la Encarnación y del Nacimiento de Cristo. Pidiendo en la oración colecta: «Oh, Dios, que has iluminado esta noche santísima con la gloria de la resurrección del Señor, aviva en tu Iglesia el espíritu de la adopción filial, para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a tu servicio».

El agua viva, regeneradora, signo de la vida nueva de Cristo, es el recuerdo memorial de la Pascual y del bautismo. El sacrificio y el banquete eucarístico, encuentro con Cristo resucitado que nos anuncia el banquete eterno, es la comida del Resucitado y con el Resucitado, nos invita a llevar a todos el anuncio y la alegría de Cristo resucitado.

Domingo de Pascua

La respuesta del salmo invitatorio del oficio de lectura de este día dice: «Verdaderamente ha resucitado el Señor. ¡Aleluya!», donde expresamos de nuevo el gozo y la alegría. Por ello, nos volvemos a reunir por segunda vez en la mañana del domingo para expresar ese gozo y esa alegría celebrando la «misa del día».

Todo nos habla de vida, belleza, novedad: el cirio que nos preside, el presbiterio con flores, los ornamentos blancos, ponen de manifiesto lo que canta la antífona de entrada: «He resucitado y aún estoy contigo, aleluya: me cubres con tu mano, aleluya; tu sabiduría es sublime, aleluya, aleluya». Lo viejo se renueva y todo ello es llevado a la perfección.

Lo que celebramos tiene que manifestarse en nuestra vida, de la «lex orandi a la lex vivendi», es decir, no se puede disociar lo que celebramos y oramos con lo que luego vivimos, por ello, la oración colecta reza así: «Oh, Dios, que en este día, vencida la muerte, nos has abierto las puertas de la eternidad por medio de tu Unigénito, concede, a quienes celebramos la solemnidad de la resurrección del Señor, que, renovados por tu Espíritu, resucitemos a la luz de la vida».

Nuestra participación en el sacrificio y sacramento de la misa nos capacita para vivir más auténtica y efectivamente el misterio que se inició en nosotros el día de nuestro bautismo. La eucaristía de este día, si cabe, nos tendría que hacer caer en la cuenta del carácter pascual de toda la misa, prenda de vida eterna, de nuestra futura resurrección. Con las segundas vísperas del domingo de Pascua se cierra el triduo pascual. Esta oración de alabanza, de acción de gracias y petición, cierra en un ambiente contemplativo, las celebraciones del día. Las antífona del Magníficat dice: «Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Aleluya».

Este es el fruto de las Pascua, el don que nos regala Cristo, que, por su misterio pascual, ha restablecido la paz, la alianza entre Dios y el hombre.

Cincuentena Pascual y Octava Pascual

Este período, denominado tiempo pascual o cincuentena pascual, conmemora el triunfo de Cristo resucitado presente en la Iglesia, y al Espíritu Santo, donación de la promesa del Padre. La Pascua es la expresión culmen del amor de Dios. Del amor de un Dios que se hace pascua para nosotros. Es el paso del odio al amor.

Con la reforma conciliar sobre liturgia, se ha restituido al tiempo pascual su significado. En las normas sobre el año litúrgico se dice: «Los cincuenta días que van del domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés han de ser celebrados con alegría y exultación, como si se tratase de un solo y único día festivo, más aún, como «un gran domingo»» (n. 22). Este tiempo es llamado por los padres orientales como «el gran domingo» ya que todos los elementos que hacen del domingo un día de fiesta, concluyen en la cincuentena. Se tiene que hacer ver el carácter unitario de estas siete semanas.

Estas siete semanas se desdobla en otro ciclo de ocho días, la octava pascual, con un carácter eminentemente bautismal. Los neófitos pregustaban durante estos ocho días las delicias de su bautismo. Durante estos días recibían las últimas catequesis, llamadas mistagógicas. El último día se desprendían de sus vestidos blancos y tomaban asiento entre el pueblo.

El misterio de la Resurrección recorre todo este tiempo. Durante los 50 días es lo que vamos a celebrar, ellos es la causa de nuestra alegría, del encuentro con el resucitado. Así, los domingos de Pascua nos narran los distintos encuentros que tiene Jesús: con las mujeres, con el grupo de los doce, con María Magdalena, a los discípulos de Emaús, a los apóstoles sentado en la mesa, en el lago Tiberíades.

Después de la Octava, no se pierde de vista la Resurrección, sino que se la contempla desde otra perspectiva, de la presencia de Cristo en la Iglesia: como buen Pastor, como camino y conduce al Padre, como la Vid.

Todo el tiempo pascual es la exaltación de Cristo, Señor del universo donde Cristo sea todo en todos. Pascua es la luz que alumbra sobre las tinieblas, la vida que derrota a la muerte, el amor que vence al odio. Es donde profundizamos en el bautismo recibido o en la fe ya vivida.

Es el tiempo de la alegría y del banquete, donde cantamos el aleluya y la comunidad se reconoce como misterio de comunión y fraternidad.

Los cantos de la Pascua hacen nacer de nuevo a la esperanza, colma de alegría a los cristianos. La Iglesia es el lugar donde nos encontramos con Jesús resucitado, donde experimentamos su Espíritu que nos vivifica, donde lo vivimos a través de los sacramentos y donde somos llamados a testimoniar la Buena Noticia con nuestras vidas. «Id a Galilea, allí me veréis». Volvamos a nuestros quehaceres de cada día y lo veremos y conoceremos en la fracción de pan, en la escucha de la Palabra, en el sacramento de la caridad hacia el hermano. Es el momento de caminar, es el momento de ser sus testigos, es el momento de ser pascua para la humanidad.

viernes, 17 de abril de 2026

La Iglesia de Asturias hace memoria hoy día 17 de abril de San Pedro Poveda y Castroverde, educador y mártir.

La figura de San Pedro Poveda (1874-1936), sacerdote, pedagogo y mártir, encuentra en Asturias un escenario fundamental para el desarrollo de su pensamiento y obra. Aunque nació en Linares, fue en tierras asturianas donde terminó de madurar la visión que daría origen a la Institución Teresiana. Su llegada a Covadonga tras una intensa labor con las clases populares en las cuevas de Guadix, Poveda fue nombrado canónigo de la Real Colegiata de Covadonga en octubre de 1906. 

Durante sus siete años en el santuario llevó una vida de oración y estudio a los pies de la "Santina". Aquí profundizó en la situación educativa de España y en la necesidad de formar a maestros cristianos competentes. Se integró tanto en la cultura local, que los asturianos le apodaron cariñosamente "Don Pedrín", e incluso incorporó giros del habla asturiana en sus escritos. Como secretario del Cabildo, participó en el remate de obras clave, como el túnel de acceso a la Santa Cueva.

En el año 1911 tiene lugar el nacimiento de las Academias. Ese año marcó un hito en su trayectoria con la fundación de sus primeras academias, precursoras de su gran proyecto educativo. La Academia de Oviedo fue la primera de la Institución Teresiana, enfocada en la formación de mujeres que estudiaban Magisterio. La Academia de Gijón por su parte estaba orientada a varones, donde publicó su influyente "Ensayo de un Proyecto Pedagógico".

La estancia de Poveda en Asturias no fue un simple retiro espiritual, sino un periodo de innovación pedagógica. Su enfoque en la dignidad de la mujer y la profesionalización de la enseñanza le valió ser reconocido por la UNESCO como "Humanista y Pedagogo" en su centenario. Su memoria sigue viva en la región, no solo a través de la Institución Teresiana, sino por su profundo vínculo con nuestra tierra, ya que San Pedro Poveda "se forjó en Covadonga".

