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martes, 6 de enero de 2026

Homilía del Santo Padre León XIV en la Solemnidad de la Epifanía del Señor y clausura de la Puerta Santa

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio (cf. Mt 2,1-12) nos ha detallado la grandísima alegría de los magos al ver la estrella (cf. v. 10), pero también la turbación experimentada por Herodes y por toda Jerusalén ante su búsqueda (cf. v. 3). Cada vez que se trata de las manifestaciones de Dios, la Sagrada Escritura no esconde este tipo de contrastes: alegría y turbación, resistencia y obediencia, miedo y deseo. Celebramos hoy la Epifanía del Señor, conscientes de que ante su presencia nada sigue como antes. Este es el comienzo de la esperanza. Dios se revela, y nada puede permanecer estático. Se termina un cierto tipo de tranquilidad, la que hace repetir a los melancólicos: «No hay nada nuevo bajo el sol» (Qo 1,9). Empieza algo de lo que dependen el presente y el futuro, como anuncia el Profeta: «¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti!» (Is 60,1).

Sorprende el hecho de que sea precisamente Jerusalén, la ciudad testigo de tantos nuevos comienzos, la que esté turbada. En su seno, el que estudia las Escrituras y piensa que tiene todas las respuestas parece haber perdido la capacidad de hacerse preguntas y de cultivar deseos. Es más, la ciudad está atemorizada por el que, movido por la esperanza, llega a ella desde lejos, hasta el punto de considerar como amenaza aquello que debería, por el contrario, causarle mucha alegría. Esta reacción también nos interpela a nosotros, como Iglesia.

La Puerta Santa de esta Basílica, que ha sido hoy la última en cerrarse, ha visto pasar innumerables hombres y mujeres, peregrinos de esperanza, en camino hacia la Ciudad de las puertas siempre abiertas, la nueva Jerusalén (cf. Ap 21,25). ¿Quiénes eran y qué les movía? Nos cuestiona con particular seriedad, al finalizar el Año jubilar, la búsqueda espiritual de nuestros contemporáneos, mucho más rica de lo que quizá podamos comprender. Millones de ellos han atravesado el umbral de la Iglesia. ¿Qué es lo que han encontrado? ¿Qué corazones, qué atención, qué reciprocidad? Sí, los magos aún existen. Son personas que aceptan el desafío de arriesgar cada uno su propio viaje; que en un mundo complicado como el nuestro —en muchos aspectos excluyente y peligroso— sienten la exigencia de ponerse en camino, en búsqueda.

Homo viator, decían los antiguos. Somos vidas en camino. El Evangelio lleva a la Iglesia a no temer este dinamismo, sino a valorarlo y a orientarlo hacia el Dios que lo suscita. Es un Dios que nos puede desconcertar, porque no podemos asirlo en nuestras manos como a los ídolos de plata y oro, porque está vivo y vivifica, como ese Niño que María tenía entre sus brazos y que los magos adoraron. Lugares santos como las catedrales, las basílicas y los santuarios, convertidos en meta de peregrinación jubilar, deben difundir el perfume de la vida, la señal indeleble de que otro mundo ha comenzado.

Preguntémonos: ¿hay vida en nuestra Iglesia? ¿Hay espacio para aquello que nace? ¿Amamos y anunciamos a un Dios que nos pone en camino?

En el relato, Herodes teme por su trono, se agita por lo que se le escapa de su control. Intenta aprovecharse del deseo de los magos manipulando su búsqueda en beneficio propio. Está listo para mentir, está dispuesto a todo; el miedo, en efecto, enceguece. La alegría del Evangelio, en cambio, libera; nos hace prudentes, sí, pero también audaces, atentos y creativos; sugiere caminos distintos de los ya recorridos.

Los magos traen a Jerusalén una pregunta sencilla y esencial: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?» (Mt 2,2). Qué importante es que, el que cruza la puerta de la Iglesia, se percate de que el Mesías recién ha nacido allí, que allí se reúne una comunidad donde ha surgido la esperanza, que allí se está realizando una historia de vida. El Jubileo ha venido a recordarnos que se puede volver a empezar, es más, que estamos aún en los comienzos, que el Señor quiere crecer entre nosotros, quiere ser el Dios-con-nosotros. Sí, Dios cuestiona el orden existente; tiene sueños que inspira también hoy a sus profetas; está decidido a rescatarnos de antiguas y nuevas esclavitudes; en sus obras de misericordia, en las maravillas de su justicia, involucra a jóvenes y ancianos, a pobres y ricos, a hombres y mujeres, a santos y pecadores. Sin hacer ruido; sin embargo, su Reino ya está brotando en todo el mundo.

¡Cuántas epifanías nos han sido dadas o se nos darán! Pero deben sustraerse de las intenciones de Herodes, de los miedos siempre al acecho para transformarse en agresión. «Desde la época de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos es combatido violentamente, y los violentos intentan arrebatarlo» (Mt 11,12). Esta misteriosa expresión de Jesús, indicada en el Evangelio de Mateo, nos hace pensar en los numerosos conflictos con los que los hombres pueden resistirse e incluso atacar la Novedad que Dios ha reservado para todos. Amar la paz, buscar la paz, significa proteger lo que es santo y que precisamente por eso está naciendo: pequeño, delicado y frágil como un niño. A nuestro alrededor, una economía deformada intenta sacar provecho de todo. Lo vemos: el mercado transforma en negocios incluso la sed humana de buscar, de viajar y de recomenzar. Preguntémonos: ¿nos ha educado el Jubileo a huir de este tipo de eficiencia que reduce cualquier cosa a producto y al ser humano a consumidor? Después de este año, ¿seremos más capaces de reconocer en el visitante a un peregrino, en el desconocido a un buscador, en el lejano a un vecino, en el diferente a un compañero de viaje?

El modo en el que Jesús salió al encuentro de todos y dejó que todos se le acercaran nos enseña a valorar el secreto de los corazones que sólo Él sabe leer. Con él aprendemos a captar los signos de los tiempos (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 4). Nadie puede vendernos esto. El Niño que los magos adoran es un Bien que no tiene precio ni medida. Es la Epifanía de la gratuidad. No nos espera en los lugares prestigiosos, sino en las realidades humildes. «Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá» (Mt 2,6). Cuántas ciudades, cuántas comunidades necesitan que se les diga: “Ciertamente no eres la menor”. Sí, ¡el Señor nos sigue sorprendiendo! Se deja encontrar. Sus caminos no son nuestros caminos, y los violentos no consiguen dominarlos, ni los poderes del mundo los pueden obstruir. Aquí reside la grandísima alegría de los magos, que dejan atrás el palacio y el templo para ir hacia Belén; ¡y es entonces cuando vuelven a ver la estrella!

Por eso, queridos hermanos y hermanas, es hermoso convertirse en peregrinos de esperanza. Y es hermoso seguir siéndolo, juntos. La fidelidad de Dios siempre nos sorprenderá. Si no reducimos nuestras iglesias a monumentos, si nuestras comunidades se convierten en hogares, si rechazamos unidos los halagos de los poderosos, entonces seremos la generación de la aurora. María, Estrella de la mañana, caminará siempre delante de nosotros. En su Hijo contemplaremos y serviremos a una humanidad magnífica, transformada no por delirios de omnipotencia, sino por el Dios que se hizo carne por amor.

Epifanía. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy es la Solemnidad de la Epifanía del Señor, un día muy especial dentro del tiempo de Navidad, y es que celebramos cómo Dios se manifestó a todos los pueblos de la Tierra. Esto es lo que de algún modo simbolizan los Magos; que Dios ha venido para todos, los de mayor edad o menos, los tez oscura o clara, los de lengua conocida o desconocida... Y algún día esperamos que se haga verdad las palabras del Salmista y que se postren ante Él ''todos los pueblos de la tierra''. Pero no por obligación, sumisión o temor, sino por que el mundo crea que sólo Jesucristo es nuestro camino, que es Dios mismo quien nos lo ha enviado y qué, únicamente, en su Reino no habrá llanto, ni luto ni dolor. En estos días de Navidad el símbolo de la estrella ocupa un lugar especial: la colocamos en lo más alto de los árboles, en el nacimiento, en la decoración de nuestras casas y calles... Y es que la estrella es la que siguieron los Magos y que les llevó hasta el Salvador. 

Esta liturgia es muy antigua, pues la Iglesia hizo suya esta verdad de cómo Dios se nos reveló en tres detalles muy concretos de su vida, el primero éste de su más tierna infancia, después tras treinta años de vida oculta en Nazaret su bautismo en el Jordán, y en los primeros días de su vida pública en el milagro del agua convertida en vida en las bodas de Canaá. En nuestra Patria esta es una jornada muy especial: Se celebra la Pascua Militar. En otros países del mundo hoy es un día laborable, pero en España el 6 de enero la consideramos la fiesta de los Santos Reyes, el día de los niños y un día familiar por antonomasia. Esto tiene su lado negativo y positivo: negativo si nos quedamos tan sólo en que hoy es un día de "los reyes magos", regalos nada más; el lado positivo es si a este lado más propio de la infancia, los adultos nos sabemos preguntar: ¿A quién busco yo? ¿Está la búsqueda de la santidad en mi carta a los Reyes? ¿Tengo a Cristo por Rey de mi vida, a quien verdaderamente venero?...

El tiempo de Navidad debe cambiar nuestra percepción de Dios; nosotros ya no podemos decir que es una incógnita, que desconocemos si "hay algo", o poner en duda su justicia. Él ha roto el muro que nos separaba, y ha venido a nosotros, no como juez justiciero, sino como niño tierno y dulce ante el que se nos cae la baba... Lo desconocido nos asusta y nos produce rechazo, por eso el Señor ha querido dejar de ser abstracto a nuestro ojos y volverse visible y concreto llegando como nosotros. Abramos nuestro corazón a la bondad y a la verdad del Señor que ha tomado nuestra carne y se nos da a conocer. Y he aquí la profecía de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura y que bien describe la escena que en este día contemplamos: ''Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora''. También nosotros somos caminantes, peregrinos, mendigos de respuestas... Estos Magos, astrónomos o sabios, eran ante todo ésto: buscadores, no de algo material, sino de lo más grande y que da sentido a todo: ¡al esperado! Al Mesías que habría de venir a unir cielo y tierra... Podemos y debemos pedirle al Señor en esta solemnidad de la Epifanía que seamos capaces de ver la luz, de ver su luz. Pues vivir a la luz de Dios implica dos realidades, por un lado estar lejos de la oscuridad del pecado y, por otra, no habitar en tinieblas. El salmo 35 dice: ''tu luz Señor nos hace ver la luz''... A esto nos referimos: vivir en la luz de Dios no es únicamente alejarnos del pecado, sino también ser capaces de ver tanto bueno que hay a nuestro alrededor y que no siempre logramos ver. 

Hay otro tema muy presente en la liturgia de la palabra de este día, como es la cuestión de los gentiles. San Pablo es muy explícito en su carta a los Efesios: ''Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor de vosotros, los gentiles. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos''. Claro; el evangelio de hoy nos pone de relieve que el Mesías nace en Belén de Judea, y quienes se presentan interesados en ir a verle, adorarle y llevarle regalos no son sus parientes cercanos o sus paisanos; no es su pueblo, no son judíos los que van a postrarse ante el recién nacido, sino tres "gentiles". Así Jesús vino a los suyos, al pueblo que llevaba siglos clamando y rogando su venida, y cuando llega, los suyos no le reciben. Los tres Magos representan precisamente ésto. Las primicias de toda nación que sabe reconocer al Señor, aceptar su evangelio y, por ende, su salvación. 

En este día concluye también el Jubileo de 2025 con el cierre de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro del Vaticano. Pedimos por los frutos de este año de gracia, para que sigamos cultivando la esperanza cristiana en nuestros días. Han sido más de 33 millones de católicos los que han peregrinado a Roma en este año jubilar; ojalá sean muchos los corazones tocados y convertidos por la gracia en este tiempo. De forma especial oramos por el Papa León XIV, a quien esperamos ver pronto como peregrino en nuestro suelo Patrio, tierra de María, como anticipó su antecesor, San Juan Pablo II. 

Evangelio de la Solemnidad de la Epifanía del Señor

Lectura del santo evangelio según san Mateo 2, 1-12

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:
«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.

Ellos le contestaron:
«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:
“Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres ni mucho menos la última
de las poblaciones de Judá,
pues de ti saldrá un jefe
que pastoreará a mi pueblo Israel”».

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:
«Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.

Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

Palabra del Señor

lunes, 5 de enero de 2026

La tradición de bendecir el hogar en la fiesta de la Epifanía

(Infovaticana) Con la solemnidad de la Epifanía del Señor, la Iglesia recuerda la manifestación de Cristo a las naciones, representadas en los Magos de Oriente que acudieron a Belén para adorar al Niño Dios. En este contexto litúrgico, se mantiene viva una antigua costumbre católica: la bendición del hogar mediante la inscripción de las letras C, M y B junto con el año en la puerta principal de la casa.

No es infrecuente encontrar, especialmente en países de tradición católica, una serie de letras y números escritos con tiza sobre los dinteles de las puertas. Lejos de ser un adorno o una fórmula arbitraria, este signo encierra un profundo significado espiritual. En el año 2026, la inscripción correspondiente es:

20 + C + M + B + 26

Las letras C, M y B remiten, por un lado, a los nombres tradicionales de los tres Magos: Caspar, Melchor y Baltasar. Pero, además, poseen un sentido propiamente cristiano más profundo, ya que corresponden a la expresión latina Christus mansionem benedicat, es decir: «Que Cristo bendiga esta casa».

La práctica de bendecir el hogar en la Epifanía es una forma concreta de reconocer públicamente el señorío de Cristo sobre la vida familiar y de encomendar la casa y a quienes la habitan a la protección divina al comienzo del año. Por este motivo, muchas parroquias facilitan a los fieles los elementos necesarios —tiza, agua bendita y el texto de las oraciones— para que cada familia pueda realizar la bendición en su propio hogar.

La bendición del hogar en esta fecha es una tradición particularmente arraigada en Polonia y otros países de Europa del Este, pero con el paso del tiempo se ha difundido ampliamente y ha ido recuperando presencia también en otros lugares, donde cada vez más familias católicas la practican.
El rito de la bendición del hogar

Todos los miembros de la familia se reúnen ante la puerta principal de la casa y hacen la señal de la cruz. Luego se pronuncia esta oración:

Monitor: Paz a esta casa.