El Papa León logra un alto el fuego en Camerún: felicita a los constructores de paz desde Bamenda

(Rel.) En un comunicado de la Alianza por la Unidad, que agrupa a los movimientos separatistas anglófonos de Camerún, se ha decretado desde el martes un alto el fuego con motivo de la visita de León XIV, en nombre de "la responsabilidad, la moderación y el respeto por la dignidad humana", para crear "un corredor y un ambiente seguros" para las actividades del Papa.

En el Oeste de Camerún, en las dos regiones anglohablantes, desde 2016 hay un conflicto armado entre guerrillas y el ejército, que según un Informe de 2025 de International Crisis Group ha causado unas 6.500 víctimas mortales en el llamado conflicto de Ambazonia. También ha desplazado a unas 580.000 personas dentro del país. A eso habría que sumar unas 73.000 que habrían pasado a Nigeria. Según la ONU, 1,8 millones de los cuatro millones de habitantes de las regiones anglófonas necesitan ayuda humanitaria, mientras que unos 250.000 niños se ven afectados por el cierre de escuelas debido al conflicto.

En el marco de este "corredor", el Papa llegó este jueves a Bamenda, capital de una de esas regiones, cerca de la frontera con Nigeria. En la catedral de San José, en Bamenda, celebró un encuentro con representantes de diversas religiones (religiones tradicionales animistas, protestantes y musulmanes) y de ambas lenguas, aunque el Papa se dirigió a los presentes en el inglés que caracteriza a la región.

Hablaron testimonios de afectados por la guerra. "¡En Dios, en su paz, siempre podemos comenzar de nuevo!", dijo el Pontífice.

Cristianos y musulmanes de la región trabajan en un Movimiento por la Paz con el que intentar mediar entre los bandos enfrentados por razones políticas, en las que el separatismo ha estado muy presente. "Desearía que esto sucediese en muchos otros lugares del mundo", exhortó el pontífice, "vuestro trabajo por la paz puede ser un modelo".

"Los maestros de la guerra aparentan ignorar que basta un momento para destruir, y en ocasiones toda una vida no es suficiente para reconstruir. Y cierran los ojos al hecho de que se gastan miles de millones de dólares en matar y destruir, pero no se encuentran en ningún lado los recursos necesarios para la salud, la educación y la restauración", denunció.

"La paz no es algo que tengamos que inventar, sino algo que hemos de abrazar aceptando a nuestro prójimo como hermano y hermana. No elegimos a nuestros hermanos y hermanas: ¡simplemente debemos aceptarnos mutuamente! Somos una sola familia, que habita el mismo hogar: este maravilloso planeta que las culturas antiguas han cuidado durante milenios", añadió.

Al salir de la catedral soltó una paloma en signo de la paz, acompañado de varios líderes locales, ante la multitud congregada fuera del templo.

jueves, 16 de abril de 2026

Tráiler de la película sobre fray Pablo María de la Cruz


(Rel.) En La Cruz es mi alegría, no mi pena se recogen numerosos testimonios sobre Pablo María de la Cruz, el joven salmantino que murió el 15 de julio de 2023 a los 21 años de edad, semanas después de haber realizado sus votos como carmelita en el Convento de San Andrés (El Carmen de Abajo). La película no solo cuenta la historia y recoge las palabras de amigos y familiares: también las suyas propias, expresión de su vocación y de su fe.

Homilía del Santo Padre León XIV en la Basílica de San Agustín de Annaba (Argelia)

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra divina atraviesa la historia y la renueva con la voz humana del Salvador. Hoy escuchamos el Evangelio, buena noticia para todos los tiempos, en esta basílica de Annaba dedicada a san Agustín, obispo de la antigua Hipona. A lo largo de los siglos, los lugares que nos acogen han cambiado de nombre, pero los santos han permanecido como nuestros patronos y testigos fieles de un vínculo con la tierra, que viene del cielo. Esta es precisamente la dinámica que el Señor enciende en la noche de Nicodemo: esta es la fuerza que Cristo infunde a la debilidad de su fe y a la tenacidad de su búsqueda.

Enviado por el Espíritu de Dios, que «no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8), Jesús es para Nicodemo un huésped especial. Lo llama a una vida nueva, dando a su interlocutor y también a nosotros una tarea sorprendente: «ustedes tienen que renacer de lo alto» (v. 7). ¡He aquí la invitación para todo hombre y toda mujer que busca la salvación! Del llamado de Jesús brota la misión para toda la Iglesia y, por tanto, para la comunidad cristiana de Argelia: nacer nuevamente de lo alto, es decir, de Dios. En esta perspectiva, la fe vence las dificultades terrenas y la gracia del Señor hace florecer el desierto. Sin embargo, la belleza de esta exhortación lleva consigo una prueba que el Evangelio nos llama a afrontar juntos.

Las palabras de Cristo, en efecto, tienen toda la firmeza de un deber: ¡deben renacer de lo alto! Tal imperativo resuena en nuestros oídos como un mandato imposible. Escuchando con atención a Aquel que lo da, comprendemos, sin embargo, que no se trata de una dura imposición, ni de una coacción o, menos aún, de una condena al fracaso. Al contrario, el deber expresado por Jesús es para nosotros un don de libertad, porque nos revela una insospechada posibilidad: podemos renacer de lo alto, gracias a Dios. Pero debemos hacerlo según su voluntad de amor, que desea renovar a la humanidad llamándola a una comunión de vida, que comienza con la fe. Mientras Cristo nos pide renovar totalmente toda nuestra existencia, también nos da la fuerza para hacerlo. Lo atestigua bien san Agustín, que le dice al Señor: «Dame lo que mandas y manda lo que quieras» (Confesiones, X, 29, 40).

Entonces, cuando nos preguntamos cómo es posible un futuro de justicia y de paz, de concordia y de salvación, recordemos que estamos haciendo a Dios la misma pregunta que Nicodemo: ¿de verdad puede cambiar nuestra historia? ¡Estamos tan cargados de problemas, acechanzas y tribulaciones! ¿De verdad nuestra vida puede recomenzar desde cero? ¡Sí! La afirmación del Señor, tan llena de amor, colma nuestros corazones de esperanza. No importa cuán oprimidos estemos por el dolor o por el pecado; el Crucificado lleva todos esos pesos con nosotros y por nosotros. No importa cuánto nos desanimen nuestras debilidades; porque es precisamente entonces cuando se manifiesta la fuerza de Dios, que ha resucitado a Cristo de entre los muertos para dar vida al mundo (cf. Rm 8,1). Cada uno de nosotros puede experimentar la libertad de la vida nueva que viene de la fe en el Redentor. De nuevo, san Agustín nos ofrece un ejemplo: antes que por su sabiduría, lo contemplamos por su conversión. En este renacer, providencialmente acompañado por las lágrimas de su madre, santa Mónica, llegó a ser él mismo exclamando: «Nada sería yo, Dios mío, nada sería yo en absoluto si tú no estuvieses en mí; pero, ¿no sería mejor decir que yo no sería en modo alguno si no estuviese en ti?» (Confesiones, I, 2).

Así es; los cristianos nacen de lo alto, regenerados por Dios como hermanos y hermanas de Jesús, y la Iglesia que los nutre con los sacramentos es un seno materno para todos los pueblos de la tierra. Como hemos escuchado hace poco, los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de ello al narrar el estilo que distingue a la humanidad renovada por el Espíritu Santo (cf. Hch 4,32-37). También hoy es necesario acoger y realizar este canon apostólico, meditándolo como auténtico criterio de reforma eclesial; una reforma que comienza en el corazón, para ser verdadera, y concierne a todos, para hacerse eficaz.