Todos: Y a todos los que la habitan.

Monitor: Desde Oriente llegaron los Reyes Magos a Belén a adorar al Señor, y abriendo sus tesoros ofrecieron dones preciosos: oro para el gran Rey, incienso para el verdadero Dios, y mirra como símbolo de su sepultura.

Todos ingresan a la casa y leen el Magníficat, el himno de alabanza de la Virgen María tras el saludo a su prima Isabel. En ese momento se asperja la puerta con agua bendita. Después de ello, se continúa:

Todos: Desde Oriente llegaron los Reyes Magos a Belén a adorar al Señor, y abriendo sus tesoros ofrecieron dones preciosos: oro para el gran Rey, incienso para el verdadero Dios, y mirra como símbolo de su sepultura.

Monitor: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en tentación…

Todos: Y líbranos del mal.

Monitor: Todos los de Saba vendrán.

Todos: Trayendo oro e incienso.

Monitor: Oh Señor, escucha mi oración.

Todos: Y que mi clamor llegue a Ti.

Monitor: Oh Dios, que con la guía de una estrella manifestaste en este día a tu Hijo unigénito a los gentiles, concede misericordiosamente que los que te conocemos por fe también alcancemos la visión de tu gloriosa majestad. Por Cristo, nuestro Señor.

Todos: Amén.

Monitor: Ilumínate, ilumínate, oh Jerusalén, porque ha venido tu luz, y la gloria del Señor ha surgido sobre ti: Jesucristo, nacido de la Virgen María.

Todos: Y los gentiles caminarán en tu luz y los reyes en el esplendor de tu ascenso, y la gloria del Señor ha surgido sobre ti.

Monitor: Oremos. Bendice, oh Señor Dios Todopoderoso, este hogar, para que en él haya salud, pureza, la fuerza de victoria, humildad, bondad y misericordia, el cumplimiento de tu ley, la acción de gracias a Dios Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Y que esta bendición permanezca sobre este hogar y sobre todos los que habitan en él. Por Cristo, nuestro Señor.

Todos: Amén.

Después de la oración, se camina por la casa asperjando agua bendita en cada habitación. Luego se escriben las letras C, M, B unidas por cruces, en la puerta principal, flanqueadas por los números del año.

La Fundación DeClausura lanza su segunda campaña para que 80 monasterios «no pasen tanto frío»

(InfoCatólica) La Fundación DeClausura ha puesto en marcha por segundo año consecutivo la campaña «Que no pasen tanto frío», una iniciativa solidaria que busca recaudar 100.000 euros durante el mes de enero para ayudar a 80 monasterios y conventos de toda España a hacer frente a los gastos de calefacción durante los meses más duros del invierno.

España continúa siendo «la reserva espiritual de Europa»: a pesar de la crisis vocacional, nuestro país alberga cerca de un tercio de los monasterios de clausura de todo el mundo (25-30%), según datos de la Conferencia Episcopal.

Edificios históricos con graves problemas de climatización

Los conventos y monasterios españoles presentan características arquitectónicas que hacen especialmente difícil su climatización. Muros espesísimos de piedra vista, ventanales muy finos sin aislamiento y techos altos como catedrales conforman la combinación perfecta para que resulte casi imposible calentar las estancias donde residen centenares de monjas, muchas de ellas de avanzada edad.

«Pasillos, refectorios, salas de trabajo, capillas, celdas, salas de estudio permanecen durante meses a temperaturas muy bajas», explican desde la fundación. A estas deficiencias estructurales se suman problemas continuos de humedad y ventanas antiguas de un solo cristal que agravan la situación.

Sistemas de calefacción precarios y decisiones difíciles

Las comunidades contemplativas recurren a sistemas de calefacción anticuados y poco eficientes por ser lo único que pueden permitirse económicamente. Algunas disponen únicamente de estufas de propano o butano, mientras que otras utilizan gasóleo almacenado en grandes depósitos que deben rellenarse varias veces al año. Solo unas pocas comunidades, situadas en ciudades, tienen acceso al gas natural canalizado. En algunos casos se emplean estufas o calderas de pellets o, todavía hoy, estufas de leña.

«Muchas comunidades contemplativas evitan encender la calefacción para reducir gastos. El frío que soportan es difícil de imaginar y puede afectar seriamente a su salud», aseguran desde DeClausura. Durante el invierno, el gasto de la calefacción se suma a otros costes inevitables como el mantenimiento, las reparaciones y los arreglos necesarios, por lo que la decisión suele ser siempre la misma: reducir el único gasto «evitable», encendiendo la calefacción lo mínimo posible.

Muchas celdas o habitaciones no cuentan con radiadores ni con ningún sistema de calefacción, salvo las de las hermanas mayores o enfermas. Como resumen gráfico de esta situación, algunas comunidades lo expresan con claridad: «El convento es como una nevera».

Limitaciones del mercado energético

Las comunidades monásticas enfrentan una desventaja adicional al no poder acogerse al mercado regulado de luz o gas, reservado a hogares o pequeñas empresas con baja potencia contratada. Sus gastos energéticos se suman a otros costes fijos de su vida diaria, como la Seguridad Social, la alimentación o el mantenimiento de edificios y maquinaria.

Impacto directo en la salud

Pasar frío de forma continuada tiene consecuencias directas en la salud de las religiosas. En los monasterios son frecuentes las enfermedades respiratorias como gripes, catarros, bronquitis o pulmonías, así como los problemas en huesos, articulaciones y piel, entre ellos artritis, osteoporosis o sabañones.

Resultados de la primera edición

El año pasado, en la primera edición de esta campaña de micromecenazgo, la fundación logró alcanzar los 68.500 euros, que permitieron ayudar a 64 comunidades contemplativas, lo que supuso una ayuda media de 1.070 euros por convento.

La campaña impulsada por la Fundación DeClausura no pretende eliminar completamente el frío, algo imposible en muchos de los monasterios, pero sí aliviarlo. Se trata de una ayuda que puede marcar la diferencia en la calidad de vida de monjas y monjes durante los meses más duros del año.

La Fundación DeClausura es una entidad sin ánimo de lucro al servicio de las comunidades monásticas de España, donde se concentra el mayor número de cenobios del mundo.

Una vieja novedad a estrenar. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O.F.M.

Nos lo hemos vuelto a decir: feliz año nuevo. Tal vez seamos ilusos y no tanto ilusionados, cuando pensamos que podemos estrenar desde cero algo que no comienza en este deseo, sino que tiene una continuidad implacable y amplia de aquello que veníamos haciendo y diciendo hasta el anteayer de nuestro más próximo pasado. Pero es sincera esta expresión, porque indica precisamente lo que en el corazón nos anida, con la convicción despierta de que un mundo mejor es posible, y que también se pueden superar los atolladeros y encontrar solución a los callejones sin salida. Habrá cosas que nos seguirán acompañando, como la herencia reciente de lo que nos rodeaba a fin de año: las cosas hermosas que apuntan maneras con todas sus posibilidades, y no sólo las cosas ingratas que nos entristecen y desafían. Y así vamos poco a poco escribiendo en el tram-tram de cada día, la historia inconclusa que, en medio de nuestros renglones torcidos, con nuestras páginas en blanco, e incluso con la más apasionada y bella caligrafía, contamos y cantamos tratando de hacer el bien y sembrar la paz, buscando la gloria de Dios y la bendición para los hermanos.

Ya hicimos el recuento de cuanto durante los meses que nos quedan en el ayer de nuestras espaldas nos sucedió día tras día. Y podemos decir que tantas cosas han quedado escritas en el tablón de nuestra memoria, sabiendo que no pocas de ellas fueron una sorpresa que no tuvieron el decoro de avisarnos de su llegada. Pero acontecieron, como quien se cuela en la vida con la frescura de su imprevista llamada dejándonos su fugaz enojo malencarado o su siempre graciosa esperanza.

La vida sigue con sus derroteros, y ahí seguimos siendo peregrinos de la esperanza que no defrauda jamás con todos los desafíos que tenemos por delante cuando pensamos en el acompañamiento de los niños y los jóvenes, en la cercanía a las familias y el apoyo a los enfermos con sus situaciones y los pobres con todos sus rostros, el reto de seguir formando a nuestros numerosos seminaristas y de soñar con la vocación misionera de nuestra comunidad diocesana en tierras lejanas a las que llevar el Evangelio, como es nuestro deseo. Por este motivo pasamos la página de estos meses, dejamos en las manos de Dios lo que vivimos con premura y agitados, o con serenidad y calma, para continuar luego escribiendo nuestra historia inacabada. Con aquellos que el Señor puso a nuestro lado, en medio de las encomiendas que la divina Providencia nos confía, seguimos nuestro relato de la vida. Habrá contradicciones y borrones, habrá apagones y sobresaltos, pero también la humilde escritura del libro de la vida con su ilusión y su confianza.

Debemos estrenar algo que de suyo sea eterno como eterno es Dios: el viejo sueño de felicidad para el que todos hemos sido creados. Es una extraña paradoja esa de estrenar lo que es eterno, pero así nos lo demanda lo mejor y más verdadero de nosotros mismos. Muchas veces el estreno más hermoso es el de volver a tomar lo que torpemente hemos abandonado; o el de volver a ilusionarnos con lo que una vez llenó de luz y de color nuestros ojos; o el de pedir perdón y saber ofrecerlo, poniendo fin a cuitas y enfados; o estrenar el amor y desempolvar la fe, tan amenazados ambos por la cultura de la caducidad al uso. Tenemos una cita grande para pedir también a Dios algo tan bello y necesario como el regalo de la Paz. Sabemos que habrá trincheras bélicas, maquinaciones terroristas y violencias domésticas que jamás entrarán en la fiesta de los hombres ni en la que nos ofrece Dios. Se trata de pedir al Señor la verdadera Paz, la Paz con mayúsculas, y pedírsela también desde el compromiso concreto y cotidiano de hacernos nosotros instrumentos de ella para que, en el trozo de tierra y de vida que a diario habitamos, pueda verse y gozarse esa Paz que sabe a lo que sabe Dios. Feliz año nuevo.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

''Hemos contemplado su gloria''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Nos reunimos en torno al altar del Señor en este domingo II ya del Tiempo de Navidad. El misterio de Dios hecho carne es tan grande que siempre son pocos días para profundizar en este misterio que sólo se comprende desde el amor. Las lecturas de hoy centran su atención en la Palabra, y es que Dios al encarnarse y venir al mundo lo cambia todo. Vemos que para los judíos era una blasfemia nombrar a Yahvé; tenían tal respeto por su nombre que lo consideraban impronunciable. Con la encarnación del Verbo, al habitar entre nosotros, lo sentimos como un Dios que cumple su palabra, cuyo nombre ya es pronunciable. Éste día 3 de enero hemos celebrado el Santísimo Nombre de Jesús, el nombre-sobre-todo-nombre, y es que en Cristo Dios se hizo hermano nuestro.

En la carta a los cristianos de Éfeso, San Pablo les pide y nos pide "espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo". Este himno nos recuerda cómo es el Creador el que toma la iniciativa. Él nos elige, predestina, redime... Y por medio de Cristo nos viene la gracia, el perdón y la herencia eterna. Ahora está en nuestra mano acoger o despreciar estos regalos impagables que el Enmanuel nos da. Estamos aún a tiempo de aprovechar para vivir esta Navidad como el Señor espera y quiere que la vivamos, derribando muros y construyendo puentes. Vaciando nuestro corazón y nuestra vida de tanto que le sobra y que no nos hace bien, y que le impiden a Jesús nacer cada día en nosotros.

En la primera lectura del libro del Eclesiástico anuncia lo que vemos cumplido en estos días: "El Creador del universo me dio una orden, el que me había creado estableció mi morada y me dijo Pon tu tienda en Jacob y tu heredad en Israel". Qué dicha que quien es la Vida quisiera vivir entre nosotros, poner su casa entre nuestras casas, con la paradoja de que nos dio más vida muriendo que naciendo. Aunque para morir y resucitar, debía nacer primero. Le reconocemos como la Sabiduría eterna que estaba ya junto a Dios desde siempre... El prólogo de San Juan en el evangelio de hoy vuelve de nuevo a interpelarnos en su explicación del Verbo. El primer domingo de Navidad siempre centra la atención en la Sagrada Familia; en este segundo domingo volvemos a fijarnos en el Enmanuel. 

De los textos del evangelio sobre la natividad del Señor tenemos estos dos modelos tan diferentes: los que nos relatan el nacimiento de forma tan sencilla y plástica, como por ejemplo hace San Lucas, o este otro formato que es un relato más teológico, menos nítido, pero más profundo. Todos preferimos que nos den las cosas hechas, como cuando llega la hora de la cena y todo el mundo quiere los langostinos pelados. Pero aquí lo interesante es que nos sumerjamos en el texto joánico que de entrada puede parecernos un trabalenguas, pero nos dice mucho más que las descripciones de los sinópticos. Una pregunta a la luz de este evangelio sería ésta: ¿Y quién es para mí el Verbo hecho carne?... Un pretexto para comer turrón y tirar la casa por la ventana, o realmente quiero para mí ver en ese niño de la cuna la Palabra sobre toda palabra. La Navidad nos permite descubrir que Dios quiso tener doble domicilio, que no se quiso quedar en un cielo lejano, ausente ni distante a nosotros, sino que quiso hacerse paisano, vecino, amigo...  Vivir la Navidad es acoger esa cercanía del Señor para llevarla a los demás, especialmente a los que están más lejos estando tan al lado.

Quisiera también tener un recuerdo para el querido pueblo de Venezuela, que vive horas de incertidumbre ante su futuro. Oramos para que reine la paz en esa bella tierra; oramos por todos los venezolanos, los que están en el país y los que se reparten por el mundo entero. Por tantos que han tenido que salir huyendo de un país con tanta riqueza, y que la tiranía de los necios ha sumido en la más absoluta pobreza. No sé si es momento de festejar nada; quizás lo que más debería ocuparnos ahora es la oración por una paz tan necesaria en el mundo, y que "el pueblo que caminaba en tinieblas les brille también una luz grande"... Encomendamos a Venezuela a Nuestra Señora de Coromoto y a San José Gregorio Hernández.

sábado, 3 de enero de 2026

Christopher Hartley: «La Iglesia se ha dedicado mucho a lo social y ha dejado de anunciar a Cristo»

(Rel.) El misionero no quiso prolongarlo. En cuanto le fue posible, inició una investigación buscando “lo más pobre y terrible” de México para llevar el Evangelio. Finalmente, Sosa Arriaga, obispo de la Diócesis de Tlapa (Guerrero) desde 2013, le encomendó la evangelización de Arroyo Prieto.