En primer lugar, «la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (v. 32). Esta unidad espiritual es la concordia, palabra que expresa bien la comunión de corazones que laten juntos, porque están unidos al de Cristo. La Iglesia naciente no se basa, por tanto, en un contrato social, sino en una armonía en la fe, en los afectos, en las ideas y en las opciones de vida, pues tiene el centro en el amor de Dios, hecho hombre para salvar a todos los pueblos de la tierra.

En segundo lugar, contemplamos el efecto material de esta unidad espiritual de los creyentes: «todo era común entre ellos» (v. 32). Todos lo comparten todo, participando en los bienes de cada uno como miembros de un solo cuerpo. Nadie se ve privado de algo, porque cada uno pone en común lo que le es propio. Transformando la posesión en don, esta entrega fraterna no representa una utopía más que para los corazones rivales entre sí y las almas ávidas de sí mismas. Al contrario, la fe en el único Dios, Señor del cielo y de la tierra, une a los hombres según una justicia perfecta, que invita a todos a la caridad, es decir, a amar a toda criatura con el amor que Dios nos da en Cristo. Por eso, sobre todo ante la indigencia y la opresión, los cristianos tienen como código fundamental la caridad: hagamos al prójimo lo que quisiéramos que hicieran por nosotros (cf. Mt 7,12). La Iglesia, animada por esta ley que Dios escribe en los corazones, está siempre dando vida, porque donde hay desesperación, enciende esperanza; donde hay miseria, lleva dignidad; donde hay conflicto, lleva reconciliación.

En tercer lugar, en el texto de los Hechos encontramos el fundamento de esta vida nueva, que involucra a pueblos de toda lengua y cultura: «Los Apóstoles daban testimonio con mucho poder de la resurrección del Señor Jesús y gozaban de gran estima» (Hch 4,33). La caridad que los anima, antes que compromiso moral, es signo de salvación; los Apóstoles proclaman que nuestra vida puede cambiar porque Cristo ha resucitado de entre los muertos. La primera tarea de los pastores, ministros del Evangelio es, por tanto, dar testimonio de Dios al mundo con un sólo corazón y una sola alma, sin que las preocupaciones nos corrompan con el miedo ni las modas nos debiliten mediante las componendas. Junto con ustedes, hermanos en el episcopado, y con ustedes, presbíteros, renovemos constantemente esta misión para el bien de cuantos nos han sido confiados, a fin de que la Iglesia entera sea, en su servicio, mensaje de vida nueva para aquellos que encontramos.

Queridísimos cristianos de Argelia: permanezcan en esta tierra como signo humilde y fiel del amor de Cristo. Den testimonio del Evangelio con gestos sencillos, relaciones verdaderas y un diálogo vivido día a día; así darán sabor y serán luz allí donde viven. La presencia de ustedes en el país trae a la mente el incienso: un grano incandescente, que esparce perfume porque da gloria al Señor y alegría y consuelo a tantos hermanos y hermanas. Ese incienso es un elemento pequeño y precioso, que no está en el centro de la atención, sino que invita a dirigir nuestros corazones a Dios, animándonos unos a otros a perseverar en las dificultades del tiempo presente. Del incensario de nuestro corazón se elevan, en efecto, la alabanza, la bendición y la súplica, difundiendo el suave olor (cf. Ef 5,1) de la misericordia, de la limosna y del perdón. Su historia está hecha de acogida generosa y de tenacidad en la prueba; aquí han orado los mártires, aquí san Agustín amó a su grey buscando la verdad con pasión y sirviendo a Cristo con fe ardiente. Sean herederos de esta tradición, dando testimonio en la caridad fraterna de la libertad de quien nace de lo alto como esperanza de salvación para el mundo.

miércoles, 15 de abril de 2026

La Conferencia Episcopal Española publica el subsidio “Preparar y celebrar el matrimonio en la Iglesia. Guía para comprender y vivir el sacramento del matrimonio”

(C.E.E.) Esta guía es una ayuda para preparar y celebrar adecuadamente el sacramento del matrimonio, de forma que los novios puedan vivirlo en plenitud. 

Este subsidio recorre las partes fundamentales de la celebración del sacramento, ofrece los diferentes textos litúrgicos para preparar el rito y, además, presenta unas orientaciones sobre la preparación de la ceremonia en todos los aspectos. 

Es una guía muy útil para trabajar en los cursillos prematrimoniales. También para ayudar a los novios a comprender mejor el sacramento que van a celebrar.

La presente edición de este subsidio ha sido preparado por los secretariados de la Comisión Episcopal para la Liturgia y de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española.

Los textos litúrgicos corresponden a las ediciones oficiales en vigor.

EL OTRO SERMÓN DE LA MONTAÑA. LAS SIETE PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes, O.F.M., Arzobispo de Oviedo

INTRODUCCIÓN

La plaza como púlpito de una vida entera

El Señor os dé su paz. Fueron muchos los púlpitos improvisados en sinagogas, o en los cruces de caminos y las mil circunstancias, donde la palabra veraz, bondadosa y bella del Maestro se dejó escuchar. Dijo tantas cosas en público y en privado, con parábolas hermosas cuando había que anunciar la esperanza y como espada de doble filo cuando había que denunciar los desmanes. Pero quedaba un último sermón desde una cátedra extraña, humillante, sin diálogo posterior ni un auditorio entregado. Serán las Siete Palabras para un sermón como tal no pronunciado por los labios del Maestro, pero que constituyen la apretada síntesis de una donación sin igual por ese Dios humanado que fue Jesús, el Hijo de Dios predilecto del Padre. Son siete gritos como quien entona el canto del cisne en la cantata del amor antes jamás escuchada. Es el epílogo de toda una vida tejida de claroscuros agridulces entre el don más infinito de parte del Señor y la resistencia más triste por el hombre destinatario.

Asistimos aquí en Valladolid, en esta plaza testigo de la escucha de estas Siete Palabras durante tantos años ya desde su comienzo propiamente en aquel 23 de abril de 1943. Una plaza es un espacio especialmente señero: aquí se dan los vaivenes de nuestras prisas, los juegos inocentes de nuestros pequeños, los embelesos enamorados de quienes se quieren, y la parsimonia de nuestros sabios ancianos. Plaza de secretos que custodian sus aires en el tiempo. Plaza de ensueños cuando nos quitamos las pesadillas mirando al cielo. Plaza de encuentros, de besos amistosos y palabras que te abrazan, en las idas y venidas de las bienvenidas que te acogen y los adioses que te despiden con añoranzas.

En esta mañana de Viernes Santo, esta Plaza grande y majestuosa por donde la vida de Valladolid pasa, nos disponemos a escuchar las Siete Palabras dejándonos conmover por el Sermón de Cristo desde el púlpito del madero de su crucifixión. Son palabras conocidas, tantas veces escuchadas, meditadas y lloradas a través de la historia del Pueblo cristiano. Ante ellas vertieron sus lágrimas santos y místicos, con ellas han compuesto cantatas y sinfonías nuestros músicos más célebres, con estas Siete Palabras se ensimismaron nuestros escultores con sus gubias y los pintores con sus pinceles. Ellas fueron el objeto de la pluma de nuestros mejores escritores, y de cuantos con inmenso talento y belleza vinieron a comentarlas aquí con rubor emocionado de oradores.