Se trata de un lugar sin presencia de la Iglesia, compuesto por más de 160 pueblos que atendió solo desde su llegada en 2023, hasta que su conocido y amigo, el arzobispo Sanz Montes, visitó su misión y envió unos religiosos misioneros que colaboran con la Fundación Misión de la Misericordia.
"Un lugar que no recomendaría a nadie"

“Es una zona terriblemente peligrosa. Los secuestros, asaltos y asesinatos son frecuentes. No es un secreto para nadie, es como está todo México. No hay policía ni fuerzas del orden y no existe más ley que la del más fuerte o la del más violento. Es muy peligroso”, remarca Hartley, que admite que ni él mismo iría de no ser sacerdote.

“No es un sitio que recomendaría a nadie que tenga familia, ni siquiera para ayudar, a menos que sea consciente del riesgo de muerte”, advierte.

En la citada quinta carta desde Sierra Madre, Hartley celebra el aumento de sagrarios donde poder celebrar en su región, desde Arroyo Prieto hasta El Coyul o San Pedro el Viejo. También anuncia puntualmente los avances de su proyecto en marcha, la casa de Joya Real, para el que ya cuentan con 63.000 de los 130.000 euros presupuestados que le permitirán atender a decenas de pueblos y comunidades.

Las urgencias de la misión

El misionero lo describe como un pueblo grande con cientos de niños, con educación preescolar, primaria, secundaria y bachillerato.

“Hay una labor enorme que hacer con los niños y la juventud”, comenta, “gentes perdidas, desorientadas, que no conocen a Jesucristo, terriblemente alcoholizadas, la mayoría no ha recibido los sacramentos… Necesitamos con urgencia más evangelizadores, sacerdotes, religiosas, misioneros laicos que quieran venir a perder la vida por el Reino, por amor a estas gentes que no saben que son amadas hasta la locura”.

Junto con la necesidad de nuevos misioneros, el sacerdote observa un arraigado sincretismo entre la población a él encomendada.

Hartley no exagera al describir el panteón, en el que “lo mismo es el dios de la lluvia que el Corazón de Jesús”, y donde “Jesucristo no es rey de reyes, sino un santo más al que se reza”.

También está la barrera del idioma, ya que la gran parte de la población, de etnia mixteca, no habla nada o casi nada de español, su idioma es el mixteco y solo algunos son capaces de entender español. [NdR: Según el INALI, Instituto Nacional de Lenguas Indígenas de México, el mixteco cuenta con cerca de 500.000 hablantes, ubicados en 23 municipios de Guerrero, 141 de Oaxaca y 8 de Puebla.]

Con todo, agrega, “siempre podemos hacernos entender”, ya sea gracias a traductores jóvenes o a homilías traducidas cada domingo.

La amenaza más grave, que Dios no es amor

Para Hartley, la amenaza más espantosa y la urgencia más acuciante es, sin embargo, que, para la población, la palabra `amor´ no está relacionada a la fe o la religión.

“Dios no es amor. No es que lo nieguen, es que no lo saben. Por eso se ofrecen sacrificios a su dios. Tienen que aplacarle, temerle y pedirle. Incluso usan a Dios pidiéndole que haga daño. No es infrecuente que venga alguien a pedir una misa para que Dios le de a sus enemigos `lo que se merecen´”.
El sacerdote asegura que todo ello, lejos de ser por maldad, es, sobre todo, porque nunca han sido evangelizados.

La pregunta, dice, “no es por qué son así, sino dónde estaba la Iglesia para que esta gente sea así, por qué no se les ha anunciado el Evangelio. Ellos mismos me dicen: `Si todo esto es verdad, porque la Iglesia ha tardado tanto en venir a contarlo´. El dedo nos señala a nosotros. Por supuesto que las estructuras del Estado no están presentes, pero tampoco las de la Iglesia”.

En este sentido, el sacerdote misionero lamenta una acusada contradicción que podría darse en algunos lugares: “No conozco una parroquia de gente rica que no tenga sacerdote, pero aquí, millones de personas esperan que venga alguien”.

Optimizando la evangelización: menos, pero más eficaces

En su caso, no solo pretende tapar dicho vacío, sino que su labor evangelizadora se encuentra en constante definición. En la misma carta, anuncia que algunas de sus modificaciones de cara al próximo año será la de grupos más pequeños de evangelización. En lugar de diez voluntarios que se trasladen de la misión a los pueblos, ahora dos o tres se irán a vivir a las propias casas de los autóctonos.

“Es una cuestión práctica. Se pierde mucho tiempo en ir y venir. Esto se trata de vivir más `en precario´, buscar una habitación, linternas, latas de conserva, un plato y poco más. Viviendo con ellos se les conoce mejor y no se pierde un minuto en ir y venir. Así se da mayor fruto evangelizador y menos gasto”.

Se trata de una práctica que Hartley puede poner en práctica al ser conocedor de la entrega y generosidad de los pueblos a los que evangelizan. “Dan incluso lo que no tienen. Es muy tierno que, cuando se va de dos en dos [voluntarios] es la misma gente la que les da de comer, comparten su comida, sus tortillas, sus frijoles y maíz. Son los pobres los que dan”.

Algo especialmente llamativo si se tiene en cuenta que, como explica Hartley, muchos de los mixtecos “no saben ni lo que es tener”. “Algunos me dicen: `Padre, deme algo´. Al preguntarle qué quieren, le responden: `Lo que quieras. No tengo nada´”.

Las iglesias evangélicas, al alza: los motivos

Preguntado por el fenómeno al alza del protestantismo en Hispanoamérica, admite que también en su región, de las más pobres del país, se asiste al surgimiento de pequeñas iglesias evangélicas. “Donde yo vivo son pequeñas, pero van aumentando”.

Preguntado por los motivos, apunta a la propia “ausencia de la Iglesia católica”, seguido de la corrupción que aprecia en las propias estructuras católicas.

En tercer lugar, dice, “la Iglesia en México, como en muchos países de Hispanoamérica, se ha dedicado mucho a lo social y ha dejado de anunciar a Jesucristo”.

“Los sacerdotes están entretenidos con cuestiones humanitarias como si la Iglesia fuera una ONG. En cambio, estas iglesias [evangélicas] se dedican a hablar de Jesucristo, la Biblia, el amor de Dios y la salvación”, admite.

¿Inculturar el Evangelio o evangelizar la cultura?

El sacerdote contempla como algo irónico el hecho de secundar algunas de las razones que los mismos evangélicos emplean a la hora de hablar de la Iglesia.

Por ejemplo, la de una población alcoholizada 

“La Iglesia no dice nada. Donde yo vivo, la cerveza se almacena dentro de las iglesias. Los protestantes lo critican y los párrocos lo permiten por el mito de la cultura y de respetar sus costumbres. La demagogia está en que se habla de inculturación del Evangelio, pero no se habla de la evangelización de la cultura. ¿Si lo hacemos nosotros, es un vicio, pero si lo hacen ellos, es cultura?”, plantea.

Necrológica

Ha fallecido en Oviedo el P. Luis Alberto Gonzalo Díez C.M.F.