Fueron palabras que se escucharon al final de aquella primera Semana Santa de la historia. Cuántas palabras previas se recibieron del Maestro, el Señor Jesús. No dejó de predicarlas de tantos modos en cualquier circunstancia: a niños, a jóvenes, a novios, a enfermos, a ancianos. A justos, a pecadores, a paisanos, a extranjeros. Sólo quienes fueron sordos censuradores, prefirieron sus tinieblas a la luz, sus violencias a la paz, sus rigideces a la ternura. Lo dijo el evangelista San Juan cuando ya anciano escriba su evangelio: vino la luz al mundo y las tinieblas la despreciaron, «vino a su casa, y los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11).

De modo imparable vamos cumpliendo años que dibujan canas en el pelo, arrugas en el rostro, y un cierto sobresalto cuando nos sentamos y miramos hacia atrás de reojo. Todas las luces y las sombras, los momentos gozosos y los que nos han podido dañar, ahí están en nuestro inmediato pasado. Sueños que se cumplieron llenándonos de paz, despertares de pesadilla que nos alteraron, gente que se nos fue, como otra gente nos fue llegando. Certezas que se hicieron duda, o interrogantes que encontraron respuesta. ¡Cuántas cosas, sentimientos, recuerdos o proyectos, cuántos presentes nos han venido saludando, o acorralando, o bendiciendo! Hemos soñado y brindado por tantas cosas, pero también ha habido no pocas que nos han roto en llanto, que han sembrado miedo y cansancio. ¡Cuántos episodios y circunstancias íntimas en el corazón o bien patentes en las afueras del alma, hacen que la Semana Santa de cada año tenga una fecha de estreno y dibuje un paisaje novedoso con todas sus luces y todas sus sombras!

Fue larga la andadura de Jesús. Por breves que puedan parecer los pocos años que compartió con nosotros, fueron de una inmensa intensidad. Treinta y tres años donde sucedió todo lo que nos cuentan los evangelios: las lágrimas que Jesús enjugó, los juegos infantiles que observó, los pecados que pudo perdonar, las vidas desastradas que reorientó. No hubo rincón humano en el que no estuviera Él presente con una palabra que decir y una gracia que ofrecer. Pero Jerusalén era la etapa final, el final del trayecto de toda una vida. Aquella semana fue intensa en palabras y signos, como quien sabe que llega el ocaso de una andadura tan tejida de versos, de besos, de silencios y de lágrimas. Nos metemos de bruces en este desenlace postrero en donde en una cruz como púlpito, Jesús nos brindará sus Siete Palabras que no enmudecerán jamás, porque responden al drama de la historia de la humanidad en todos sus lares, en todas sus épocas, como un eco del grito de Dios en medio de la contradicción sórdida de la humanidad. Es el otro sermón de la montaña. Escuchemos.

PRIMERA PALABRA

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» > Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,33-34).

Era el fin del trayecto. Toda una vida humana a las espaldas con tantos momentos, espaldas ahora abiertas como un surco en donde la cizaña cicatera quiso dejar la firma de autor de la incomprensión más infinita, el odio más exacerbado, la cerrazón más despiadada. Sí, atrás quedaba una entera vida, tantos recodos del camino en los que Jesús pasó haciendo el bien. Sus encuentros con la gente, su peculiar modo de abrazar el problema humano, unas veces brindando sus gozos como en Caná, otras llorando sus sufrimientos como en Betania; en ocasiones curando todo tipo de dolencias, o iluminando todo tipo de oscuridad o saciando todo tipo de hambres, y en otras airado contra los comerciantes en el templo y contra los fariseos del mercado de la fe. Jesús que bendice, que enseña, que reza, que cura, que libera, que denuncia y señala. Ahora es el momento último y final de este drama humano y divino.

Se ubica la estación de llegada: el Calvario, llamado “La Calavera”, macabro nombre por parte de quienes perdieron la cabeza. Sus compañeros de viaje final también van en el mismo lote, con el mismo desenlace, pero por motivo desigual. Tras la descripción del escenario y de la comparsa impuesta como si fueran bufones de reparto, se allega la palabra primera de este particular Sermón: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». No era una rueda de prensa, ni tampoco la respuesta en un tribunal ante un fiscal acusador. Esta palabra, como las seis restantes, son un soliloquio con su Padre Dios como en tantos otros momentos de su vida de Dios humanada.

Es ese Padre por quien madrugaba cada día o trasnochaba cada tarde, recabando en ese encuentro la escucha obediente en la más sublime oración. De esa filial conversación dimanarían después las palabras dulces y verdaderas como bondadoso beneficio, y los gestos sanadores y liberadores de todo maleficio perverso. El Padre fue su principal interlocutor. Ahora Jesús a plena luz, en el fragor de aquel Viernes Santo, clava en el Padre su mirada, para pedir el indulto ante tanto malhechor que le fueron haciendo la envolvente desde sus ojos ciegos y sus corazones embotados, para la gran censura ignorante de quien era su verdadero y único Salvador.

Así rezó Jesús, filialmente como nunca, ante su Padre Dios: perdónalos, no saben lo que hacen. ¿Es acaso la ignorancia del daño un atenuante para obtener inmerecidamente el más gratuito perdón? Nuestras contradicciones que nos hacen cínicos, las hipocresías que travisten nuestro disfraz, los pecados de la vida que reniegan lo que nuestros labios proclaman de prestado. No, no es la ignorancia de no saber lo que hicieron y hacemos lo que nos redime con el abrazo del perdón, sino precisamente esta plegaria sentida en el corazón de Cristo, como el último latido del pálpito de su amor.

Él quiso interceder, ponerse de nuevo entre el cielo y la tierra, entre sus hermanos los hombres y su Padre Dios. Su oración abrirá la puerta de salida más misericordiosa e indebida en el callejón cerrado a cal y canto de nuestra oscuridad más temible y temida.

No sabemos lo que hacemos, no. No lo sabemos cuando declaramos las guerras que enfrentan y destruyen los pueblos, cuando mentimos a mansalva para salvar a toda costa nuestras prebendas y nuestras gobernanzas, cuando robamos lo que no nos pertenece con la codicia más pendenciera, o abusamos de los más inocentes con una perversión que mata, cuando manchamos la belleza con nuestras apariencias más zafias, cuando envilecemos la bondad con un embrutecimiento de maldad calculada y cuando relativizamos de la verdad con una post-verdad que a sabiendas engaña. No sabemos lo que hacemos, ni entonces ni ahora. Es la ignorancia más culpable que no nos atenúa nuestra responsabilidad cotidiana en lo personal y en lo social. Pero la oración de Jesús al Padre sigue llegando como clamor que intermedia pidiendo el perdón que nos salva. Él es el abogado que templa nuestras gaitas, quien endereza nuestros entuertos, aquel que allana nuestras altiveces, y quien nos devuelve al camino verdadero tras todas nuestras aventuras pródigas que nos sacaron del hogar en el que somos hijos siempre, hijos malos tal vez, pero nunca hijos huérfanos sin la mirada de un Padre cuyos ojos otean cada día nuestro regreso y en cuya entraña sabemos que alguien nos espera cada mañana.

SEGUNDA PALABRA

«Hoy estarás conmigo en el Paraíso»

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 39-43). hombres. Dos ladrones codiciosos al lado de quien más ofreció gratuitamente su tesoro. Dimas y Gestas eran sus nombres, tal y como nos los desveló el Evangelio apócrifo de Nicodemo (s. IV). El primero de ellos, Gestas, viendo venir tan fatal desenlace quiso utilizar su pobre credo para negociar su condena: si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y sálvanos a los demás. Era la prueba de su credulidad más descreída y desesperada que invocaba para obtener el salvoconducto de su pisoteada libertad. Quería Gestas obtener el libelo de su lavado de cara, de su indulto amañado, de una suerte que nunca y jamás mereció. Pero terminó como provocación tan obscena, que fue blasfemia burda y grosera contra el mismo Dios.

Sin ser rehén de su penoso pasado, el otro malhechor tuvo distinta actitud. Dimas, increpó a su compañero por la trampa desleal que maquillaba su torpe currículum de maldición y condena, y después hizo un acto de fe en el santo temor de Dios. Confesó sus pecados con un apresurado examen de conciencia, aceptando el desenlace merecido por todas sus faltas cometidas quién sabe dónde, quién sabe cuándo, quién sabe contra quién. Pero aceptaba su deriva tasada por los hombres como sanción fatal de todos sus errores: nosotros nos lo merecemos, pero Jesús absolutamente no. Somos dos malvados ladrones que han robado tantas cosas, dos violentos asesinos que han malogrado tantas vidas, dos violadores sin alma que se han aprovechado de quienes pudimos engañar y seducir, dos mentirosos compulsivos que hicimos del engaño una forma de supervivencia bienpagada.

Pero Jesús, no hizo nada. Jesús pasó haciendo el bien en cuanto hizo y dijo ante los demás.

De esta confesión general de sus pecados, hizo un propósito de enmienda inusual: mi perdón está en tu mano, Jesús. Y cuando llegues a ese tu Reino del que de tantos modos nos has hablado, échame una mirada, tiéndeme tu mano, haz que quepa en el hogar entrañable de tu misericordia… y acuérdate de mí. ¡Qué buena confesión hizo Dimas aquel Viernes Santo, que le obtuvo el título de Buen Ladrón! Porque sin pretenderlo si quiera, logró “robar” honestamente a Dios el botín inimaginable en toda su vida desastrada, cuando pidiéndole adentrarse en su Reino, Jesús le regaló el pasaje y la entrada en ese mundo de amor que sólo quien es el Amor concede a quienes se abren a su mirada.

Así llega la segunda entrega de este Sermón del Señor de sus Siete Palabras: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Esto significa que a Dimas se le perdonó con el perdón más infinito; tanto, tanto, que supuso la primera canonización cristiana sin los largos procesos de verificación y discernimiento por parte de la Iglesia, sino por el reconocimiento claro del mismo juicio de Dios. Así, le preparó Jesús a San Dimas el altar, la hornacina y la peana que sólo lucen en el cielo los que directamente canoniza Dios.

Es el primero de la saga de esa fiesta de Todos los Santos, cuando la Iglesia nos insta a asomarnos a otro ventanal que quizás no es el que más frecuentamos en el vaivén de nuestra andadura cotidiana. Estamos tantas veces secuestrados por otros nombres y ejemplos que nos roban la atención con sus palabras vacías, sus corrupciones diversas, sus pretensiones inconfesables. Se nos invita a mirar a todos los santos. Son de épocas distintas, con unos contextos geográficos, culturales y políticos diferentes, con una sensibilidad variopinta, que vivieron el Evangelio dentro de los años de su edad y en el domicilio de sus circunstancias. Los hay mártires de todo tiempo, doctores que nos iluminan con su bondad y sabiduría, pastores entregados que nunca dejaron el rebaño asignado por Dios a su servicio ministerial. Y tanta gente sencilla, “santos de la puerta de al lado”, como decía el papa Francisco, que pueden ser de nuestra familia. Hacemos la verdadera memoria de nuestros santos y seres queridos de los que podemos aprender y agradecer por tantos motivos. Son los santos todos, en cuyo primer puesto de esa lista aparece San Dimas, buen ladrón, que aquella tarde entró en el Paraíso.

TERCERA PALABRA

«Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre»

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio (Jn 19,26-27).

No nos dejó María un diario espiritual. Y, sin embargo, podemos acceder a trazos de su vida que nos conmueven por su verdadera humanidad tan abrazada por la gracia de Dios. María fue alguien que se fio de Dios, creyendo que lo imposible para ella no lo era para Él. Las distintas palabras de Dios que María tendrá que escuchar en su vida, y en especial esta que tendrá que oír al pie de la Cruz de Jesús, no supondrán el macabro acertijo o la inacabable adivinanza de un Dios que se complace en asustar o aplastar a sus hijos. La palabra última que siempre se reserva Dios, es una palabra de luz y de vida, que se torna en la respuesta que Él da a la actitud de espera y esperanza en tantos momentos de oscuridad y de muerte. La última palabra que María escuchará no será la palabra agónica de su Hijo moribundo en las tinieblas de la hora de nona de aquel Santo Viernes, sino la palabra que cual rocío mañanero Dios cantará para siempre en su resurrección en un domingo que no acaba. No obstante, María nos enseña a escuchar en hondura a ese Dios por el que ella decidió su vida entera en la escucha de su Palabra, sea donde y como sea que Él nos quiere decir cuando nos habla locuaz o cuando silencioso se acalla.

Los artistas cristianos de todos los tiempos lo han sabido pintar en sus cuadros, esculpir en sus imágenes, lo han sabido recitar en sus versos o componer en sus musicales cantatas. La Cruz de Jesús tiene una escena completa en aquel primer Viernes Santo de la historia: el Calvario no tiene una cruz solitaria, no está sólo flanqueada por dos ladrones crucificados junto a Él, ni tampoco por la curiosidad burlona de quienes aguardaban frívolamente a ver qué pasaba. Porque, además de las traiciones de Judas y de las lágrimas de Pedro, además de la cobarde inhibición de Pilato o de la insidia torpe de una manipulada muchedumbre, había también una presencia diversa. Es la que la liturgia cristiana celebra en la advocación de la Madre Desolada junto al discípulo amado, el joven Juan.

Ambos están cerca de Jesús y cerca entre sí. Era la comunión de la vida más estrecha, íntima y espiritual. Aquella mujer que con su sí a Dios quiso estar al pie de la vida que de ella nacía por milagro en su virginidad, estará también al pie de aquella muerte del Hijo que pendía de una Cruz. No es la Eva abrazada al árbol de su fruta prohibida, sino María que se abraza al árbol cuyo fruto mejor y entregado fue su Hijo crucificado. No reaccionó con desesperación, ni con sollozo de venganza. No invocó la maldición de los cielos ni la revuelta de los hombres. Sencillamente estaba al pie de aquella cruz, tratando de escuchar una difícil palabra de oír, preguntándose el significado duro de ese final aparente con el martirio de su Hijo Jesús. Su estar fue un estar silencioso lleno de fe, asomada a un más allá de aquella durísima apariencia con sus ojos maternos llenos de llanto. Esta es la lección asombrosa que nos dará María en los calvarios de la vida, en nuestras desolaciones diversas junto a nuestras cruces cotidianas.

A María se le confía una nueva maternidad, que ella engendraría en el seno del dolor. No se trataba de una maternidad homóloga como si el hecho de ser madre de Jesús fuera intercambiable con ser madre de Juan. Jesús no menciona a Juan por su nombre, ni a María por el suyo: los extrapola para darles un horizonte de universalidad. Es la mujer que se hace madre, es el discípulo que se hace hijo. Pero se da una verdadera maternidad que María asume por indicación de Jesús acogiendo al discípulo Juan, y se da también una auténtica filiación que Juan hace suya acogiendo desde aquel momento a María como su propia madre.

En la acogida de quien llega se comparte con él hasta en fondo, hasta el final, todo su universo precioso. María llega, de este modo, a la cumbre dramática de toda su vida en el sentido propio de la expresión “drama”: ni tragedia, ni comedia, sino drama, es decir, jugarte la vida arriesgando tu libertad por lo único que vale la pena. La tragedia es siempre cruenta, la comedia es frivolidad, el drama es libertad en acto. María llega con su sí mantenido hasta el drama máximo, expropiándose del Hijo que entrega al Padre como quien devuelve el inmenso regalo de un don recibido, en beneficio de toda la humanidad. Es entonces cuando ella recibe como don del Hijo ofrecido, a la humanidad representada por Juan. Así hemos aprendido al pie de la cruz a reconocernos en la persona del discípulo amado, el apóstol san Juan, mirando a María como nuestra Madre para que la vida siga nutriéndose y siga sostenida por quien con su entraña bendita siempre nos acompaña.

CUARTA PALABRA

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» > A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: Elí, Elí, lemá sabaqtaní, es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46).

Marcó el reloj sus horas sin pausa ni dilación. No había botón de pausa para situarse comedidos y piadosos ante el desgarro más extremo de un grito que se hizo oración. La agonía no era ficción ni pose, sino terrible final que llega hasta este límite de soledad. Llegó la Hora suprema, hora de nona en aquel Viernes Santo de la historia. La vida está muriendo, boqueando en una Cruz incomprensible e impuesta. Sólo hay espacio para un silencio abismado que pueda acoger callando en los adentros, aquel diálogo último del Hijo con el Padre cuando la palabra se hizo monólogo humanamente macabro que entrevera entre espasmos Jesús con su Padre.

Así, como quien abre una rendija póstuma al perdón más inmerecido, ante el absurdo más injusto que se fraguaba de pronto se escuchó a Jesús recitar un antiguo salmo con el desgarro propio de quien señala la más extrema soledad: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). Efectivamente, fue un salmo prestado, pero traducía una vivencia de abismo cuando miras y nadie aparece ante tus ojos, cuando gritas y nadie responde a tu angustiada voz, cuando abres tus brazos y aparentemente nadie viene al encuentro de tu desazón. ¿Quién entenderá este grito supremo de Dios a Dios, en esa plegaria extrema entre el Hijo bienamado y su querido Padre bienamante?

Hasta este punto se quiso solidarizar Jesús con nuestra pobre humana condición, tan llena de preguntas para las que no tenemos respuesta cuando nos atenazan los miedos, nos acorralan las sombras y nos llenan de vacíos los ausentes escapados que no nos acompañan, o las dudas ardientes para las que no tenemos réplica alguna.

Es así como todos los abandonos huidizos, todos los desgarros que nos desangran, las oscuridades que nos apagan, los extravíos que nos desnortan, las soledades que nos aíslan y las angustias que nos desazonan, todo eso estaba en aquel grito de Jesús. Ese grito resuena en todos los abandonos de cada uno de sus hermanos, de cada generación humana en cada tiempo y lugar. Ha querido Jesús hacer suyos nuestros gritos de abandono en soledad, cuando sentimos angustiados que no hay nadie tras la cortina de nuestro temor, ni existe el bálsamo que ponga cura en la herida, ni la respuesta humilde en la pregunta acuciante, ni la luz alumbradora en la negra y apagada oscuridad.

No fue un paseo devoto por las noches que no acaban sumiéndonos en el desaliento más mordaz, sino un verdadero grito que no por orante dejaba de señalar la más incomprensible soledad. La prueba que se trasluce o se trasoscurece en un Dios que aparentemente no es sostenido por Dios, de un Hijo que no percibe la cercanía del Padre, de un Redentor que no es salvado por nadie en el gesto más inaudito del abandono de Jesús.

Y, sin embargo, hay aquí un gesto sublime de divina solidaridad cuando en el argumento de nuestras lágrimas, en la rebeldía de nuestros descontentos, en la incertidumbre de nuestras desesperanzas, ponemos ese mismo grito de Cristo bendito. Él no ha jugado con nuestros vacíos más huecos y baldíos como si no fueran verdad los motivos por los que tantas veces nos hallamos desesperados. El abandono de Jesús es nuestro mismo abandono cuando todos se han ido o cuando nadie ha llegado, sumiéndonos en el llanto desesperado de nuestra más terrible desolación.

¿No hemos experimentado en nuestra vida ese mismo desgarro cuando la incomprensión de los cercanos, la huida cobarde de los amigos, el acoso de los adversarios, la injusticia calculada y la persecución insidiosa nos llega en el momento más inoportuno para no brindarnos la ayuda que necesitábamos? Todos hemos experimentado ese zarpazo al embridar el abandono de soledad ante una enfermedad imprevista, una catástrofe natural que nos desbarata o un desaguisado de mala gobernanza que nos deja al pairo de la intemperie. Pero en aquel grito de Jesús vemos cómo hizo también suyas todas las muertes segadas por terrores antes y después de nacer, la muerte consecuencia de cualquier pecado. Ahí está Jesús abriéndonos su corazón en el dolor más desgarrado, para que no nos sintamos solos cuando llega la prueba que nos supera. Es el abandono de Jesús que abraza nuestra soledad asustada.

QUINTA PALABRA

«Tengo sed»

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca (Jn 19, 28-29).

Sobrecoge esta lacónica expresión de alguien que en su agonía pide un sorbo de agua con el que agarrarse a la vida. La sed es siempre corrosiva cuando te rasga la garganta y te deja sin aliento y sin palabra con la boca seca como un ladrillo y la lengua pegada al paladar. Jesús sintió la sed en aquella hora humanamente tan aciaga.

Todos recordamos escenas bíblicas en donde abrevar la sed tenía rasgo de rito: cuando en el desierto de Sin, Moisés golpeó la roca para que de ella brotase agua con la que Dios apagó los enconos de un pueblo amotinado y rebelde. Aquel pueblo resentido maldecía por su deriva y se evadía en la nostalgia de aquel Egipto dejado atrás, donde había agua, pero no libertad, donde tenían ajos y cebollas, pero no razones para la dignidad. Era una esclavitud bien regada que ellos añoraban torpe y engañosamente desde el escenario purificador de un desierto que ponía a prueba su fallida esperanza. Esto ocurría en Masáh y Meribá, y allí se levantó acta de la torpeza de un Moisés incrédulo y de un pueblo en rebeldía (cf. Ex 17, 1-7). El pozo en la literatura bíblica es un lugar de encuentro, un espacio donde descansar y compartir. Los lugares donde hay agua determinan el itinerario terrestre y espiritual de aquel Pueblo que atravesó un desierto para llegar a la tierra de la Promesa. Por eso el pozo, el agua, se convertirán en símbolos de la cercanía que ese Dios ofrece a sus hijos.

Hay una escena que relata el evangelio de San Juan, donde la sed se hace rito junto a un pozo. Es bien conocida aquella trama: una mujer, un pozo y Jesús (cf. Jn 4, 1-42). La vida de aquella mujer había transcurrido entre maridos que se fueron sobreponiendo y entre viajes al pozo para sacar agua incapaz de saciar la sed verdadera. La insuficiencia de un afecto no colmado (los seis maridos) y la insuficiente agua para calmar una sed insaciada (el pozo de Sicar), quedan desplazadas por el Señor se presentará como el Agua que sacia y como el Esposo que no defrauda.

Quien tiene un corazón endurecido por las trampas de su corazón o por los chantajes de ídolos que ni colman ni calman, se situará en ese umbral de una vida zafia, apagada, mediocre y sin horizonte de alegría y esperanza. Ojalá escuchemos la voz que nos abre al amor y al agua para los que fuimos hechos de veras.