Misionero del Inmaculado Corazón de María "Claretiano". 

Nacido en Bembibre, Provincia de León y Diócesis de Astorga el 21 de septiembre de 1964

Ingresó muy joven en la Congregación Claretiana. Recibió la ordenación sacerdotal en 1990. 

Licenciado en Estudios Eclesiásticos, UPSA 1989. Cursa materias de la especialidad de Espiritualidad en la Universidad Pontificia de Comillas de Madrid durante los cursos (1989-1991). Licenciado en Teología de la Vida Religiosa en el Instituto Teológico de Vida Religiosa de Madrid (1991). Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca (2018).

Encomiendas: 

Docencia en enseñanzas medias (1991-2000)

Presidente de CONFER de Tuy-Vigo (1994-1998)

Miembro de la Escuela de Formadores de la Congregación Claretiana (1997 - 2003)

Responsable de pastoral en Colegio Corazón de María de Zamora (1998-2000)

Prefecto provincial de Pastoral Juvenil Vocacional (1998-2003)

Superior Provincial de los Misioneros Claretianos Provincia Claretiana de León (2003-2007)
*Fue el último superior provincial de la Provincia de León.

Destinado en la Comunidad del Buen Suceso de Madrid (Desde 2007)

Director de la revista «Vida Religiosa» (2008 – 2023)

Profesor de Teología de la Consagración (2008–2025) 

Profesor de Fundamentación Pneumatológica de la Vida Consagrada (2008 – 2020) en el Bienio de Licenciatura del ITVR y de Teología de la Comunidad en la ERA

Profesor ordinario del ITVR (2015).

Algunas de sus Publicaciones:

«El diseño de la comunidad postcovid», Vida Religiosa 130 (2021) 1-110.

«Es el momento de celebrar Capítulos para la vida y no para los proyectos», Vida Religiosa 128 (2020) 1-110.

«Cuando la Vida Religiosa se deja interpelar: los jóvenes», Vida Religiosa 126 (2019) 1-110.

«Nuevo paradigma organizativo de la comunidad: proceso, liderazgo, autogestión», Vida Religiosa 126 (2019) 1-110.

El fenómeno comunitario de la vida consagrada: Hacia un nuevo paradigma de reorganización, Perpetuo Socorro, Madrid 2019.

Presente, memoria, porvenir: Soñar y diseñar la vida consagrada del siglo XXI. Simposio teológico. Revista Vida Religiosa. 75 aniversario, Publicaciones Claretianas, Madrid 2019.

«Desatar un proceso que recupere y reorganice la comunidad como organismo vivo», Vida Religiosa 126 (2019), p. 119-142

«La generación "Z" personaliza que Cristo vive», Vida Religiosa 126 (2019) 231-244.

Amanece, que es mucho: normalidad y profecía de la vida consagrada en el siglo XXI, Perpetuo Socorro, Madrid 2016.

«Otra vida religiosa es necesaria», Vida Consagrada  (2013) 231-252

En estos últimos años se dedicó a la docencia, el estudio y el acompañamiento de la vida consagrada. Dedicó especial atención a los campos de La comunidad religiosa así como Gobierno y liderazgo en la vida consagrada. Dedicó muchas horas de su ministerio a conferencias, retiros y acompañamiento espiritual de capítulos generales de numerosas congregaciones. 

Ha sido llamado a la casa del Padre sin avisar en el anochecer del 2 de enero en Oviedo al sufrir un infarto en el domicilio de su hermano donde pasaba unos días de navidad junto a su familia.

D.E.P.

Funeral de cuerpo presente, en la iglesia parroquial del CORAZÓN DE MARÍA, (Plaza de América) OVIEDO, a las DOCE de la mañana del LUNES, día 5 de enero, y, a continuación, su traslado al Cementerio de El Salvador donde recibirá cristiana sepultura.

Capilla ardiente: Tanatorio El Salvador, Sala 1.

viernes, 2 de enero de 2026

El venerable Don José Rivera y el demonio. Por R. H. M.

La vida del sacerdote Don José Rivera Ramírez, estuvo marcado por muchos matices que vivió de forma ejemplar. Uno de estos fue la lucha contra el maligno, que no le dejó en paz en vida ni parece que se haya rendido aún ya muerto. Es esto algo a reflexionar; lo que le preocupa al príncipe de las tinieblas es que haya santos y, en especial, sacerdotes de la fuerza de atracción espiritual de nuestro Venerable. Ya en vida no le faltaron a Don José sacerdotes, religiosas y laicos que le querían y le tenían por padre espiritual, confesor, amigo, modelo y referente. Pero tampoco le faltaron detractores, perseguidores y enemigos; personas que a menudo desde el desconocimiento fueron instrumento del mal para intentar acabar con la obra espiritual de Don José.

Fueron tales las oleadas de ataques furibundos contra este sacerdote, que no era ni siquiera párroco ni ostentaba cargo distinguido en la diócesis, que su vida ministerial los últimos años se limitó a la dirección espiritual, la confesión, la vida de oración, la penitencia, el estudio, los ejercicios espirituales y los retiros. Y aún así, esa figura de maestro de oración y discernimiento ponía de los nervios a no pocos. Se le acusó de loco, ególatra, de hacer negocio con las limosnas que pedía para sus obras de caridad, etc. Hasta se le llamó la atención en más de una ocasión por diferentes denuncias que al Arzobispado llegaban contra él. Tal es así, que llegó a estar tan cuestionado que hasta se tomaron medidas con él, como por ejemplo la prohibición explícita de no pedir limosnas. Los ataques y calumnias cambiaban, pero el fin último era silenciar y poner fin a las peregrinaciones de almas a él acudían. Don José, tras llevarlo a la oración y reflexionar lo profundamente, pide al Arzobispado permiso para abandonar la diócesis y ser enviado a otra donde no le conocieran ni hiciera "ruido", o incluso a "misiones". Gracias a Dios, Don Marcelo no se lo permitió.