En esta palabra de Jesús crucificado, el pozo tiene forma de cruz, y el que vino a darnos el agua viva, grita Él sediento en el estertor de su agonía. Es el agua que se hace mendiga en los labios resecos de Jesús, como en otro momento su mirada llenó de luz los ojos del ciego de nacimiento. Él viene a señalarnos nuestras contradicciones contemporáneas. Podríamos decir justamente al revés de lo que reclama este mundo opulento, frívolo e insolidario cuando asistimos con pasmo al vacío del que se llena nuestra nada: «Dame un poco de sed, que me estoy muriendo de agua». Así, justamente así, al revés, sería el grito de una generación que teniéndolo casi todo, parece que no logra descubrir el sentido de la vida cuando hay falsas aguas para una sed verdadera.

Desde todas nuestras preguntas, afanes y preocupaciones, desde nuestra aspiración a habitar un mundo más humano y fraterno que el que nos pinta la crónica diaria, Dios se nos acerca en nuestro camino, se sienta junto al brocal de nuestros pozos y cansancios, para revelársenos como nuestra fuente y nuestra sed al mismo tiempo.

Lo comentaba el Catecismo de la Iglesia Católica en un número en el que cita al gran maestro San Agustín: «“Si conocieras el don de Dios” (Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él (SAN AGUSTÍN, De diversis quaestionibus octoginta tribus 64, 4)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2560). En la sed de Jesús, junto al brocal de su cruz, sabiendo que nosotros abrevamos la sed de nuestro corazón que se sacia en su agua viva.

SEXTA PALABRA

«Todo está cumplido»

Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19,30).

Parece el desenlace último de un largo relato, como si se bajase el telón en el escenario de la vida sin poder romper agradecidos en un aplauso. Así se hace en Salzburgo cuando tras la interpretación del Requiem de Mozart jamás se pide un “bis” que repita algún fragmento como propina sinfónica, sino que en silencio quedábamos en la impresionante iglesia gótica de los franciscanos de esa bella ciudad austriaca. En silencio y sin aplauso, prolongando orantes lo que ese gran músico plasmó en el pentagrama de su sinfonía fúnebre recordando el final de la pasión del Señor. «Todo está cumplido», es decir, no ha sido ni una filfa engañosa ni un fracaso nefasto, sino una vida entera que llegaba a su final con los deberes hechos desde su fidelidad filial rendida al Padre Dios. Pero fue larga aquella andadura de Jesús. Por breves que puedan parecer los pocos años que compartió con nosotros, fueron de una gran intensidad. La historia de Jesús como hombre que se hizo igual a nosotros en todo menos en el pecado (cf. Heb 4, 5), tuvo una meta hacia la cual Él fue caminando mientras subía a Jerusalén. Esa larga subida no sólo duró los tres años de actividad evangelizadora, sino que también cuentan los treinta años precedentes en Belén, Egipto y Nazaret. Diversos escenarios donde sucedió todo lo que nos cuentan los evangelios: las lágrimas que Jesús enjugó, los juegos infantiles que observó, los pecados que pudo perdonar, las vidas desastradas que reorientó, las hipocresías que denunció. No hubo rincón humano en el que no estuviera presente con una palabra que decir y una gracia que ofrecer. Pero Jerusalén era la etapa final, el final del trayecto de toda una vida.

Quedan atrás tantos recodos del camino en los que Jesús pasó haciendo el bien. Sus encuentros con la gente, su peculiar modo de abrazar el problema humano, unas veces brindando sus gozos como en las bodas de Caná, otras llorando la muerte de Lázaro como en Betania; curando todo tipo de enfermedades, o iluminando toda oscuridad, saciando tantas y tan diversas hambres, y en otras airado contra los comerciantes en el templo y contra los fariseos en todas partes con sus distintas calañas. Jesús que bendice a los niños, que enseña a multitudes, que reza en el secreto de mañanas madrugadas y en la paz del ocaso de cada tarde, que restaña las mil dolencias del cuerpo y del alma, que libera de las cadenas que encadenan nuestras libertades, que expulsa los mil demonios que nos merodean por doquier. Ahora es el momento final de este drama humano y divino en donde viene a poner su firma por el trabajo realizado hasta el fondo y sin resuello, el cumplimiento exhaustivo de la hazaña redentora que se le confió: «todo está cumplido».

Ese drama de Jesús no era suyo, sino nuestro, pero tan seriamente quiso abrazarlo, que a la postre hizo suyos todos nuestros problemas, fracasos y tristezas... todos nuestros pecados. No hubo lágrimas de nuestros ojos con las que Él no hiciera su propio llanto. No hubo alegrías de nuestros gozos con las que Él no brindase en su propia fiesta. Es muy importante ver en este drama de la Pasión de Jesús no tanto lo que ocurrió hace veinte siglos, sino lo que ha ocurrido siempre, entonces y ahora, con aquellos y con todos los demás que hemos ido viniendo después al escenario de la historia. Pero sabemos que nuestras contradicciones y pecados no tienen la última palabra.

El Viernes Santo con las Siete Palabras de Jesús en la Cruz, es un día tan sobrio, que resulta taciturno y callado. No hay campanas ni glorias, y es el único día del año en el que no hay misa, propiamente hablando, como si un velo enlutado condicionase cada instante, cada rincón de este mundo inacabado que no acierta a dejar nacer la ciudad de Dios que Él eternamente dibujó para enamorarnos. Todo aquello fue por mí, con mi nombre y mis años, con mis trampas y mis miedos, con mis gracias y pecados. Yo fui para Él la razón de cada instante en aquellas catorce estaciones que tenían mi biografía como recorrido y su amor como estación de llegada. Es una gra dentro de aquel Vía Crucis que nos perteneció y que Jesús haciéndolo suyo recorrió para salvarnos. Seamos sus cirineos y seamos cirineos de los que hoy malviven y malmueren en sus vías dolorosas por tantos motivos y en tantos escenarios. Viernes Santo. Día de pasión, de escuchar conmovidos ese bendito relato: ahí estaban sin censura ni adornos, todas las etapas de mi vida y todos mis pecados. «Todo está cumplido». Con la cabeza inclinada, la humanidad de Jesús hace su última ofrenda al Padre Dios.

SÉPTIMA PALABRA

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» > Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró (Lc 23, 46).

Quedaba la despedida antes que se llenase de tiniebla el altozano del Calvario, fuera de los muros de la ciudad. Era el adiós que terminaría en el abrazo eterno con aquel Padre Dios. Desde la eternidad filial nos llegó Jesús con el mensaje más sobrecogedor del amor que nos tenía a quienes siendo malos hijos tantas veces, jamás fuimos huérfanos errantes ante su mirada. Nuestra torpeza pecadora fue respondida con la entrega amorosa del Hijo de Dios. Nos lo dice conmovido el relato del evangelio de San Juan: «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito… Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 16-17). Este fue el don más inmensamente regalado que menos inmensamente el hombre mereció.

La séptima palabra de Jesús en la Cruz, tiene la guisa de cláusula final de un testamento improvisado en su sobria brevedad. No es la derrota que abrumada se derrumba en el abismo fatal, sino el final del trayecto para aquellos pies viandantes que se hicieron misioneros en todos nuestros derroteros sin rumbo, en nuestros callejones sin salida, en nuestros muros de separación, para poder indicar el horizonte que dilata nuestra mirada perdida, que dibuja el mapa de la esperanza en los finisterres del desencanto, que abate los bastiones que nos separan devolviéndonos la dignidad de ser hermanos en una fraternidad que sostiene el Padre que nos hace sus hijos.