La casa familiar, edificio señorial toledano, fue también una cruz en la vida de Don José, que le ayudó a vivir crucificado. No es que tuviera malos recuerdos de su casa paterna, o que fuera un símbolo de un lugar poco cristiano; en absoluto, fue ese hogar de la calle Santa Isabel 2 un verdadero hospital de campaña, que diría el Papa Francisco. No sólo por que el padre de Don José que era médico tuviera allí su clínica, sino porque todo el que llamaba a esa puerta o acudía a ese lugar pidiendo ayuda era acogido como al mismo Señor. La fama de caritativo de su padre y de mujer de piedad de su madre, marcó aquel lugar. No pocos sacerdotes y religiosos frecuentaban aquella casa, y no eran clérigos amigos de tertulias de café y comidas enjundiosas, sino hombres de Dios, padres de espíritu y modelos de caridad, que encendieron los corazones de aquella familia. Por citar algunos, el recordado Don Eusebio Ortega, Don Sabino Catalán Fraguas o el Beato Pedro Ruiz de los Paños, de cuyo martirio el padre de Don José Rivera fue testigo de algún modo, al ser el último en verle con vida. El hermano mayor de nuestro Venerable, Don Antonio Rivera, será el renombrado ''Ángel del Alcázar'', apóstol de la acción católica que murió a consecuencia de las heridas sufridas en 1936 en los hechos vividos junto a los sublevados. Nunca empuñó un arma, sólo llevó un evangelio y un cilicio, y predicó la paz, la misericordia y el amor en medio de aquella guerra que empezaba. De los cuatro hijos de José Rivera Lema y Carmen Ramírez Grisolía, de las dos hermanas, Carmelina, que profesará como religiosa de clausura, y Ana María, será ésta la que cuide de su hermano sacerdote toda su vida. Por tanto, no hablamos para nada de una casa donde hubiera pecado. Sin embargo, Don José soñaba con vivir la pobreza radical, y hasta logró buscarse una casita pobre y pequeñísima con apenas una habitación, un baño y un espacio para el oratorio. Un sacerdote al que le preocupaba aquel experimento, informó al Cardenal-Arzobispo Don Marcelo, quien le prohibió taxativamente dejar su casa de siempre. De ahí esa frase que el venerable decía con humor cuando alguien le sacaba el tema: ''soy todo lo pobre que me dejan ser''. Él se había ordenado a título patrimonial; de una forma clara aquel edificio estaba muy ligado a su ministerio, pero aquello eran rescoldos del pasado, él quería ser un sacerdote diocesano en plena obediencia a su Obispo. Y la obediencia le impidió dejar su hogar, primero siendo coadjutor de Santo Tomé, y después en los años de atención espiritual a tantas almas, con sus cargos en el Seminario de San Ildefonso y del de vocaciones tardías, Santa Leocadia, promovido por él. 

El demonio le había acosado ya de niño; fue rebelde en todos los sentidos, incluido para la vida espiritual. Le hizo sufrir como preadolescente por su rechazo a asistir a la santa misa, algo que se vivió con dolor entre los suyos. El pequeño José vivió dudas, crisis y, en otras épocas, escrúpulos; más su hermana Carmelina sería uno de sus ángeles de la guarda que le ayudaría a regresar al buen camino. Se alimenta de buena literatura espiritual, de la mística y la poesía religiosa, hasta tal punto que siendo aún adolescente ya conocía al detalle a Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y las obras espirituales de otros santos españoles del Siglo de Oro, como San Juan de Ávila. Así termina en la Universidad Complutense de Madrid estudiando literatura, hasta que cae en la cuenta de que el Señor verdaderamente le llama al sacerdocio. Hay muchos buenos pastores que marcarán en su vida: el P. Nieto, el P. Aldama, D. Manuel Aparici, D. Amado el párroco de Santa Leocadia, D. Anastasio Granados... Hasta fue compañero de curso de Monseñor Gabino Díaz Merchán, quien testificó en el proceso diocesano de su Causa de Beatificación. El demonio también tiene sus astucias para poner trabas en el camino de la santidad de las personas, y esto lo vivió Rivera ya en su piadosa juventud. La exigencia que se puso a sí mismo casi le destruye, como le pasó a tantos santos cuando se pusieron manos a la obra para dejar las cosas del mundo y centrarse sólo en Dios. Tristemente, hay que reconocer que se ha acuñado el concepto de espiritualidad riveriana como algo peyorativo, excesivamente radical y desmedido en la vivencia de la piedad. ¡Nada más lejos de la realidad! Una característica de Don José es la dulzura, la flexibilidad, la propuesta antes que la imposición... A él casi le destruye la vivencia desmedida, ciega y extrema de la obediencia, y esto le obligó a parar en su camino de santidad, sanarse y retomar esta obligación con más sosiego y normalidad, pues le afectó mucho psicológicamente. Desde 1966 hasta 1968 deja Salamanca y se retira en una casa de los Hermanos de San Juan de Dios para reponerse espiritualmente de su agotamiento psicológico, fruto de las exigencias que a sí mismo se imponía. 

Jugó un papel fundamental en la nueva orientación que Don Marcelo dio al Seminario de San Ildefonso tras su pastoral ''Un Seminario nuevo y libre''. El amor de Don Marcelo a la Hermandad Sacerdotal de Operarios Diocesanos fue palpable, pues nunca quiso prescindir de ellos ni retirarles la dirección del Seminario. Sin embargo, era consciente de que era una empresa muy grande la que les pedía, y una figura clave, en especial en el nuevo ambiente espiritual que asumirá el Seminario, será la figura de Don José Rivera, que el Arzobispo reclama para este fin en 1975. Hay quienes apuntan que gran parte del cambio, del éxito de la dirección tomada por Don Marcelo en el seminario toledano fue el haber reclamado el retorno de Rivera a Toledo, el cual atesoraba a sus espaldas 18 años de director espiritual primero en Salamanca, en el colegio de Santiago (después llamado de El Salvador) y luego en el colegio "Hispano", llamado luego de Guadalupe. Cuando Don José es reclamado por Don Marcelo estaba de director espiritual en el seminario diocesano de palentino, donde llevaba desde 1970. No faltaron críticas a aquella decisión del Arzobispo; el maligno estaba muy feliz viendo el seminario toledano casi vacío, y el retorno de Rivera a la Ciudad Imperial aceleró el cambio de las tornas, y que un edificio casi vacío se quedara pequeño... 

Los últimos meses de vida de Don José estuvieron marcados por la cruz, el silencio, la inactividad forzada (parecía que el demonio -no faltó éste tratando de salirse con la suya- había triunfado incluso en la enfermedad y en últimos días de vida de Rivera). El infarto que sufrió el 13 de marzo de 1991 a sus 65 años de edad, fue el comienzo del fin. Ingresado en el hospital de Nuestra Señora de la Salud de Toledo, el demonio le quitaba todo sosiego. En su cabeza muchas preocupaciones: las deudas que tenía, sus documentos que no había destruido, pero lo que más le angustiaba era verse a las puertas de la muerte y estar tan lejos de la santidad. Sufrió mucho, aunque la primera visita de Don Demetrio Fernández -entonces Rector del Seminario de Santa Leocadia- le dio bastante paz, pues le aseguró que diera sus deudas por saldadas y, respecto a su angustia de que Dios no le podía llevar sin haber hecho su obra en él, Don Demetrio le respondió con una frase suya: “Dios le puede conceder esa santidad, tanto tiempo esperada, en un instante”. Su muerte no supuso que el maligno claudicara en su labor contra este hombre de Dios, aunque hubo personas que reaccionaron a su muerte reconocieron que habían sido injustos, que le habían impuesto sufrimientos innecesarios y que se habían equivocado en sus juicios. 

La reacción de la ciudad y la Diócesis fue histórica, especialmente la reacción de los pobres y de sus queridos gitanos, que portaron su féretro. Ya siendo seminarista frecuentaba con su madre las cuevas del río; los pobres fueron siempre su pasión principal. Inolvidable aquella pintada en una pared el día de su funeral: ''San José Rivera, el santo de los gitanos''. Ya en la misa funeral se pidió la apertura de la Causa llegado el momento, beatificación que puso en marcha el arzobispo de Toledo Don Francisco Álvarez Martínez el 21 de noviembre de 1998, siendo clausurada dicha fase diocesana el 21 de octubre del 2000. El 30 de septiembre de 2015 José Rivera fue declarado Venerable por la Iglesia Católica. Su cuerpo, como él había pedido, se donó a la Facultad de Medicina de Madrid. Ese sentido de despojamiento total lo cumplió hasta en eso. La fama de santidad llegó a la Facultad de Medicina, hasta el punto que nunca se atrevieron a tocarlo. Enterados de esto en la Diócesis, el Cardenal-Arzobispo Don Marcelo, solicitó su cuerpo. El 24 de marzo de 1994 recibió cristiana sepultura en la iglesia de San Bartolomé, en la capilla del Seminario Mayor Diocesano para Adultos de Santa Leocadia. Para algunos también el maligno hizo las suyas aquí, pues el templo al quedar sin culto regular se convirtió en una dificultad para los fieles poder acceder a su sepulcro. 