Palabras que no engañaban, gestos que jamás traicionaron, y una cercanía atenta a toda tragedia destructora para adentrarnos en el drama de la libertad sincera, sin las comedias que nos hacen falsos. Bien lo describió el gran teólogo Hans Urs von Balthasar con su “teodramática” cuando nos presentó los distintos lances de Jesús el Señor desde esas claves del teatro griego: no un dios trágico que se desespera, ni un dios cómico que frivoliza, sino un Dios dramático que abraza con libertad su destino y con el afecto de su corazón se acerca a los avatares que nos acorralan y apenan secuestrando la esperanza para la que fuimos creados (cf. H.U. VON BALTHASAR, Teodramática. 5 vol. (Encuentro. Madrid 1992).

En ese momento postrero, sin adioses secundarios, sin pantomimas de parodia, sino simplemente inclinando la cabeza nos ofrece el gesto final de una entrega. Pero atrás quedaban tantos cruces de camino, tantas encrucijadas humanas: los ojos y la ternura de María que le sintió crecer en sus entrañas, que le vio en la luz del nacimiento entre pajas, que le enseñó a decir sus primeras palabras y a dar sus primeros pasos. También la entrega discreta solícita del bueno de José que asumió una paternidad prestada en aquel hogar enamorado junto a su esposa, guiando al pequeño Jesús entre virutas de taller para una cruz de madera todavía no tallada, en aquel interminable Nazaret que no tuvo prisa para despedir al Mesías en sus primeras andanzas.

Cuántos fueron los cuadros de amor a los que Jesús pudo asomarse, incluso más allá de los errores que cometemos los humanos cuando no sabemos vivir las cosas como nos las señala Dios. Cuántos los momentos de dolor en un sinfín de circunstancias entre el desprecio de quien no comprende, la injusticia del que abusa, la soledad de quien se aísla o es marginado, la enfermedad que te impone fecha de caducidad cuando más duele la vida, la muerte que te desgarra arrebatándote lo que más quieres. Todos esos cuadros de amores y dolores los pudo ver Jesús con sus propios ojos luminosos, y los acarició con sus manos bondadosas, haciendo suyos los sentimientos tejidos de añoranzas que se abrían a la confianza que nunca defrauda.

Efectivamente, no existió llanto de las personas que Él encontró que no discurriese por el surco de sus propias lágrimas. Como tampoco se acercó a fiesta humana en la que Él no hallase el motivo de su brindis y algazara. Verdaderamente humano sin dejar de ser verdaderamente divino, poniendo en el rostro del mismo Dios el rictus de nuestro dolor y el gozo de nuestras sonrisas, permitiéndonos ver cómo ese Dios humanado lloraba y reía.

Sacando fuerzas donde ya no le quedaban, tuvo la ocasión de gritar por última vez con toda su fuerza clamando con voz potente. No para maldecir su deriva, no para blasfemar por su suerte, no para inculpar a los demás de su condena indebida, sino para devolver a quien le dio todo lo que de Él recibió: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró (Lc 23, 46). Fueron sus últimas palabras.

EPÍLOGO
Una palabra en la eterna alborada

Tras las Siete Palabras de Jesús en la Cruz, no se hizo el silencio como mutismo en sus labios, ni tampoco su ausencia mortecina selló un oscuro y fatal vacío. Fue más bien un silencio elocuente y una ausencia ardiente, porque aquellas palabras de vida que nos fue dejando como precioso testamento se seguirán escuchando a través de los siglos en cada generación como el eco del Evangelio acogido por tantos hombres y mujeres que se harán oyentes redivivos. La repentina ausencia tras depositar su cuerpo en el sepulcro se trocará en presencia resucitada como icono de su belleza nunca marchita que embelesará a quienes a ella se asomen con adoración enamorada.

No, no fue la mudez ni la oscuridad lo que vino después de bajar de la cruz, recogido por María, por Juan, por José de Arimatea y las piadosas mujeres. Aquellos casi treinta y tres años siguieron sonando en el tiempo de cada edad y en la historia de cada rincón humano. Es el relato de algo que continúa sucediendo hoy porque Dios sigue dando su vida y acompañando la nuestra como hace veinte siglos, como desde toda la eternidad y para siempre. Acaso se llamará de otro modo la traición de los judas modernos que amañarán con su beso la triste recompensa de 30 monedas por su deriva; distinto aparecerá el huerto de Getsemaní en donde entre sudores de sangre y somnolencias distraídas se volverá a apresar a un Dios inocente; serán otras las lágrimas que los pedros verterán en los patios de la indiferencia o de la fobia contra Cristo; los caifás, los pilatos y los barrabases seguirán saliendo a la escena cada cual con su cobardía, su aprovechamiento o su insidia; y otro nombre llevará la vía dolorosa en la que repetirán blasfemos su crucifícale quienes entregados decían antes sus hosannas; pero serán únicos quienes como María y Juan estén al pie de la cruz de cada crucificado, en donde un único Jesús no deja de pronunciar hasta el extremo de su amor redentor sus Siete Palabras.

Pero estas escenas tienen también el contrapunto atrevido de señalar la verborrea cínica y tramposa de nuestros días. Las Siete Palabras de Jesús juzgan las situaciones sórdidas que a diario aparecen en todos los estratos de la sociedad. Ahí abultan las sombras y los rumores de un viaje sin norte, sin brújula y sin horizonte. Basta leer las noticias diarias para darnos cuenta del deterioro al que hemos llegado cuando la corrupción se maquilla hasta lo obsceno, las mentiras se normalizan como forma de gobernanza, la inmoralidad sale a chorros entre los vendedores de moralina, y la irresponsabilidad de los mandamases que roban a mansalva, mientras tantos inocentes pagan con su vida. Con este bronco paisaje nos ha vuelto a sorprender la cuaresma cristiana y este colofón de la Semana Santa en cuya cima penitencial nos situamos en el Viernes Santo por antonomasia en esta emblemática plaza vallisoletana para escuchar las Siete Palabras.

Del misterio de Dios no se puede hablar en clave de comedia ni en clave de tragedia, sino sólo desde el drama, la “teodramática” como decíamos antes citando a H.U. von Balthasar, gran teólogo de lengua alemana. Hay mucha comedia y demasiados comediantes que se toman la vida a juerga generando tantas tragedias en las lágrimas y desesperanzas de la gente. Pero el drama es otra cosa: ni carcajada frívola ni llanto inconsolable, sino el abrazo sereno y libre que vierte una gota de fe, una ternura de caridad y un horizonte de esperanza, asomándonos a cuanto sucede desde la mirada dulce de Dios. Para esto Jesús se hizo hombre, para esto nos habló con sus palabras y nos bendijo con sus signos y milagros, para librarnos de las tragedias y comedias que nos destruyen, para hacernos dramáticamente felices, sabios, justos y santos.

Somos oyentes de estas Siete Palabras, y las guardamos como hizo María en el hondón de nuestra entraña, en el cofre de nuestro corazón. De los latidos del corazón de Cristo viven nuestros pálpitos cristianos, y en esta historia inacabada nosotros seguimos escribiendo la página asignada a nuestra biografía. Sus Siete Palabras siguen contando en nuestros labios lo que en ellos Dios continúa narrando, así como con nuestras pequeñas manos Él sigue amasando y repartiendo un mundo nuevo que hace las cuentas con la belleza, la bondad y la verdad de Dios, su eterno sueño de amor infinitamente mayor que nuestras fugaces pesadillas. A nosotros ahora toca la palabra octava y las siguientes, tras las siete que pronunció Jesús nuestro Señor. Nacimos para una palabra que eternamente Dios silenció para decírmela a mí y para contarla conmigo. Nacimos para un don que eternamente Dios retuvo para dármelo a mí y para repartirlo conmigo. Tenemos la palabra. Que Dios os guarde y que siempre os bendiga. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Valladolid, 3 de abril de 2026
Viernes Santo