Respecto a sus escritos él había pedido la destrucción de todos, salvando únicamente lo que pudiera ser de provecho. Don Marcelo vio la solución: ''como todo va ser de provecho, que no se destruya nada''. El príncipe de la mentira sigue queriendo hacer de las suyas, Don José sigue alejando muchas almas de sus garras, y eso no lo perdona... 

Gracias Don José, por seguir siendo maestro de espíritu desde el cielo. 

jueves, 1 de enero de 2026

Maternidad de Santa María. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Con la celebración de este día concluimos la Octava de Navidad. Todos los años me gusta recalcar esto; no es misa ni fiesta de "año nuevo", los cristianos ya hemos entrenado nuestro propio año con el domingo primero de Adviento. Pero viene muy bien esta coincidencia para iniciar el nuevo año civil de la mano de María, que siempre nos lleva a su Hijo. Cuando veáis un cartel a la puerta de un templo que ponga "1º de enero: misa de año nuevo", tienen que saltar las alarmas de la liturgia. Eso lo ha tenido que poner alguien que no se entera de nada. Nosotros, hoy celebramos exactámente lo que nos dice San Pablo en su carta a los Gálatas: "Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley". María y José, a los ocho días de nacer Jesús le llevan a circuncidar, por eso dice el Apóstol con gran sentido "nacido bajo la ley"; no sólo este detalle nos sirve hoy para pensar en el sentido de saber que cumplían con la ley judía, sino que ya estando en el vientre de su madre, ante el decreto de Roma para el censo, también se trasladan y se someten a la ley, por lo que Cristo, de algún modo, nació fiel a la ley civil y religiosa de su tiempo, lo que nos revela la fidelidad de sus padres en el cumplimiento de toda norma. El evangelio de hoy también incide en esto: ''Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el Ángel antes de su concepción''.

A veces se afirman cosas que no corresponden con el sentido verdadero de la navidad: los hay que dicen que la navidad es sólo motivo de fiesta por ser el cumpleaños del antisistema, libertario y revolucionario más grande de la historia: ¡Qué tristeza quedarse con una visión ideologizada de la figura, vida y mensaje de nuestro Redentor!... Él, siendo libre, se hizo esclavo, para liberarnos con su esclavitud. No vino a abolir la ley y los profetas, sino a darles plenitud. No vino a terminar con lo religioso, sino a convertir en carne lo que era piedra, a dar corazón, sentido, hondura y horizonte a la condición humana. Dios no hace un carnaval aquella primera navidad de la historia, no se disfraza de hombre, sino que se encarna en nuestra propia carne. Esto es algo muy grande: tomar conciencia de que nuestro Dios quiso pasar por uno de tantos, experimentar la fatiga, los dolores, las decepciones, las calumnias, las penas etc. Qué grande es nuestro Dios que no nos salva con un mando a distancia o con una orden desde el cielo, sino que viene vulnerable y en pañales para irse también crucificado, y prácticamente desnudo. Podía haberlo hecho de otra manera, pero lo hizo así. San Ireneo de Lyon argumenta un principio teológico clave para entender este actuar del Creador: "sólo se puede salvar lo que se ha asumido". Y para que viniera a nosotros el Mesías era imprescindible María, cuya maternidad es el título principal que da sentido a todo dogma mariano. María es ante todo ¡Madre! 

Esta solemnidad es relativamente moderna, quizás algunos recordéis cuando en este día se celebraba "la circuncisión del Señor", o "el Dulce Nombre de Jesús", que ahora es el día 3. Fue el Papa San Pablo VI quien quiso colocar esta liturgia de "la maternidad de María" como colofón a la Octava de Navidad con la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. Qué misterio tan grande éste: María, una mujer que es madre de nuestro Salvador, el cual se hace hombre sin dejar de ser Dios; y Ella le concibe y da a luz sin perder su virginidad. No se puede ser de Cristo sin ser de María, ni se puede ser de María sin ser de Cristo. Ahí está aquella rueda de prensa del papa San Juan Pablo II en un avión, cuando una periodista le preguntó: Santo Padre ¿por qué es usted tan mariano?, y el Papa Polaco con esa genialidad tan suya, respondió: ''por un motivo cristológico''... Aunque no entre en nuestra cabeza, dado que nos supera el misterio, debemos de tener claro que no sería posible el niño Hijo de Dios, sino de la madre Virgen; si negamos una de las dos verdades la ecuación no sale. Por eso la Iglesia llama a María desde el año 431 en que así la reconoció el Concilio de Éfeso, como la “Theotokos”: María Madre, la que dio a luz al Salvador, el Hijo de Dios.

También desde la Parroquia os deseamos feliz 2026 deseando que sea un tiempo de gracia, un tiempo para acercarse más a lo que espera Dios de nosotros, y alejarnos de aquello que nos separa de Él. Que en el nuevo año civil se cumpla la plegaria del salmo y así ''el Señor tenga piedad y nos bendiga''. Igualmente, la bendición que hemos escuchado en el pasaje del libro de los Números y que Moisés dicta a Aarón, es la mejor plegaria que la Sagrada Escritura nos regala en este día: que el Señor nos ''bendiga'', ''proteja'', ''ilumine su rostro sobre nosotros''... Y, especialmente, ''que nos ''conceda la paz''. El 1 de enero la Iglesia Católica celebra también la Jornada Mundial por la Paz, trabajemos por la paz empezando por cada uno de nosotros; no se puede reclamar la paz cuando luego odiamos al que no piensa como yo. Y es que la paz, como dice el Papa León XIV, ''nace y se forja desde el corazón''.

Decir feliz 2026 y feliz año, cada nueva fecha y calendario, es también una plegaria: tantos años desde que Cristo se encarnó, desde su nacimiento en Belén. Todo nos habla de Él. Contemplarlo en brazos de María ha de llevarnos también a pensar: ¡cuántos han muerto esperando saber si era verdad que llegaría el Mesías, y no lo vieron! Y a nosotros se nos concede esta gracia: haber nacido después de Cristo, lo que nos hace vivir con la seguridad de que Dios no nos ha abandonado a nuestra suerte. Con frecuencia, hay quienes suspiran en estos días por pedir que todo cambie, que vengan tiempos mejores, una situación económica más solvente, una casa más grande, vivir en un lugar más idílico... Y quizás lo que tenemos que pedir al Señor es que seamos capaces de ver con otros ojos lo que tenemos y lo que no llega. Ser felices con lo que tenemos y aceptar lo que no podemos cambiar ni depende de nosotros. El Hombre se equivoca al pensar que el tener, el poder y el placer dan la felicidad. Ahí está el fracaso y frustración de su propia condición presente y de futuro.... Que donde Dios nos plante en este 2026 seamos capaces de florecer. 

Evangelio en la Solemnidad de la Madre de Dios

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 16-21

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.

Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor